Autor: Abdi Tojil
Instagram: @abdi._.i
Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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Hablar sobre la importancia de los relevos generacionales y la oportunidad de construir espacios para las juventudes se ha vuelto un tema cada vez más “polémico”. En distintos espacios se reconoce su compromiso, energía, capacidad y disposición para aportar nuevas perspectivas frente a los desafíos actuales. Sin embargo, entre el discurso y la práctica persiste una pregunta: ¿realmente se está promoviendo un relevo generacional o únicamente se ha convertido el concepto en una frase recurrente?

Quienes hoy lideran procesos también fueron, en algún momento, personas jóvenes que aprendieron sobre la marcha, enfrentaron obstáculos y encontraron oportunidades para crecer. Precisamente por eso, el relevo generacional no debería entenderse como un simple cambio de personas, sino como el compromiso de acompañar, compartir conocimientos y generar las condiciones para que las nuevas generaciones también puedan participar, asumir responsabilidades e incidir de manera efectiva.

La participación juvenil no puede reducirse a una fotografía, a una invitación simbólica o a un lugar decorativo dentro de una organización. Debe entenderse como una apuesta por fortalecer la democracia, renovar los procesos organizativos y garantizar su sostenibilidad.

El propósito del relevo generacional tampoco debería ser que las nuevas generaciones recorran un camino libre de dificultades. En algunos espacios aún prevalece la lógica de que «si a mí me costó llegar, no corresponde facilitar el camino a quienes vienen después». Sin embargo, los desafíos seguirán existiendo, pero los aprendizajes acumulados pueden convertirse en herramientas que reduzcan las barreras y permitan que las nuevas generaciones enfrenten esos retos con mejores condiciones. 

Esto implica mucho más que ceder un espacio. Significa compartir conocimientos, abrir oportunidades, transmitir experiencias y acompañar el desarrollo de nuevas formas de liderazgo. La experiencia no pierde valor cuando se comparte; al contrario, se fortalece al convertirse en un puente entre generaciones.

Con frecuencia, las personas jóvenes son evaluadas desde prejuicios relacionados con su edad, apariencia, forma de expresarse o trayectoria, antes que por sus aportes, capacidades y resultados.

A ello se le suma una perspectiva interseccional, donde no todas las juventudes enfrentan las mismas condiciones para participar; por ejemplo, ser mujer joven, pertenecer a pueblos indígenas, vivir en territorios históricamente excluidos o enfrentar desigualdades económicas implica barreras adicionales para que la propia voz sea escuchada y reconocida. Por ello, promover la participación juvenil requiere comprender las múltiples desigualdades que atraviesan sus experiencias y garantizar oportunidades más equitativas.

Al mismo tiempo, las propias juventudes también deben hacer un llamado a la acción ya que, quienes han logrado acceder a espacios de participación pueden reproducir las mismas dinámicas que antes cuestionábamos, defendiendo los lugares alcanzados como si fueran logros individuales y no procesos colectivos. El temor a perder protagonismo puede llevar a cerrar las puertas a otras personas jóvenes, replicando las barreras que alguna vez se enfrentaron.

La transformación no ocurre cuando una generación sustituye a otra, sino cuando ambas son capaces de dialogar, aprender mutuamente y construir de forma conjunta. Las juventudes no llegan para borrar lo construido, sino para dar continuidad a esos procesos, aportar nuevas miradas, innovar y responder a los retos que evolucionan con el tiempo.

Si ha tenido acceso a oportunidades de formación, participación y liderazgo, también se tiene la responsabilidad de compartir esos aprendizajes. De lo contrario, la experiencia acumulada corre el riesgo de quedarse únicamente en el plano individual, sin generar procesos que trasciendan. El conocimiento adquiere verdadero valor cuando se multiplica y permite que otras personas también crezcan.

Las juventudes no representan únicamente el futuro; son parte del presente. Desde hoy impulsan cambios, generan propuestas, fortalecen organizaciones y contribuyen a la construcción de sociedades más democráticas e inclusivas. Reconocer ese aporte implica confiar en sus capacidades y ofrecer condiciones reales para que puedan ejercer plenamente su liderazgo.

El verdadero relevo generacional no consiste en cambiar nombres o rostros dentro de los espacios de decisión, sino en construir una cultura de acompañamiento, confianza y corresponsabilidad que permita que cada generación aporte, aprenda y deje mejores condiciones para la siguiente.

 

Jóvenes por la Transparencia

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