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En materia ambiental Quetzaltenango ha retrocedido. El gobierno actual, el anterior y el de atrás colectan basura para tirársela a los vecinos del Valle de Palajunoj, como si fueran ciudadanos de segunda clase y no lo son. No hay manejo alguno de desechos. Hay recolección de basura, sin separación. Lo hace una empresa privada de reputación dudosa y un basurero que no es un vertedero. Lo único bonito de la recolección es la musiquita quetzalteca que medio se escucha en el bullicio matutino y el trabajo honesto de los recolectores, que con frío o no, recolectan la basura.

Lo mismo, tristemente, sucede con el agua. El Concejo municipal, sus miembros, desde el alcalde hasta los síndicos, parecen creer que el agua es infinita. Seguro que entienden el ciclo natural —lluvia, recarga, acuífero, manantial— pero no el ciclo social: lo que la ciudad extrae, ensucia y devuelve. No hay acciones serias de tratamiento. No hay una sola planta que merezca ese nombre. Otra barbaridad. Somos garganta de agua y ciudad que trata el agua como estorbo.

La zona 2 descansa sobre un acuífero libre según lo detectó Jonatan Tacam y Dagoberto Bautista, en sus tesis en los posgrados de la Universidad del Valle de Cali, Colombia y el Cunoc, respectivamente y que yo he descrito en mi libro La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, Editorial Piedrasanta.  Así que cuando llueve intensamente en la ciudad de Quetzaltenango, se inunda, especialmente la zona 2 de la ciudad, llamada La Ciénega. Esto es el resultado de que en la zona 2 tenemos un acuífero libre semiconfinado asociado a una ausencia total de gestión del agua de  parte de la municipalidad de Quetzaltenango.

No crea el lector que es solamente este gobierno municipal actual, no, fue el anterior (el mismo), el anterior, y el anterior y así sucesivamente.

Palajunoj y el Siete Orejas se talan y se extraen como cantera. Se pierde recarga hídrica y se gana deslave. Ese es exactamente el modelo que las “ciudades sustentables” de catálogo no quieren ver: indicador verde en el informe, montaña decapitada en el paisaje.

Si no basta la ausencia de plan, ni la falta de tratamiento de basura y de agua, ni la depredación de árboles, ni las mineras, ni los apagones, ni el alza de la tarifa eléctrica —por no producir energía local y por el negocio sucio de comprar al INDE—, ni las calles agujereadas, ni los drenajes tapados, ni la ausencia de un plan contra inundaciones urbanas, habría que agregar lo de fondo: el subdesarrollo político del gobierno municipal.

Subdesarrollo político es la incapacidad de gobernar con democracia y con eficacia. El actual gobierno ha sido muy criticado. Fue reelecto. En esta reelección arranca con abusos: negar a Sacándole Brillo a Xela el derecho legal de grabar las sesiones del Concejo. El autoritarismo inventa luego casos de femicidio para sacar concejales de SBX. Injusto e ilegal. A eso se suman cobros por sesión tras sesión, sueldos y sobresueldos: un mal nacional de municipalidades cooptadas hasta los dientes. Una ciudad emergente no emerge por decreto del BID. Emerge si hay gobierno capaz de ejecutar lo que ya está diagnosticado.

Aquí el diagnóstico sobra y la ejecución falta. Por eso Xelajú Sostenible y el POT se parecen tanto: documentos para la foto, no instrumentos para el valle. 2050 no se improvisa. El camino no es darle carta blanca al Concejo. Es que el Concejo responda a las comunidades.

Hay diagnósticos. Las universidades han evaluado problemas. La Universidad de San Carlos, desde el Cunoc, tiene propuestas concretas de manejo integrado del agua. Ese puede ser el primer diálogo institucional: Cunoc y Municipalidad, con números sobre la mesa, no con comunicados.

El segundo punto sobre la mesa es atender los desechos sólidos, con la normativa del Ministerio de Ambiente. Un proyecto piloto de separación, transporte y manejo en el terrible basurero de Palajunoj puede ser espacio de aprendizaje: Ministerio, Usac y Municipalidad. No para maquillar el vertedero. Para tratar, reusar y, de paso, reconstruir las relaciones de poder que viven de él, de modo que recolectores y separadores tengan oficio digno y no condena.

El tercero es admitir que 2050 será metropolitano o no será. Salcajá, La Esperanza, Olintepeque, San Mateo, Cantel y el valle ya entran y salen de Xela todos los días. Sin mancomunidad real —agua, basura, movilidad, energía— el municipio seguirá exportando sus problemas a “los otros”. Eso es, otra vez, la dicotomía urbano-rural del POT: el centro se sirve; la ladera paga.

Quetzaltenango 2050 puede ser dos ciudades. Una, la que el bicentenario merecía: valle con agua medida, basura tratada, universidades en red, industria con energía y un Concejo que se deja grabar. Otra, la que ya se asoma: torres sin drenaje, escuela sin agua, Palajunoj como patio trasero y un plan de ciudad emergente guardado en el mismo cajón donde acabaron el Ferrocarril de los Altos y la Universidad de 1876.

El camino de recuperación nunca había sido tan estrecho. Después de décadas de gobiernos corruptos o ineficaces, o las dos cosas, es el momento de transformar a Xelajú. Es el momento de cambiar. Hagámoslo, quetzaltecos. Si no es ahora, 2050 llegará igual. Solo que ya no será ciudad. Será el inventario de lo que no quisimos gobernar. Mañana analizaré el papel de las universidades quetzaltecas, no como entes aislados sino como un sistema de universidades capaces de atender lo que dice la Constitución sobre el papel de las universidades, pública y privada: Ayudar a resolver los problemas del país.

Hasta mañana queridos lectores, saludos desde Zunil, tierra de historia milenaria. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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