Utilizo esta columna para temas amplios que afectan o interesan a toda la sociedad. Casi no escribo sobre temas personales, pero ahora sí lo hago, no tanto por algún beneficio directo (es otro el cauce) sino que por la proyección social que tiene el caso que relato. En otras palabras, la terrible experiencia que hemos tenido la puede tener cualquier familia y en ese sentido quiero hacer este llamado urgente. No pretendo ser un “influencer”, no me interesa; nadie me podría pagar para que yo insista en una bebida, artículo, lugar o comida. Que cada quien lo averigüe, porque ninguno es tonto.
El sábado pasado, día 29, mi hija llevó a sus niños a una piñata en un centro comercial de la zona 10. El lugar estaba muy concurrido, como era de esperarse. Saturado (claro, no hay a dónde ir en esta ciudad). En el área de la celebración infantil había, como atracción, camas elásticas e inflables. Hasta aquí algo que vemos con normalidad siempre y cuando la amenidad fuera exclusiva para los compañeritos invitados, un grupo pequeño de niños, que fueran de edad o complexión similar y que hubiera supervisión de los dueños. ¡Pero ninguna de esas condiciones! Cabe señalar que en Estados Unidos ingresan aproximadamente 110,000 personas cada año a las salas de urgencia relacionadas con accidentes en esos inofensivos juguetes (y eso allí, que son muy temáticos con los aspectos de seguridad). Reportan los hospitales una amplia gama de dolencias, desde raspaduras y golpes hasta graves daños en los brazos, piernas, clavícula, la espalda o el cuello. Truenan los huesos rotos y las articulaciones dobladas. También se producen conmociones cerebrales, en algunos casos no se detectan hasta días siguientes; dichas conmociones causan dolores de cabeza, mareos y náusea; pueden afectar el sueño, la concentración y el desempeño escolar de los niños. No extraña, para nada, que la American Academy of Pedriatrics (AAP) recomienda mantener a los niños “alejados” de las camas elásticas, excepto en entornos con entrenadores profesionales y equipo especializado.
Claro, a nadie le obligan a permitir que sus niños salten en esas “diversiones” y entiendo también que los accidentes pasan. Pero se entiende que por lo mismo, se procura fuerte supervisión y que los responsables (¿dije “responsables”? upssss) impongan protocolos de seguridad. Para evitar más accidentes. Para empezar, debe imponerse un aforo máximo de saltadores. Debe controlarse la estatura y peso de los niños. Se debe retirar a algún niño usuario que estuviere comportándose imprudentemente. Las amenazas son evidentes, obvias y esto exige a los promotores, y al mismo centro comercial, a implementar medidas de previsión básicas.
En un momento dado, en medio del barullo, mi nieto de 6 años estaba saltando y tenía a la par a una niña desconocida, unos 4 años mayor y de mucha más corpulencia. En medio de un verdadero panal de abejas, la niña grande dio un salto y mi nieto cayó con desnivel y ¿qué creen? Pues se fracturó la tibia y el peroné. Gritos, llanto, dolor, alarma, incertidumbre. ¿Qué hacemos? La asistencia de personal del centro fue como una capita de barniz; para guardar las apariencias. Quisiera saber si la “enfermera” tenía algún curso de primeras emergencias. Al final cargaron como pudieron al niño que daba alaridos con cada movimiento. Sus hermanitos impotentes estaban casi paralizados. Lloraba mucho el pobrecito. Lo llevaron en el carro de los papás a un centro hospitalario de la zona 15. La emergencia estaba, igualmente llena. Radiografías: “habrá necesidad de ponerle clavo”, “implante de titanio”. En todo caso debían ponerle anestesia. Esperar turno de “sala”. Dormir al niño y proceder a ajustar el ángulo de 20 grados de la fractura. Bien por los doctores. Por cierto, la pediatra comentó que de esos casos venían varios cada fin de semana. ¿Qué tal? El niño se quedó internado y en toda la intervención se portó como lo que es: un legítimo valiente. Más gastos. Más preocupaciones. Yeso por lo menos ocho semanas; pobre criatura. Termina su año escolar. Contratar silla de ruedas y cama de hospital. Créanme que no es nada gracioso.
La razón principal de esta columna es en defensa de esos niños, inocentes y alegres, que estarán haciendo cola para “saltar” en estos meses festivos de fin de año. Niños que se divertirán sin advertir del peligro que conlleva su entretención. Es por ellos. Para prevenirles dolores en sus cuerpecitos y evitar grandes disgustos a los padres y familiares. Para evitar gastos. Para reducir los riesgos de posibles secuelas permanentes. Para minimizar las molestias de la recuperación (yeso inmóvil por 2 o 3 meses). ¡Por favor!
- La ya citada AAP recomienda a los ciudadanos estadounidenses que revisen el seguro de su vivienda para verificar la cobertura de lesiones relacionadas con camas elásticas. Así de extendida está la amenaza. Cabría preguntar si el centro comercial tenía alguna cobertura de estas situaciones muy previsibles. No para pagar “daños y perjuicios” pero al menos para compensar los gastos médicos. ¿No tiene? ¿En serio? Considero un bajo sentido social y poca responsabilidad empresarial. Sigo recopilando datos sobre las entidades encargadas y créanme, me han sorprendido muchas informaciones que son desconocidas, pero muy interesantes. Y a todo esto, las autoridades preventivas de salud y seguridad ¿dónde están? ¿están pintadas?
PD 2. Al momento que llevaban a mi niño al hospital, un encargado del área, con pésimo tino y peor sentido común (vaya “training”), le ofreció a mi hija que “por el mal momento, le regalaba tres entradas”. Si yo hubiera estado allí le hubiera dicho que esas entradas “las hiciera un rollito”. Claro, también hubiera exigido hablar con un superior, que es lo que voy a gestionar.







