0:00
0:00

Ese es el título de un libro de Bertrand Badie, distinguido internacionalista francés que se aplica como anillo al dedo a lo que está sucediendo actualmente en la esfera internacional. En su texto Badie nos recuerda de qué manera el expansionismo colonial europeo en el mundo entero implicó no solo el dominio y la explotación de los pueblos colonizados sino que también la humillación que deben sufrir aquellos que no son reconocidos como iguales frente a quienes se consideran superiores sea por motivos raciales, culturales, económicos o de cualquier índole, incluyendo actitudes y posturas “simbólicas” como la de Michel Camdessus, director del FMI cuando – erguido atrás de un presidente de Indonesia, visiblemente humillado – señalaba en donde se debía firmar para obtener el préstamo requerido. Esto nos recordó a Trump durante su primer mandato, de pie detrás de nuestro flamante ministro de gobernación señalando con el dedo en donde debía firmar la declaración de Guatemala como “país seguro” para recibir migrantes expulsados de Estados Unidos. Y que se puede decir de la humillación sufrida por un país como Venezuela que, para obligarle a entregar su petróleo tuvo que sufrir el secuestro de su Jefe de Estado.

Y bueno, el listado de humillaciones internacionales es realmente extenso e inagotable, desde las dos guerras del opio de los ingleses contra China durante el siglo XIX, que no solo obligaron a la dinastía imperial a aceptar la “legalidad” del consumo de una droga que beneficiaba a los narcotraficantes de la época (la muy honorable marina de su majestad británica) sino, peor aún, a ceder territorio pues ese fue el origen de la colonia de Hong Kong. Y no olvidemos los más de veinte años que Estados Unidos impidió que China ocupara su lugar en Naciones Unidas y en el Consejo de Seguridad negándose a reconocer el triunfo de la revolución de 1949. Y que decir de la humillación sufrida por un Mijail Gorbachov obligado a esperar horas a que una reunión del G7 se dignara a recibirlo en Londres cuando el presidente soviético requirió ayuda financiera para las reformas de la perestroika en los años 80.

Aquí mismo en Guatemala la humillación sufrida por el ejército cuando una tropa de desarrapados mercenarios contratados por la CIA en 1954 fue decisiva para forzar a los militares a pedirle la renuncia al presidente Árbenz haciéndole creer que con ello se salvarían las reformas de la revolución del 44, siendo además inútil que los cadetes de la Escuela Politécnica trataran de poner en su lugar a los “liberacionistas” el 2 de agosto de ese mismo año porque fueron vilmente engañados en una supuesta mediación arzobispal. Hace poco una conmemoración de esa gesta valerosa, que honra a quienes perdieron la vida y fueron reprimidos y perseguidos pasó casi desapercibida, seguramente por temor a molestar al Imperio.

¿Y qué más decir recordando las cañoneras europeas frente a Venezuela o en el Río de la Plata para obligar a los gobiernos de fines del siglo XIX a cumplir con pagos de la deuda? ¿Cuánto se pagó aquí por la famosa “deuda inglesa”? ¿Cómo lograron los ingleses que el señor Lennox Wike viniese a Guatemala a principios de abril de 1859 y se retirara a fines de ese mismo mes con el tratado de cesión territorial de Belice debidamente firmado y ratificado por el Congreso del presidente vitalicio Rafael Carrera? ¿Cómo fue posible que una ocupación militar obligara a México a ceder más de la mitad de su territorio a Estados Unidos en 1848? ¿Qué decir de la enmienda Platt que cercenaba la soberanía cubana después de la guerra que obligó a España a cederle a Washington también las islas filipinas y Puerto Rico? ¿Y del famoso fuck the EU de la señora Nuland cuando el embajador estadounidense en Kiev puso tímidas objeciones al golpe de Estado que dio origen a los doce años que Estados Unidos lleva en guerra contra Rusia en territorio de Ucrania?

