«La universidad puede conservar sus edificios, sus reglamentos y sus ceremonias oficiales, pero al perder aquello que realmente la convierte en universidad: la libertad, al perder eso, ya no hay universidad».
Lo que ocurre en la Universidad de San Carlos de Guatemala da vergüenza: vergüenza propia y vergüenza ajena. Pero la vergüenza más profunda no nace únicamente de ver cómo una institución histórica pierde prestigio. Nace de comprender que estamos observando algo mucho más peligroso: la destrucción progresiva de uno de los espacios fundamentales donde Guatemala ha construido conocimiento, ciudadanía y democracia.
La crisis de la Universidad de San Carlos no es solamente una crisis administrativa. No es únicamente una disputa entre grupos universitarios ni un conflicto alrededor de una rectoría. Es una crisis sobre la naturaleza misma de la universidad pública y sobre la pregunta fundamental de cualquier democracia: ¿pueden todavía existir instituciones autónomas capaces de pensar críticamente y cuestionar al poder?
Una universidad pública no existe solamente para entregar títulos. Existe para formar ciudadanos, producir conocimiento, defender la libertad intelectual y abrir espacios donde una sociedad pueda imaginar un futuro diferente. Cuando una universidad pierde esa capacidad, la pérdida no es solamente académica. Es una pérdida democrática.
El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos ha explicado que las universidades públicas latinoamericanas atraviesan una crisis profunda: una crisis de hegemonía porque pierden su capacidad de orientar los grandes debates sociales; una crisis de legitimidad porque dejan de ser reconocidas como instituciones al servicio del bien común; y una crisis institucional cuando sus estructuras son capturadas por intereses alejados de su misión histórica.
La Universidad de San Carlos representa esa tensión. La pregunta ya no es únicamente quién ocupa la rectoría o quién controla la administración universitaria. La pregunta más profunda es qué queda de una universidad cuando el miedo empieza a sustituir al debate, cuando la obediencia comienza a reemplazar al pensamiento crítico y cuando la permanencia institucional parece depender más de la cercanía con el poder que del mérito académico.
La universidad puede conservar sus edificios, sus reglamentos y sus ceremonias oficiales, pero al perder aquello que realmente la convierte en universidad: la libertad, al perder la libertad ya no es universidad. La crisis adquiere una dimensión mucho más grave cuando deja de ser una discusión política y empieza a afectar directamente la vida de estudiantes y trabajadores.
El reportaje de Con Criterio documenta denuncias de estudiantes de la Universidad de San Carlos quienes aseguran que sus registros académicos fueron eliminados sin explicación, impidiéndoles continuar con sus estudios. Algunos describen esta situación como una “muerte académica”, porque no se trata únicamente de un trámite administrativo: significa detener proyectos de vida construidos durante años, afectar carreras profesionales y destruir expectativas personales y familiares.
La historia de estos estudiantes es quizá la expresión más dolorosa de una crisis institucional: jóvenes que ingresaron a una universidad pública buscando una oportunidad de transformación social y que ahora sienten que la propia institución puede convertirse en una barrera contra su futuro.
Una universidad democrática no puede castigar la crítica. ¿Qué sería de una universidad pública sin criterio, sin preguntas, sin enseñar ciudadanía? La Universidad no sería nada, nada de lo que está llamada a ser. Lo más seguro es que Walter Mazariegos y sus achichincles no saben para que se funda realmente a la Universidad Pública, para qué es. Este enano moral no tiene ni idea del papel crítico de la San Carlos en nuestras vidas. Este ladrón, corrupto, que de academia no sabe nada, es la antítesis del ser académico, es simplemente un destazador de mala muerte.
Hay que recordarles a las pseudo autoridades de la San Carlos que el conocimiento nace de la duda. La ciencia nace de la pregunta. La democracia nace del desacuerdo. Por eso resulta profundamente preocupante que estudiantes denuncien que su participación crítica pueda tener consecuencias académicas.
A los profesores universitarios que mantienen el silencio hay que recordarles que las instituciones no mueren únicamente cuando son destruidas desde afuera. También mueren cuando quienes las integran dejan de defender los principios que les dieron origen. La captura institucional ocurre cuando las estructuras continúan funcionando formalmente, pero dejan de responder a su propósito público. Ese es el peligro más grande. No solamente que una autoridad tenga poder. Sino que una comunidad entera llegue a aceptar que ese poder no debe ser cuestionado.
Vuelvo y repito: Ese es el peligro más grande. No solamente que una autoridad tenga poder. Sino que una comunidad entera llegue a aceptar que ese poder no debe ser cuestionado.
El deterioro democrático comienza cuando la sociedad se acostumbra al abuso. Cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano. Cuando una injusticia repetida deja de provocar indignación. La vergüenza de la Universidad de San Carlos no es solamente que algunos estudiantes puedan perder acceso a sus cursos o que algunos trabajadores puedan sentirse amenazados. La vergüenza es que una institución creada para enseñar pensamiento crítico pueda terminar enseñando miedo.
Boaventura de Sousa Santos insiste en que la universidad pública latinoamericana tiene una responsabilidad histórica: producir conocimientos desde la diversidad, reconocer diferentes saberes y convertirse en un espacio donde los sectores sociales puedan construir alternativas.
Una democracia necesita universidades incómodas para el poder. Necesita profesores que puedan investigar libremente. Necesita estudiantes capaces de preguntar sin miedo. Una sociedad donde nadie puede cuestionar es una sociedad donde el conocimiento ha sido encarcelado. La verdadera destrucción democrática no ocurre solamente cuando desaparecen las instituciones. Ocurre cuando permanecen físicamente, pero pierden su alma.
Por eso: La universidad puede conservar sus edificios, sus reglamentos y sus ceremonias oficiales, pero al perder aquello que realmente la convierte en universidad: la libertad, al perder eso, ya no hay universidad.
La Universidad de San Carlos todavía existe. Aunque sus aulas están cerradas, mantienen pseudo clases virtuales. Sus estudiantes reciben esas clases. Sus profesores siguen enseñando. Pero la pregunta que Guatemala debe hacerse es más profunda:
¿Seguimos teniendo una universidad pública autónoma, crítica y democrática, o solamente conservamos la estructura vacía de lo que alguna vez fue?
La vergüenza no es únicamente lo que ocurre dentro de la San Carlos.
La vergüenza es permitir que una institución creada para liberar mediante el conocimiento pueda transformarse en un espacio donde algunos estudiantes sienten que pensar diferente puede significar la muerte de su futuro académico. Porque cuando una universidad pierde la libertad de sus estudiantes, una democracia comienza a perder su propia libertad.
La vergüenza debe ser de un presidente mediocre en todo, inútil en todo y una vicepresidente que igual que su jefe no son capaces de usar el PODER que les conferimos. Por eso, como Pueblo tenemos que rescatar a la institución Universidad Pública hoy en manos de rufianes, ladrones, mentirosos, manipuladores compulsivos, psicópatas y rateros. Eso son los que capturaron a la Universidad de San Carlos Nacional y Autónoma: Rescatémosla. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.







