Autor: Guillermo Melara
Instagram: @guillermo_gmf
Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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En un caso hipotético, Pepito y Juan se paran frente a frente en un parque de la zona 4. Uno lanza un movimiento viral de TikTok, el otro responde con otro más elaborado. Alrededor, un círculo de celulares graba toda la película. Para muchos adultos (e incluso gobiernos), esto es «farmear aura»; una escena ridícula, sin sentido, digna de burla o prohibición. Pero detrás de este gesto, aparentemente banal, hay una de las manifestaciones más honestas del comportamiento humano contemporáneo y quizás algo histórico que tiene mucho más de lo que vemos…

«Farmear aura» toma prestado el término gamer «farmear», recolectar recursos repetidamente es el intercambio de poses, bailes y movimientos virales entre dos o más personas, usualmente jóvenes, como una forma coloquial de medir popularidad. Se ve en colegios, parques y plazas públicas de toda Guatemala. Y aunque suene a fenómeno de nicho, esconde algo mucho más profundo.

El psicólogo social Jonathan Haidt argumenta que la generación de los smartphones convirtió en pública y medible una necesidad que antes era privada, la de ser visto y admirado. Antes, destacar frente a los compañeros de clase quedaba en el recuerdo de quienes estaban presentes. Hoy, cada pose se graba, se sube, se cuantifica en vistas y comentarios. Los jóvenes no inventaron la necesidad de validación; simplemente heredaron la primera generación de herramientas que la hacen instantánea y pública.

Por esto, aquí es donde vale la pena detenerse ¡Esto no es nuevo! Desde el juego de pelota maya, donde el prestigio se ganaba frente a la comunidad, hasta el Harlem Shake que inundó YouTube hace más de una década, el ser humano siempre ha buscado formas de destacar frente al grupo. Lo que cambia no es el impulso, sino el escenario y las personas. Somos, en esencia, la misma especie que necesita sentirse «cool» y notada, solo que ahora el aplauso se mide en algoritmos.

La pregunta incómoda es: ¿qué hacemos los adultos (o jóvenes mayores) con esto? En Guatemala, la respuesta ha sido, en gran medida, la prohibición reactiva. Municipalidades y centros educativos han vetado estas prácticas en espacios públicos sin ofrecer, al ser cuestionados, una razón sólida más allá de la incomodidad que generan. El Estado y buena parte de la sociedad adulta llegan tarde, no porque el fenómeno sea complejo, sino porque no han hecho el esfuerzo de entenderlo antes de sancionarlo. Prohibir sin explicar no es autoridad, es evasión.

Pero el fenómeno no está exento de riesgos ni de manipulación. Como toda tendencia viral, atrae a quienes buscan capitalizar políticamente. Zohran Mamdani en Nueva York y Neto Bran en Guatemala han coqueteado con estos códigos juveniles para ganar cercanía y popularidad. El problema es que esta estrategia es un arma de doble filo. Puede posicionar, pero también sobreexponer. Al alcalde neoyorquino la viralidad no siempre le jugó a favor; la delgada línea entre conectar auténticamente con una generación y parecer oportunista puede costar más de lo que se gana.

Entonces, ¿hacia dónde va esto? La disyuntiva real no es entre permitir o prohibir el farmeo de aura, sino entre la censura reactiva y la literacidad digital. Podemos seguir tratando estos fenómenos como ruido pasajero que hay que silenciar, o podemos empezar a leerlos como lo que son: termómetros culturales que revelan cómo las nuevas generaciones procesan pertenencia, estatus y visibilidad en un mundo hiperconectado.

No hay que hacerse bolas. El farmeo de aura no merece ridiculización ni pánico moral, sino conversación seria. Porque mientras el sector más conservador –los «chavorrucos» de siempre– sigan respondiendo con censura en lugar de curiosidad, seguiremos perdiendo la oportunidad de entender a quienes, en el fondo, solo están haciendo lo que los humanos hemos hecho siempre: buscar un lugar donde destacar.

Jóvenes por la Transparencia

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