Catalina Barrios y Barrios me ha distinguido con obsequiarme las obras que ha escrito, con dedicatorias amables en cada una. Buscando los libros que estoy leyendo para mi columna en La Hora, tengo a la vista un opúsculo titulado “Pasatiempos”, edición de 50 ejemplares. En la primera página dice la autora: “¿Y quién no se divierte al leer tonteras como las de estos pasatiempos?”. Creo que llamarles tonteras a estas sabrosas estampas del diario vivir, es un decir, pues al leer los pasatiempos se experimenta y se siente el sabor de la tierruca, como tituló a su libro don José María Pereda, en la España del siglo XIX y que don Amílcar Echeverría, profesor de literatura, indicaba que debían leerse en los estudios en la Normal, además de La Regenta, Don Segundo Sombra, El Tigre, Cara Samba y otros. Después, algunos de estos libros los releímos en el curso de Literatura Española que impartía el licenciado Flavio Herrera. Doña Catalina, y digo “doña” porque ejerce señorío en toda su producción literaria, es graduada de la Facultad de Humanidades de la Carolina, cuando su sede estaba en la novena avenida, con docentes de gran valía como Hugo Cerezo, Flavio Herrera, Mata Gavidia, Daniel Contreras, Luz Méndez de la Vega, don Joaquín Pardo y el doctor Aguado entre otros intelectuales destacados. Quien tenga interés en conocer la historia del periodismo en Guatemala, el referente son los varios libros que ha escrito como producto de su notable esfuerzo investigativo. Además, de cuentos, biografías, artículos y ensayos, con el recordado doctor Francisco Albizúrez Palma, escribieron la Historia de la literatura guatemalteca, en tres tomos, editada por la Editorial Universitaria de la Usac. Lo que más me gusta de estos Pasatiempos de doña Catalina, es ese “pepenar” nombres que terminan en apócopes o diminutivos, como Plutarco, Pánfilo, Pancracio, Perfecto, Procopio, Plácido, que son propios en España y México, como la señora Pilar Pérez del Pulgar. Precisamente, Rulfo con el rosario de nombres que le pusieron, uno es Nepomuceno, que Cantinflas actuando como padrecito, se niega a ponerle a un “chilpayate” que va a bautizar y les dice a los familiares que ese nombre no le echa el agua bendita en la mollera ni en nombre del Padre ni del Hijo ni del Espíritu Santo. Yo tuve un cliente que se llamaba Perfecto y todos los vecinos le llamaban Don Peto. En una ocasión una señora de la aldea Concepción de este municipio, me pidió tramitarle un intestado de su esposo y en las partidas de los hijos uno se llamaba Clark, otro Marvel, otro Mago y solo le faltó Toby, Bugs o Rico Mac Pato. Cuando le pregunté a qué se debía eso, me contó que el finado se mantenía leyendo “Chistes”, como les decíamos antes, y cuando iba a asentar las partidas no se hacía bolas y de esas historietas sacaba los nombres. El colmo fue cuando a mi suegro, el profesor Fernando Fortuny, le buscaron para ser padrino de una criatura y cuando preguntó el nombre, el padre dijo que se llamaría “Anito”. Entonces se negó en defensa del futuro del niño, pues por molestar le suprimiría el “it”. Pues bien, doña Catalina escribe anécdotas de nombres y frases que son de antología, como a la analfabeta a quien Ludmila, un personaje muy ocurrente, le pide que firme y le responde: “…no sé firmar, solo puedo poner mi huella genital”. O cuando le preguntan que dónde queda el crematorio y Ludmila le dice que vaya a la funeraria; pero, lo que el señor buscaba era el conservatorio. Por último, me agradó ver la foto de Lucía Ramazzini, oriunda de Guazacapán, y que joven llegaba a Chiquimulilla como profesora interina cuando yo cursaba la primaria. Además, hay fotos donde aparecen amigos como Víctor Muñoz, Willian Lemus y Rolando Castellanos, todos magníficos escritores. Gracias doña Catalina por reírme tanto con sus pasatiempos; y me recordé de mi maestro Pepe Hernández Cobos, cuando elogiaba la risa que debía existir en todo acto de la vida. Eso es lo que brota al leer sus Pasatiempos.
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