Autor: Héctor calvillo
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Editorial: youngfortransparency@gmail.com
El participar en política se ha convertido en un privilegio, sé que puede parecer que no. De hecho, para muchos de nosotros que de alguna u otra forma somos partícipes activos en la política, esta se ha convertido en una necesidad más que en un privilegio. Sin embargo, cuando me pregunto por qué no hay más jóvenes activos en política, por qué el conocimiento de lo que ocurre en el país parece un tema menos relevante que la separación de un artista o el resultado del partido de turno, me topo con una realidad que no había meditado antes: la política sí se ha convertido en un privilegio.
Las estadísticas remarcan una realidad desalentadora. El guatemalteco promedio no puede permitirse participar en otra actividad que no sea la generación de dinero. Según la UNESCO, solo el 2.6% de la población entre 18 y 26 años inicia estudios universitarios en el país. En el caso de la Usac, solo 8 de cada 100 estudiantes logran graduarse. Esto refleja no solo una incapacidad estructural para la retención de alumnos en todos los niveles educativos, sino también que para la gran mayoría la prioridad principal es costear una vida digna, y en muchos casos ni siquiera se logra.
Y si de datos desoladores hablamos, según un estudio del INE el 71.1% de la economía es informal. Personas sin seguro social, muchos de ellos obreros, comerciantes y empleadas domésticas, que no pueden permitirse días de descanso. Viven al día, en jornadas largas, donde una enfermedad o un accidente laboral pueden dejarlos al borde de una crisis económica de la cual no se pueda regresar.
En un clima así es muy difícil que estas personas, agotadas y desesperanzadas, a quienes el Estado les ha dado la espalda una y otra vez, quieran siquiera voltear a ver el politiqueo de las diferentes dependencias estatales.
Hacer política en este país es un privilegio, porque quienes estamos pendientes de hacer críticas o dar opiniones tenemos el tiempo de sentarnos, aunque sea una hora al día, y dedicarla a observar el estado del país. Es un privilegio porque podemos ver más allá del statu quo, algo que no constituye la realidad absoluta para todos.
Por eso, aunque muchas veces nos frustremos con nuestros compatriotas al ver la inmovilidad de la población cuando se cometen faltas claras a la Constitución o se pretende actuar por encima de la ley, debemos reconocer que la desesperanza es una condición práctica del ciudadano guatemalteco. Las zonas rurales han sido abandonadas y los pueblos indígenas continúan viviendo bajo un racismo institucionalizado que se arrastra desde antes de la creación de nuestra nación.
Si a esto le sumamos que, al hablar de estos temas, solemos utilizar un léxico especializado y asumimos una supuesta superioridad moral o intelectual simplemente porque, en un país que vive al día, tenemos acceso a una educación privilegiada, la brecha se profundiza aún más.
De ahí surge la necesidad de abrir espacios y crear ambientes donde, en nuestras comunidades, hablar de política no sea algo extraño o incluso mal visto, sino una búsqueda social de una realidad distinta. Una donde mi generación no tenga que vivir al día y donde se sancione a los politiqueros, a los oportunistas y a los fanáticos de la opresión.
El estado actual de la política en el país no es producto únicamente de la indiferencia. Repetir ese discurso demuestra una profunda incapacidad de empatizar con una clase que ya ha sido desclasada. En un país que vive al día y cuyo sueño de educación es arrebatado constantemente, la política se convierte en una ficción, una trama secundaria frente a la principal: sobrevivir, echarle ganas, porque no queda de otra.
Poco a poco vemos a una Guatemala más dueña de sus procesos democráticos, donde la democratización de la información ha permitido que estos espacios de participación crezcan y continúen fortaleciéndose.
Sin embargo, la clase política ha fomentado el desgaste de la confianza ciudadana, jugando sus cartas de tal manera que muchas veces ni siquiera intentemos cambiar el statu quo. Frente a ello, nuestra responsabilidad no es mirar desde arriba, sino abrir caminos, compartir el conocimiento y convertirnos en promotores de una nueva realidad, donde todos participemos activamente en la transformación nacional y en la construcción de un país más justo y verdaderamente democrático.







