En una época en la que la tecnología absorbe buena parte de nuestra atención, todavía existen lugares capaces de recordarnos que la mayor riqueza de Guatemala continúa siendo su naturaleza. Este fin de semana tuve el privilegio de comprobarlo en nuestra casa de Mariscos, a orillas del lago de Izabal.
Nos visitó el doctor Alfonso Fuentes Soria, exrector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, exdecano de la Facultad de Odontología y ex vicepresidente de la República, acompañado de su nieto, Víctor Taracena, biólogo próximo a graduarse, hijo de Eunice Fuentes y del doctor Taracena, reconocido médico oftalmólogo.
Recorrimos en lancha el lago hasta un sitio conocido como El Chapín. El paisaje estaba transformado por el invierno. El río Polochic, a través de su inmenso delta, arrastra grandes extensiones de vegetación acuática que aquí conocen como lechuguilla, formando verdaderas islas flotantes que convierten el recorrido en un espectáculo natural difícil de olvidar.
La biodiversidad no solo estaba en el agua. Los árboles se encontraban cargados de pequeños frutos que atraían numerosas aves. Observamos una de plumaje negro con una brillante cabeza azul; otras de color verde con el pecho rojo, conocidas por los habitantes como «quetzalitos», de las que se dice llegan desde la Sierra del Merendón; además de pequeñas aves de vuelo vertiginoso que parecían colibríes. El bosque estaba acompañado permanentemente por el canto del ave que los pobladores llaman «Chepio», porque su inconfundible vocalización parece repetir una y otra vez: «chepio, chepio, chepio».
Mientras descansábamos en el muelle, la naturaleza volvió a regalarnos otro momento extraordinario. Algunos manatíes se acercaron a alimentarse de la vegetación acuática que en la región llaman hydrilla. Alcanzamos a observar cómo emergían sus colas antes de desaparecer nuevamente bajo el agua. Siempre se desplazan en pequeños grupos familiares, en un comportamiento silencioso que emociona a quien tiene la paciencia de esperar.
Más tarde decidimos bañarnos en el lago. Fue entonces cuando pregunté a Víctor sobre la presencia de cocodrilos. Su respuesta se convirtió en una verdadera lección de biología. Explicó el comportamiento del cocodrilo americano, su función dentro del ecosistema y la importancia de respetar su hábitat. La conferencia fue tan convincente que, entre bromas y sonrisas, todos optamos por salir del agua. No fue el miedo el que nos hizo abandonar el lago, sino el conocimiento.
Experiencias como esta recuerdan que Guatemala posee un patrimonio natural que muchas veces desconocemos o damos por sentado. El lago de Izabal, el Delta del Polochic, sus bosques, sus aves, sus manatíes y sus cocodrilos conforman un ecosistema de enorme valor ecológico y turístico que merece ser protegido.
Quizá la mejor enseñanza del fin de semana fue comprender que conocer la naturaleza cambia nuestra manera de verla. Donde antes solo observábamos agua y bosque, ahora entendemos que existe un delicado equilibrio biológico que debemos conservar. La educación ambiental no comienza en un salón de clases; comienza cuando aprendemos a observar, escuchar y respetar la extraordinaria biodiversidad que Guatemala aún conserva.







