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Escribo esta columna confiando en que los amigos de La Hora la publicarán, pues ha habido una sequía intensa de mis letras durante mucho tiempo.

Porque —soy honesto— a veces siento que escribo y no logro generar consciencia, no logro tocar emociones, ni despertar conocimiento de la manera que espero. Veo que el mundo se ha convertido en una vorágine de consumibles instantáneos, de imágenes fugaces, de fragmentos de dos o tres segundos… como ocurre hoy incluso en la geopolítica internacional.

Pero no fue solo sequía de letras. También fue sed de justicia, duelo frente a los retos de la vida, dolor por pérdidas. Como si los campos fueran rociados por la lluvia y luego obligados a atravesar sequías prolongadas.

Aun así, desde hace unos días vuelvo a escuchar los cantos de los cenzontles —imparables—. Ahora mismo, en la cuenca alta del río Pensativo, en Sacatepéquez. Esta madrugada, en la capital, frente a Kaminaljuyú. Ayer, al amanecer, en la ventana de mi hotel en Panajachel.

Pareciera que se han puesto de acuerdo para rodearme y darme el aliento de escribir estas letras… para que vuelen hacia ustedes con las nubes y desciendan hacia ese lugar en que me lees.

Son las letras de las lluvias de mayo.

Porque celebramos la entrada —ya cercana— de esas lluvias que traen vida, que refrescan el ambiente, que limpian el aire… pero que, al mismo tiempo, arrastran, transportan, erosionan y pueden causar daños a nuestras infraestructuras.

La lluvia ha estado presente en mi empresa de muchas maneras en los últimos meses. Estamos concluyendo un sistema de drenajes con tanques de retención para tormentas torrenciales. Esto nos ha llevado por procesos de conversación municipal que permiten beneficiar a los inversionistas que desarrollarán estas áreas, dotándolas de las capacidades hidráulicas necesarias para el desfogue de las aguas pluviales, de las escorrentías vecinas y de aguas residuales tratadas.

Por otro lado, hoy en particular estoy muy contento porque cerramos la venta de un sistema que beneficiará a un centro religioso de formación que alberga a numerosas personas, pero que busca una fuente de agua alternativa más sostenible. Para ello voltea a ver la cosecha de agua de lluvia como una alternativa real.

A partir de ello, estamos implementando un sistema que capta el agua de lluvia y la potabiliza. La idea es convertir ese bien en un recurso hídrico disponible de inmediato para el consumo. No estamos proponiendo retener el agua por largos periodos, porque la lógica clásica de almacenarla para cuando no hay tiene un problema fundamental: el aseguramiento de la calidad del agua en el tiempo.

Así que, como ves, estoy muy técnico. Y también he estado durante estos meses acompañando un proceso de Estado frente al Cambio Climático, del que ya te contaré. Un adelanto, justamente uno de los fenómenos climáticos que estamos estudiando es el cambio en los patrones de lluvia y la intensificación de las lluvias torrenciales.

En Guatemala, la precipitación anual presenta una marcada variabilidad espacial, con valores que oscilan desde aproximadamente 600 mm en el Oriente y el Corredor Seco, hasta más de 3,500–4,000 mm en regiones como la Bocacosta y la Franja Transversal del Norte (CNEE, 2014). Difícil ignorar la magnitud de esta variabilidad.

Y entonces…

Ya es de tarde, frente al Volcán de Agua.

Mi vista se posa en su ladera y pienso: ¡ay no… ya hay otro incendio cerca del cráter!

Pero no era un incendio.

Era una pequeña nube, tímida, asomándose, resbalándose entre el dosel.

Y sonrío.

“Have you ever seen the rain?” Así se llama la canción de mi Dr. Water Session #1. Ya te contaré de ella en una próxima columna.

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