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   Carlos Herrera parecía que en lugar de aparato digestivo tenía un alambique, pues antes que el mar lo arropara para siempre, se bebió todo el guaro de las cantinas del pueblo. Su proeza de cada Sábado de Gloria era irse al mar y nadar más allá de la reventazón, hasta que se perdía de vista de los amigos que solo se atrevían a enfrentar las pequeñas olas de la orilla. Ese sábado era el día en que descuartizaban los muñecos que simulaban a Judas Iscariote, y mucha gente, con los pecados purgados en las procesiones, se largaba a las playas de Monterrico o Las Lisas, donde admiraban a Carlos Herrera cuando se adentraba en la lejanía, ya casi por donde cruzan los barcos de carga, aunque solo le veían la cabeza como si fuera un coco seco que se bamboleaba de un lugar a otro. De repente ya ni eso se miraba y todos pensaban que se había ahogado, pues además de la inmensidad del Pacífico, él siempre andaba acompañado de una resaca de meses. Pasaron horas desde que lo vieron por última vez mar adentro y por estar controlando la venida el regreso de las olas, no se dieron cuenta que la fuerza del mar sacó a Carlos a la orilla, en donde, a pesar de la fatiga, estuvo observando cómo los cangrejos hacían hoyos y se encuevaban con las cangrejas para vivir sus intimidades. Nadie le preguntaba qué había más allá del horizonte, pues siempre contestaba que el horizonte no existía, pues entre más uno se aleja en la distancia, la línea final se traslada más allá y nunca se logra alcanzar. “Es una perdedera de tiempo eso de buscar el horizonte, pues es una especie de ilusión óptica, como cuando se ven charcos de agua en las llanuras por el calor del sol”, decía con conocimiento de causa. Después se quedaba callado para que ya no le preguntaran nada. Cuando lo abandonó su mujer por sus borracheras consolidadas, se pasó a vivir en los estancos en donde repetía que la mejor tumba era la profundidad del mar. En ese diario vivir con el guaro, su alcoholismo se volvió enfermizo, hasta que lo encontraron muerto en el corredor de su casa, sentado en una silla mecedora. Cuando los de sanidad trasladaron el cuerpo a su habitación, el ambiente olía a chicos podridos, capaz de incendiarlo todo con solo prender un fósforo. Al enfermero lo llamaron los vecinos para ver si se podía hacer algo, pero su diagnóstico fue que ya había muerto. Como cosa curiosa, tenía en manos un cuaderno en donde escribió todas sus experiencias extraordinarias que había tenido en las entrañas del mar, incluyendo algunas exageraciones. Contaba que había tortugas del tamaño de un elefante y que uno podía subirse a la caparazón y sentarse a ver delfines dando saltos de manera sincronizada. Una vez vio una ballena que abría la boca durante varios minutos y los peces pequeños se le metían hasta la garganta a comerse las garrapatas de mar que se prenden en las agallas. También una vez vio una langosta como de metro y medio, que se la quería comer un tiburón martillo; pero, con sus tremendas tenazas, lo partió en dos; y otros tiburones que vieron la manera de defenderse la langosta, mejor se alejaron, pues sabían que más vale prevenir que lamentar. Y contaba que cuando le arreciaba la goma, se agarraba de las aletas de dos delfines que se encargaban de sacarlo a la playa, en donde se quedaba dormido. De repente despertaba y caminando, todo atarantado, se iba a cualquier rancho donde hubiera una cantina. El enfermero, para tener historias que contarles a sus nietos, se guardó el cuaderno en donde estaban las experiencias de Carlos Herrera y le dijo al otro enfermero que lo acompañaba, que el guaro provoca imaginaciones que parecen historias extraordinarias, como que ilumina el cerebro y se viven hechos que en otras situaciones no se presentan. Es algo que inventan los buenos escritores, aunque estén en su sano juicio.

René Arturo Villegas Lara

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