Autor: Jose Cossich
Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Una leyenda española cuenta que, sabiendo que un joven revolucionario estaba a punto de ser encarcelado, el presidente de la República lo llamó para suplicarle que abandonara el país, pues su vida corría peligro si se quedaba.
Pero el joven dijo: “No puedo. Mi madre está muy enferma”.
El presidente sabía que su madre había fallecido cuando él era un niño y se lo dijo, entonces él le contestó: “Mi madre es España”.
He notado en varias ocasiones una actitud peor que la resignación ante la condición de nuestro país: el menosprecio por nuestra herencia cultural como guatemaltecos. Muchos, al pensar en nuestro país, se limitan a señalar cómo un Estado enfermo ha corrompido el resto del tejido social con su miseria.
Ser guatemalteco implica heredar un idioma con una tradición literaria y musical rica, vivir en una de las tierras más lindas, fértiles y abundantes del mundo y presenciar una diversidad étnica que solo la fe católica ha podido unir bajo valores comunes y una concepción igualitaria de la dignidad humana.
Estas mismas personas glorifican el escape, como hijos que, al ver a su propia madre enfermarse, sueñan con abandonarla porque ella no tuvo la fuerza para protegerlos. Los buenos hijos no se van: oran por la salud de su madre y hacen todo lo posible por sanarla.
Los sistemas de explotación existen porque ciertas élites han tergiversado esta herencia para dominarla y arrebatársela a los demás. No podemos oponernos a nuestra tierra porque los esclavistas forzaron a los indígenas a trabajarla durante la encomienda, mucho menos ahora porque se aprovechen de su necesidad de subsistir con salarios inhumanos.
Tampoco podemos oponernos a nuestra fe porque algunos la hayan instrumentalizado para justificar estos abusos; sesgarnos así nos ciega ante el inmenso legado de la Iglesia en la defensa de la dignidad humana igualitaria: las Leyes de Burgos, la encíclica Sublimis Deus y la Junta de Valladolid son prueba de ello, así como la construcción de hospitales de los cuales hoy dependemos y universidades (la Usac, la URL y la UNIS, entre otras) que son pilares esenciales de nuestra vida cívica.
Culpar a la tierra o a la fe es mentir sobre nuestra historia para exculpar a los verdaderos culpables, y limita la capacidad de la Iglesia Católica para seguir trabajando en el desarrollo del país.
En 1944, fueron las huelgas masivas estudiantiles las que provocaron la renuncia de Jorge Ubico y que junto con la milicia y trabajadores derrocaron a la dictadura del sucesor Federico Ponce Vaides, impulsando así las primeras elecciones democráticas en Guatemala.
Cuando Estados Unidos nos impuso el régimen militar de nuevo, la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) de la San Carlos coordinó huelgas nacionales. Tras la represión violenta por la milicia, estudiantes creyentes de una Guatemala mejor se unieron a la lucha armada que culminó en los acuerdos de paz y el regreso constitucional de la democracia.
¿A qué voy con esto? Que ya traemos una tradición de lucha social, y que hoy es necesario luchar de nuevo. Los discursos no pueden por sí solos curar al país de la corrupción que infecta instituciones y la cultura, ni restaurar los derechos fundamentales que se han violentado sistemáticamente –derechos a la seguridad, a la justicia, a la oportunidad económica y a la educación que son necesarios para una vida digna y un país próspero.
Pero el involucramiento estudiantil es la precondición para los movimientos organizados: las personas dejan de luchar cuando no entienden el valor de aquello por lo que deben sacrificar, o cuando dejan de creer que el cambio es posible. Nuestra historia nos demuestra que sí vale la pena, y que sí es posible, porque lo era y lo fue para nuestros abuelos y nuestros ancestros.
Las instituciones estudiantiles y juveniles políticas deben ser independientes del Estado, que tiene incentivos para convertirlas en máquinas de propaganda que refuerzan la ilusión falsa de democracia y participación política que hoy promueven. Las élites pretenden apoyar este tipo de espacios para que nos distraigamos de la cultura de sobornos y “donaciones políticas” que determinan realmente sus decisiones.
La Asociación de Debate de Guatemala (ASDEG) surge hoy como un sucesor espiritual de esta tradición de lucha social estudiantil, enfocándose en promover el deporte del debate competitivo a través de torneos presenciales y entrenos virtuales constantes abiertos a todos. El año pasado, Guatemala participó por primera vez en el Mundial Escolar de Debate en Español y en el de Inglés, quedando como cuarto finalista y ganando el premio de la mejor delegación debutante (“Best New Nation”), respectivamente. Asimismo, este mismo espíritu mueve a universidades como la Usac, la URL y la UVG a enviar delegaciones cada año al Campeonato Mundial Universitario de Debate en Español.
Este mes fue la segunda edición del torneo nacional de debate, el torneo más grande del año donde participaron 44 equipos, 28 instituciones educativas y jueces internacionales. Durante el torneo, hubo dos mociones de política nacional: “Esta Casa implementaría Zonas Económicas Autónomas en Guatemala” y “Esta casa daría completa autonomía a las comunidades indígenas para implementar su sistema de justicia en Guatemala”. Debatir estos temas con rigor es el punto de estos espacios.
Mi sueño es una Guatemala que sabe debatir, no como un ejercicio intelectual aislado, sino como la herramienta indispensable para pensar críticamente nuestro futuro, y entonces sí, salir a luchar por él. Si compartes este sueño, ¡involúcrate!







