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Son varios los estereotipos que el inconsciente colectivo recrea sobre nosotros, los abogados. Hay algunos que nos retratan como devotos servidores de la justicia y promotores de la armonía social. Con toga, circunspectos y protocolarios. Para otros, los abogados son profesionales que se aprovechan de los conflictos ajenos y de la ignorancia en materia legal. Huizaches. En todo caso, la imagen más compartida es la de una persona pendenciera, bulliciosa, ventajista, etc.

Los abogados tenemos cuatro patronos en la tradición católica. Está san Ivo, o Saint Ives (más para jueces); san Raymundo de Peñafort (más para jurisconsultos); san Fidel de Sigmaringa (más para los pobres), pero el más relevante —más para los políticos— es santo Tomás Moro, el canciller del mismísimo Enrique VIII (el de las seis esposas), quien prefirió subir al cadalso, pero no traicionar su fe católica y su devoción a la Iglesia que Cristo mismo fundó. Y sí, fue decapitado.

Viene a cuento lo anterior porque en la lectura del Evangelio de este domingo aparece una mujer quien perfectamente podría colocarse en el podio de los abogados. Una mujer anónima de la que apenas se sabe que no era judía. Mateo la llama “cananea” y Marcos la identifica como “siriofenicia, griega”. Era pagana y habitante de la región que antes se conocía como “Canaán” y que se ubica hoy día en el atribulado país de Líbano.

Marcos nos dice que la intención de Jesús era “retirarse” a la región de Sidón y Tiro y “que nadie lo supiera”; en otras palabras, quería descansar. Pero la gente se enteró de su llegada y esta mujer, de manera impertinente, le empezó a gritar. El texto indica que, al principio, Jesús “no le dirigió ni una palabra”. Es difícil imaginar a ese Jesús impasible, casi descortés. Pero la mujer siguió gritando.

Ella abogaba por su hija, quien era atormentada por un demonio “muy malo”. Con buena diligencia buscó a la única autoridad que podía ayudarla; se informó que Jesús llegaba a la costa de Fenicia y, cabal, lo fue a buscar. Más que buscarlo, lo llegó a importunar, pues Jesús iba “de incógnito”.

La señora gritaba a voz pelada: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Como buena abogada, supo dirigirse al Rabí con el título que habría de agradarle para llegarle hasta adentro: “Hijo de David”. Jesús permanecía indiferente, pero la mujer no se desanimó; aumentaba sus reclamos al punto que los discípulos se acercaron a su Maestro, pidiéndole que la atendiera, al menos para que no hiciera escándalo: “Atiéndela, que viene gritando”.

Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Una respuesta muy áspera. Un salvador del pueblo elegido. Pero la mujer, sabiendo que no era judía, se le puso enfrente y se postró: “Señor, ayúdame”.

Lo mismo deberíamos hacer cada uno de nosotros; no somos judíos, pero apelamos a la misericordia del enviado del Padre. Pero Jesús parecía inconmovible: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. ¡Upssss! ¡Qué duro!

Y, sin embargo, la mujer, como buena abogada, no se amilanó; por el contrario, le argumentó: “Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.

De entrada, la mujer reconoce la jerarquía de Jesús: “Señor”, y reconoce las diferencias de niveles; se identifica como un simple perrito, como uno de esos chuchitos falderos que circulan entre las piernas de las personas. En ese plano reclama el derecho a comer las migajas que caen de la mesa de los amos.

La abogada convenció al Supremo Juez. Jesús se conmovió: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Desde ese momento quedó curada su hija.

Igual nosotros: quedaremos sanos si invocamos al Divino Maestro.

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