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Cuando el COVID-19 golpeó al mundo, pasamos por un período de incertidumbre personal, con la pregunta: ¿sobreviviré? La prioridad era esquivar el contagio, encontrar tratamientos eficaces y diseñar las vacunas indispensables. Hoy, la incertidumbre es colectiva, aunque pensamos que, de alguna manera, los problemas generados por el ansia de poder económico se resolverán por sí mismos.

La situación actual es muy mala y aún puede ser peor; la desesperanza aumenta a diario. Durante los años de este siglo, la falta de trabajo y oportunidades forzaron a migrar a un alto porcentaje de la población, principalmente a EE. UU., generando dependencia de las remesas. En vez de presionar a los ricos del país a invertir y dar trabajo en Guatemala, y no poner su dinero en bancos extranjeros o invertir en otros países, se prefirió dejar ir a nuestra juventud, para que ésta, con extraordinarios esfuerzos y sacrificios enviara los recursos para subsistir en el país. 

Esa tabla de salvación no existirá más, porque el país receptor ha caído en la xenofobia y exacerbado su racismo. El nuevo embajador gringo nos promete la deportación de connacionales que se encuentran allá en condición irregular, más de un millón de personas, básicamente trabajadoras, sin que existan condiciones para su reincorporación a la vida nacional. Además, se compromete a garantizar que el gobierno de Arévalo impida la migración hacia el norte, en violación de un derecho humano fundamental.

Se castigará esencialmente a la clase trabajadora, sin que ni el gobierno, ni el sector privado ni EE. UU. traten de mitigar el gran impacto. No solo la miseria y el hambre se extenderán, sino que muchas personas desesperadas se verán tentadas a engrosar las filas de las maras, las pandillas y el crimen organizado. Para ello, la política de Trump tiene como única solución la represión brutal, al estilo Bukele.

La clase trabajadora de Guatemala debe prepararse para esta profundización de la crisis; para ello su unidad en la diversidad y la mutua solidaridad serán fundamentales. Pero no serán suficientes si la unidad y solidaridad no se hacen también con otras fuerzas sociales y políticas. Hay que caminar a la unidad de toda la gente honesta y actuar juntos, no pensando solo en las elecciones de 2027, sino que en resistir la agresión contra las grandes mayorías de la población. 

Me parece atinente el llamamiento que hace el Colectivo Pro USAC, con sede en Chile, de que al reconocernos todos los que laboramos como “trabajadores”, nos demos cuenta de que hay un sector que necesita urgentemente nuestro apoyo y que, al dárselo, nos estaremos preparando para luchas semejantes en el futuro. Dice que la USAC, mientras fue verdaderamente nacional, autónoma y democrática se comprometió con la clase trabajadora, por lo que es justo hoy aportar su fuerza para rescatar a la USAC de manos corruptas. Insta a una lucha a fondo de acá hasta el 1 de julio, para impedir la usurpación de la rectoría y la corrupción universitaria. La inversión de nuestros esfuerzos en esta lucha es punto de partida para darle el rumbo correcto a la universidad y, quizás, a la nación.

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