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Mientras recorro el centro de la Ciudad de México, en el Zócalo, observo los preparativos para celebrar la independencia mexicana. Un país cuya guerra de separación empieza en 1810 y se cierra por arriba en 1821. A diferencia de Guatemala, la mexicana nace de la desigualdad social. La guatemalteca nace de un grupito de criollos que ya no querían pagar tributos a la Corona. Revisemos, breve y someramente, lo que pasó en México y luego en Guatemala para entender de dónde vienen nuestras diferencias y similitudes; así como por dónde debemos transitar en el futuro.

México. La guerra larga y la figura de Hidalgo —un cura que hizo que se levantara un pueblo— produjeron un mito nacional potente. Eso no evitó el caudillismo, ni la pérdida de la mitad del territorio, ni la Reforma ni 1910. Sí dio un marco para pensar a la emergente nación. Cada generación reinterpreta a Hidalgo. Algunos convirtieron esa historia en “independencia cultural”; otros la usan todavía contra quienes declaraban muerta a la Revolución, a juzgar por el filósofo mexicano José Manuel Cuéllar. México sale de 1821 como unidad territorial grande, con un centro —la actual Ciudad de México— capaz de imponerse, a costa de centralismo y de cicatrices sociales.

Guatemala. La independencia de 1821 fue pacífica porque no tocó el orden. Conservó la oligarquía criolla y la centralidad de lo que hoy es la Ciudad de Guatemala. Esa centralidad no nació en septiembre: nació cuando el terremoto de 1773 destrozó Santiago de los Caballeros y las autoridades mudaron la capital al Valle de la Ermita. Allí se instaló, en 1776, la Nueva Guatemala de la Asunción, sede de una Capitanía General que ya existía. En Guatemala no se da una independencia del Pueblo. Se adelanta la oligarquía criolla, como lo ha hecho una y otra vez. Declara la separación para que el pueblo no la declare. Cambia de bandera y deja intacta la finca. La Federación Centroamericana se rompe por rivalidades de cabildos, por el peso desproporcionado de Guatemala y por la pugna liberal-conservadora. Rafael Carrera, desde 1838-39, no emancipa: restaura. Devuelve Iglesia, diezmo y tutela colonial sobre los pueblos indígenas. Es un régimen clerical y rural que se parece más al Antiguo Régimen que a Hidalgo. Hidalgo arma al pueblo contra el orden colonial. Carrera arma al pueblo para devolverlo. El Estado-nación que emerge queda débil frente a comunidades indígenas numerosas y élites regionales. Más tarde vendrán el enclave cafetalero de 1871 y la injerencia extranjera. Distintas épocas, el mismo método: adelantarse al Pueblo para que el Pueblo no llegue.

El Estado de los Altos —Quetzaltenango, Totonicapán, Sololá, Suchitepéquez, San Marcos y el resto del occidente— fue un intento de las élites de esa región para separarse de la propia Guatemala. No incluía a Chiapas: Chiapas se anexó a México. Aunque ya había intenciones separatistas antes de 1821, lo paradójico es que, al declarar Guatemala su independencia de España, esos intentos se intensificaron y lograron, por unos años, el Sexto Estado de la Federación.

Desde el primer día de septiembre, el martes 1, los quetzaltecos adornaron el frente de sus casas y edificios, públicos y privados, con banderas, especialmente en el Centro Histórico. Lo que a mí me impresiona es la cantidad de banderas del Estado de los Altos: azul, blanco y rojo. Un visitante no entenderá por qué, para celebrar la independencia de Guatemala, también ponen esas banderas. Yo creo que en el fondo los quetzaltecos siguen atados a aquel Estado.

Al interior de Guatemala hay más separatismos que en México, particularmente en el Occidente, donde Quetzaltenango lideró Los Altos: un movimiento de élites locales que no fue la liberación del pueblo indígena. El siglo XX hereda esa fractura: autoritarismo, exclusión del mundo indígena —con más de veinte idiomas—, una guerra interna cruenta de 1960 a 1996 con 200 mil muertos. No hubo un “Hidalgo filosófico” comparable: 1821 se recuerda como acta y fiesta cívica, no como enigma existencial.

En una frase: México nació de una revolución popular inconclusa que Iturbide cerró por arriba; Guatemala nació de un pacto de notables para que esa revolución no ocurriera. Por eso la importancia de reflexionar sobre el sentido de la independencia de Guatemala del 15 de septiembre de 1821.

Vengo de un país que celebra la independencia de una forma intensa, muy intensa, el 15 de septiembre de cada año desde aquel 1821, fecha de la supuesta independencia de España. Digo “supuesta” porque fue el simulacro de un grupito de criollos que, sin una bala y casi sin un discurso, se juntaron para hacer un paisito a su medida. Esas élites aún no eran tan poderosas. En el siguiente artículo explicaré qué las hizo poderosas y por qué nos siguen explotando. Hasta mañana, queridos lectores.

Nota: Al escribir este artículo me he beneficiado del texto Interpretaciones filosóficas de la Independencia de México, de José Manuel Cuéllar, UNAM.

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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