«Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Mateo 9:22
A la muerte de un ser querido nos resistimos a pensar que sea cierto. Al confirmar su muerte, siempre pensamos o al menos sentimos que tenía más que dar. A la muerte de mi papá, Horacio Cajas Cantoral, un pedazo mío murió. A la muerte de Ricardo Cantoral, mi primo hermano mexicano, otro pedazo mío se fue junto con la ilusión de conformar un verdadero movimiento de aprendizaje de la matemática en América Latina. A la muerte de mi sobrino Luis Alfredo Ramírez García ayer en Quetzaltenango, otro pedazo mío se fue en el alma de un joven que siempre pudo dar más con ese noble, pero débil, corazón.
La vida desde que emerge en la primera célula tras la unión sistémica de aminoácidos, azúcares, bases nitrogenadas y ácidos grasos tras descargas eléctricas en una atmósfera reductora siempre ha sido un producto emergente inestable. Hoy los científicos añaden otras fuentes a esa vida: micro relámpagos en gotas de agua, química en respiraderos, radiación UV, y aporte de meteoritos y cometas. Sí, igual que el agua: Aporte de meteoritos y cometas. Como he descrito en otras entradas aquí en La Hora, la vida solamente fue posible por el agua, pero también por la luna, el gran mezclador de los océanos.
Sin embargo, desde que la vida es vida emerge la muerte. Si la vida emerge como organización, cuando esa organización se pierde de forma irreversible viene la muerte. La vida es una cara de la misma moneda donde está la muerte. Pero hay muchos tipos de muerte como muchos tipos hay de monedas.
La muerte biológica en sentido estricto (celular o molecular) se da, dicen los biólogos, cuando las células ya no metabolizan, no reparan membranas ni mantienen diferencias de concentración de iones. Dejamos de respirar. Pero la muerte humana es mucho más que la ausencia de signos vitales. Nadie con un sistema nervioso central, cerebro, ve la muerte en bruto, ni siquiera los elefantes que tienen rituales de entierros en cementerios. O la muerte de una persona llorada por su perro no digamos sus parientes y sus amigos. Para nosotros los humanos la muerte tiene un profundo significado.
A la muerte le tememos, a la muerte le huimos, pero también a la muerte la nombramos. En las sociedades humanas a la muerte se la ritualiza, se la esconde o se la expone. Lo que cuenta como muerte, el último aliento, el duelo cumplido, el nombre que deja de pronunciarse, es una reconstrucción colectiva. En esta línea, la muerte no es solo biología: es una práctica social. En comunidad nacer es parte de una práctica social como lo es morir. Los vivos producen el significado del muerto –memoria, olvido, culto, archivo y silencio como dice la entrada principal del cementerio de la ciudad de Quetzaltenango: La vida de los muertos está en la memoria de los vivos, también atribuida a Cicerón.
Durkheim, el padre de la sociología lo dijo sin atajos. La sociedad no es la suma de individuos; es un orden de representaciones y de obligaciones que preexiste a cada uno y le sobrevive. Cuando muere un miembro, no se pierde solo una vida privada: se rasga el tejido de expectativas recíprocas. El duelo no brota como un dato natural del corazón. Es, en buena medida, una obligación social normada para una práctica social. Hay formas correctas e incorrectas de llorar, plazos, vestimentas, visitas, novenarios y silencios. Quien no cumple esa gramática no solo “no siente”: queda mal con el grupo. Por eso es que hasta nuestra propia muerte está condicionada socialmente.
En el fondo la muerte no solamente rompe con la vida sino también pone en peligro la continuidad de lo cotidiano. Así, el cadáver se vuelve objeto separado, cargado de reglas, porque la muerte y su duelo están mediados por prácticas sociales locales como lo están el trabajo, la escuela y la conversación. Morir, para Durkheim, es un hecho social como lo es para mí. Pero, ¿Quién le explica eso a una madre que llora la repentina partida de su hijo?
Anthony Giddens lleva el mismo problema al mundo que habitamos. En la modernidad tardía la muerte no desaparece: se secuestra. Sale de la casa y entra al hospital, a la funeraria, al experto y a la unidad de cuidados intensivos. El moribundo deja de estar entre los suyos y pasa a ser caso de un sistema abstracto: protocolos, máquinas, certificación de muerte encefálica y formularios. Ese secuestro protege lo que Giddens llama seguridad ontológica. En la modernidad tratamos de tener confianza en el mundo de mañana y por eso en muchas culturas la escondemos. Recuerdo cuando Ricardo, Ricardo Cantoral mi primo, trajo las cenizas de mi tío Ramiro Humberto a Guatemala, pues residía en México y fuimos a dejar sus cenizas al río Xequijel y yo intenté hacer pública su muerte más allá de la familia y me dijo: «No mijo, ese dolor es nuestro, de familia».
En el siguiente número analizaré el significado de la seguridad ontológica que la muerte pone en peligro con los sentimientos asociados vistos como elementos de prácticas sociales locales, contextuales y siempre contingentes.