Las reflexiones anteriores nos vinieron a la mente a propósito de una reciente entrevista realizada por el suizo Pascal Lottaz al periodista norteamericano Patrick Henningsen en relación a la guerra de agresión que sufre Irán atacado por Israel y Estados Unidos desde el 28 de febrero pasado. Recordemos que fue la humillación que sufrieron en 1953 cuando el derrocamiento de Mossadegh para imponer al Sha y revertir la nacionalización del petróleo fue lo que originó el movimiento revolucionario de la cúpula religiosa bajo la conducción del Ayatollah Jomeini en 1979. Además fueron víctimas de la agresión del Irak de Saddam Hussein – patrocinada por Estados Unidos – en una guerra que duró más de ocho años y costó la vida a cientos de miles de personas. El programa nuclear para producir electricidad – algo que está permitido por el TNP, del cual forma parte Irán – fue puesto en tela de juicio por Israel y los Occidentales so pretexto que buscaba la fabricación de armas nucleares cuando todo el mundo sabe que Israel las posee sin que nadie se atreva a objetarlo. Dos pesos y dos medidas. Doble estándar humillante. Y a eso hay que agregar un ataque despiadado en febrero de este año en el cual fue asesinado el Ayatollah Jamenei y su familia entera, además de que ese mismo día una escuela fue atacada – en otro crimen de guerra – asesinando más de 160 niñas.

Henningsen estuvo presente en el sepelio del Ayatollah y habla con mucha emoción y respeto de la profunda impresión que le dejaron los millones de personas que se movilizaron en todo el país para acompañar las exequias fúnebres de su máximo líder religioso y dice que no le cabe la menor duda que la nación en su conjunto, como expresión además de una civilización con cinco mil años de existencia, se mostró genuinamente conmovida, de modo si algo logró la agresión occidental no fue derribar al régimen como pretendían Netanyahu y Trump, sino todo lo contrario, consolidarlo, pues ante semejante ataque recibieron el respaldo de una población que, como cabría esperar de cualquier país en parecidas circunstancias, hicieron a un lado diferencias y contradicciones internas pues no solo la sobrevivencia de la nación persa sino de una milenaria civilización lo que está en juego.

Además Henningsen se manifiesta sorprendido no solo por la capacidad de dotarse de su propia industria militar de han dado muestra los iraníes construyendo sus propios misiles y drones (que hacen innecesaria una fuerza aérea o una armada) sino también por la forma como han sabido desarrollar su economía interna a fin de sortear las “sanciones” y el bloqueo comercial del Imperio. Independientemente de los intercambios que mantengan con sus vecinos euroasiáticos miembros de los BRICS por medio de los corredores comerciales construidos por China en el marco de la nueva ruta de la seda, la capacidad de que han dado muestras para proveerse de todo lo indispensable para sobrevivir es formidable. Sin embargo, Henningsen reconoce que va a ser difícil que el imperial complejo militar industrial renuncie a continuar la guerra en la medida que se trata de una estrategia – falsa y equivocada pero vigente desde que Brzezinski inspirándose en Mackinder la puso en marcha desde los años noventa del siglo pasado – pues lo que realmente busca el Imperio es fragmentar a Rusia y a China. Obviamente no es probable que – aunque se prescindiera de las impulsos irracionales del actual inquilino de la Casa Blanca – semejante “estrategia” (absolutamente equivocada en un mundo cada vez más multipolar) tenga éxito entre otras razones por – como señala Karen Kwiatkowski en una luminosa entrevista con Glenn Diesen – la incapacidad de producción de armamento barato por las cinco corporaciones del complejo militar industrial que solo se interesan en hacer dinero. Y sin poner tropas en terreno es imposible derrotar a Irán, que además ahora ha adquirido la “bomba” del estrecho de Ormuz, capaz de provocar el descalabro de la economía mundial si llega a explotar. Veremos qué nos depara el futuro.

Artículo anteriorGuatemala traslada a cinco presuntos pandilleros de la Frontera de México a El Salvador
Artículo siguienteEl alza del petróleo, es el combustible silencioso de la inflación