Durante mucho tiempo observé la inteligencia artificial con prudencia. No porque dudara de la tecnología, sino porque sabía que ninguna herramienta puede sustituir el conocimiento, la experiencia y el criterio humano.
Mi forma de verla cambió cuando descubrí, en 1995, que mi «frijolito», como cariñosamente le llamo a aquellos teléfonos negros baratos, era capaz de ayudarme a escribir. Fue entonces cuando comprendí que esa tecnología no era solo una curiosidad, sino una herramienta con un enorme potencial.
Poco después, en 1998, escuché una historia que terminó de convencerme. Mi tío Mejicano Paíz, una persona muy simpática e inteligente, me contó que la señora que trabajaba en su casa y lo cuidaba, quien únicamente había cursado tercero de primaria, escuchaba los relatos de su vida y, utilizando un «frijolito», lograba transformarlos en un texto bien redactado. Aquella experiencia me hizo comprender que la tecnología no inventa las historias; ayuda a redactarlas, organizarlas y expresarlas mejor, pero las ideas, las vivencias y el conocimiento siguen perteneciendo a la persona que las genera.
Después entendí que la inteligencia artificial está democratizando el acceso al conocimiento y a la comunicación. Hoy, muchas personas que antes tenían dificultades para escribir pueden expresar sus ideas con claridad. La inteligencia artificial no reemplaza el pensamiento; amplifica la capacidad de comunicarlo.
Sin embargo, también comprendí otra verdad: la calidad de la inteligencia artificial depende de la calidad de la información que recibe. Sin datos organizados no puede existir una inteligencia realmente útil.
En mi caso, la verdadera preparación para aprovechar la inteligencia artificial no comenzó hace dos o tres años. Comenzó en 1978, cuando decidí desarrollar un sistema informático propio para mi clínica utilizando COBOL. En aquella época parecía una decisión adelantada a su tiempo. Durante casi cinco décadas hemos construido expedientes clínicos ordenados, estructurados y consistentes. Sin saberlo, estábamos creando los cimientos para la era de la inteligencia artificial.
Hoy comprendo que aquel esfuerzo no fue únicamente un proyecto informático; fue una visión de futuro. La inteligencia artificial necesita datos confiables, completos y bien organizados. Los expedientes digitales que hemos construido durante tantos años representan un patrimonio de conocimiento clínico que ahora puede transformarse en apoyo para el diagnóstico, la prevención, la investigación, la administración y la toma de decisiones.
Con el paso del tiempo comprendí algo aún más importante: el conocimiento digital bien organizado adquiere una segunda vida cuando puede ser recuperado, relacionado y reutilizado por la inteligencia artificial. Pero eso solo es posible si previamente ha sido digitalizado, estructurado y documentado con rigor. La inteligencia artificial no crea conocimiento de la nada; multiplica el valor del conocimiento que las personas han sabido conservar y organizar.
La inteligencia artificial no sustituirá a los profesionales que piensan. Potenciará a quienes han sido disciplinados para generar conocimiento, organizarlo y aprender de él. El futuro no pertenece a quienes simplemente utilizan la inteligencia artificial, sino a quienes durante años construyeron información de calidad sobre la cual esa inteligencia puede trabajar.
Después de más de cincuenta años de ejercicio profesional, veo con claridad que la mejor inversión no fue únicamente adquirir tecnología. Fue haber entendido, desde siempre, que el orden, la disciplina y el conocimiento bien documentado serían algún día el activo más valioso para aprovechar la inteligencia artificial al servicio de los pacientes, de la ciencia y de la sociedad.







