Uno de los problemas que enfrentamos en la vida consiste en nuestra incapacidad para alcanzar eso que el poeta llamaba «la vida consciente». No es que uno «caiga» en ese estado por voluntad, sino que parece ser nuestra condición habitual. Con ese agregado, que no es poco, relativo a las presiones de la contemporaneidad: el estrés de la ciudad, las exigencias de los patrones impuestos por la cultura, el drama laboral, entre tantos otros.
La prisa y una especie de ceguera congénita, quizá derivada de la costumbre o de cómo fuimos educados, hacen que nuestra existencia se conforme con un horizonte normalizado. Esto es, nos parece que nuestra experiencia es «el patrón oro», la manera –casi con mayúscula– de vivir, y nos acostumbramos al ecosistema que hemos abrazado como si se tratara de un dictum insuperable.
Es como si hubiéramos nacido con un pathos –o una patología, para precisar el sentido– que vuelve inimaginable un estado opuesto. Esto me quedó claro cuando una persona me dijo, siempre a este respecto, sobre su propia experiencia: «El resultado del tratamiento me enseñó que había otra vida, esa que nunca imaginé que existiera. Cuando sufres un mal por mucho tiempo, lo conviertes en normal y prolongas tu vida con ese malestar, aceptándolo».
Esta «normalización» ocurre también en otras esferas de la vida. Como cuando alguien piensa que es normal ser maltratado o maltratada por su pareja. El desprecio, la subestimación y la violencia se configuran como parte del paquete de eso llamado «amor». Así, no es casual escuchar que la decisión de abrazar los sentimientos en una pareja lleva incorporado el sufrimiento.
Igual sucede, digamos, en el trabajo, cuando se normalizan los abusos. Cuando, por ejemplo, una secretaria asume que lo suyo es vivir en un estado de vigilia constante por el acoso de sus jefes. Es inimaginable para muchas mujeres trabajadoras un ambiente libre de la amenaza de coyotes depravados y fuera de control.
Ese estado de malevolencia hace que no busquemos –porque ni siquiera lo imaginamos– un ecosistema distinto. Solo nos enteramos de que existe, si acaso, como la persona antes citada, cuando nos medicamos –es un decir– y advertimos la iluminación. Nos apercibimos de que otro mundo es posible; de que no tenemos que asumir la condena de vivir sometidos al yugo de unas condiciones a las que, desafortunadamente, hemos estado expuestos.
Quizá esa sea la tarea de la vida y el mejor resultado de una educación liberadora: hacernos conscientes de nuestras condiciones y entenderlas no como destinos inevitables, sino como realidades que pueden ser transformadas por una voluntad rebelde. Liberarnos, además, pasa también por hacer conscientes a los verdugos de las cadenas que los atan a su propia malevolencia y de la humanidad de la que ellos mismos se han privado.







