Autor: Dania Vanessa Verbena Flores
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Existe un mito que ha dañado profundamente nuestra visión del país y tiene que ver con la creencia de que interesarse por la política nos obliga a servir en un partido o a simpatizar con una bandera electoral. Esta falsa equivalencia ha alejado a miles de guatemaltecos de la toma de decisiones, asumiendo que el terreno público pertenece exclusivamente a los políticos tradicionales. Sin embargo, hemos olvidado una premisa fundamental: la ciudadanía es, por definición, el actor político más determinante de Guatemala.
Al analizar las tendencias de la democracia en nuestra región, es evidente que atravesamos un momento complejo. La insatisfacción ciudadana frente a discursos oficiales vacíos y promesas presidenciales que no se traducen en acciones concretas es profunda. Pero es vital comprender que la frustración con el sistema no debe transformarse en silencio. La ciudadanía tiene el poder y la responsabilidad de elegir autoridades, pero su rol no termina en las urnas; apenas comienza ahí. Su verdadero peso radica en exigir resultados y en orientar, ya sea con su participación o con su silencio, el rumbo completo de un país.
Es urgente desmitificar el concepto de lo público. La política no es una abstracción lejana que ocurre únicamente en los pasillos del Congreso o en las cumbres de derechos humanos; es una realidad palpable que atraviesa nuestra cotidianidad. Para quienes crecimos en comunidades donde las oportunidades suelen percibirse limitadas, sabemos que las decisiones políticas determinan nuestro día a día. Influyen en los niveles de seguridad de nuestras calles, en la creación de oportunidades laborales, en la calidad de la educación y, de manera crítica, en el acceso a la salud para aquellas familias que no cuentan con los recursos para acudir a un sistema privado.
Cuando asumimos que la política «no es lo nuestro», cometemos un error que nos cuesta el futuro. La participación cívica funciona bajo la ley física de que no existen los vacíos absolutos: el espacio que una ciudadanía indiferente deja libre, alguien más lo va a ocupar.
Para la clase política corrupta, avara y egoísta, aquella que prioriza sus intereses sobre el bienestar de Guatemala y que perpetúa las crisis estructurales de gobernabilidad, los ciudadanos desinformados y apáticos no son un obstáculo; son su principal combustible. Se alimentan de la fragmentación y de la falta de auditoría social.
Construir una red ciudadana sólida y fiscalizadora es el primer paso para cambiar esta narrativa. No necesitamos afiliarnos a un partido para hacer política. La hacemos cuando cuestionamos, cuando nos informamos, cuando tejemos redes de apoyo en nuestro municipio o barrio, y cuando les recordamos a quienes ocupan los cargos públicos que el poder es transitorio, pero la vigilancia ciudadana es permanente.
Involucrarnos es el único antídoto contra el secuestro de nuestras instituciones. Porque al final del día, el bienestar de Guatemala no dependerá de quienes nos gobiernan, sino de qué tan dispuestos estemos los ciudadanos a exigir el país que realmente merecemos.







