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La ciudad de Antigua Guatemala es una especie de paraíso. Nace de españoles con sus diseños coloniales, calles trazadas siguiendo el pensamiento y la práctica de Euclides: o paralelas o perpendiculares que de vez en cuando, casi nunca, construyen una diagonal, siguiendo el quinto postulado de que dos paralelas cortadas por una secante forman ángulos, alternos internos iguales. Mientras la recorro por enésima vez, siendo n ya un número entero mayor que cien, quizá más, me vuelve a enamorar. Es un diseño de calles anchas, a diferencia de mis pequeñas calles, callejuelas quetzaltecas, tan bien descritas por Víctor Villagrán Amaya: calles angostas, rebeldes a la simetría, como yo. Antigua no.

Mi pueblo, como yo, nació torcido entre montañas y ríos subterráneos: Xelajú. Antigua no. A Antigua la baña un hermoso río que viene de la sierra, el Pensativo y otro, el Guacalate. Mi pueblo lo riega el río Xequijel, un pequeño río que se hace grande. Aquí el mundo se pinta diferente. No es mejor. No es peor. Es solamente diferente. Nosotros tenemos a una morena que siempre nos abandona como dice la canción emblema de mi pueblo: Luna de Xelajú. Ellos, aquí en Antigua, están llenos de espíritus nocturnos hechos mujer que nunca los abandona. Desde su creación, a la venida de Pedro de Portocarrero, bajo el mando de Pedro de Alvarado, Antigua fue marcada por la simetría en todos lados.

Antigua nació de a poco. Nació de mudanzas forzadas, de volcanes y de manos que no se rindieron.

Entonces, Santiago de los Caballeros (Antigua) en 1527 se asentó al pie del Volcán de Agua, en el valle de Almolonga. No es donde está ahora, sino al lado sur, donde actualmente está Ciudad Vieja. Allí actuó con decisión Pedro de Portocarrero, noble de origen, regidor desde el primer cabildo de 1524, alcalde y pacificador de rebeliones. Fue hombre de confianza de Pedro de Alvarado y dueño de la mayor encomienda de Sacatepéquez. Murió hacia 1539. Su tumba aún se señala entre las ruinas de la catedral de Antigua. Hay una calle principal en Antigua que lleva su nombre: Pedro de Portocarrero. 

Cuando Alvarado murió lejos de Guatemala, su esposa, doña Beatriz de la Cueva, asumió el gobierno. Solo duró dos días. La llamaron “La Sinventura”. El 11 de septiembre de 1541, después de tres jornadas de lluvia intensa, el Volcán de Agua —al que veo aquí cubierto parcialmente de nubes que quieren cerrar su ciclo— abrió su cráter y lanzó un alud de lodo, piedras y árboles. El agua arrasó el palacio. Doña Beatriz murió abrazada a la niña Anica, con un crucifijo en la mano. La ciudad de Almolonga quedó sepultada. Es la actual Ciudad Vieja.

José Milla y Vidaurre, bajo el seudónimo de Salomé Jil, escribió sobre esa noche de lluvia y muerte en La Hija del Adelantado, publicó su novela en 1866. En esa novela histórica, Portocarrero no es solo el regidor y el conquistador: es el hombre enamorado de Leonor, la hija mestiza del Adelantado. Beatriz de la Cueva aparece con toda su dignidad y su desgracia, firmando como “la sin ventura”. Milla convierte el desastre del Volcán de Agua en el desenlace trágico de una trama de amores, intrigas y poder. En Los Nazarenos y en El Visitador vuelve a recorrer la vida colonial de Santiago de los Caballeros, siempre con la mirada del cronista que mezcla rigor y emoción. Milla no describió la Antigua que hoy caminamos, sino la ciudad que la precedió y que el agua se llevó. Su literatura guardó lo que el lodo intentó borrar.

Los sobrevivientes cruzaron al valle de Panchoy. En 1543 fundaron la tercera Santiago de los Caballeros, la que hoy conocemos como Antigua. Allí los artesanos —canteros, herreros, talabarteros, albañiles, carpinteros e imaginarios, a quienes tan bien ha estudiado el cronista Francisco Cajas Ovando— levantaron con paciencia la retícula de plazas, conventos y casas de muros gruesos. Ellos dieron forma al barroco que resiste temblores. Ellos tejieron la vida cotidiana entre el río Pensativo y el Guacalate, ríos que alimentan y al mismo tiempo amenazan.

El agua siempre ha sido destino en esta ciudad: Lahar, inundación, desborde. Hoy, siglos después, Antigua sigue sin un plan hídrico serio. Se construye sobre la memoria del peligro sin cuidar las cuencas ni escuchar el aviso de los ríos cercanos, menos de las inundaciones predecibles y su exceso de urbanización que al final los dejará sin agua.

Antigua es belleza y herida, es piedra que recuerda a Portocarrero y a Beatriz, páginas de José Milla que todavía resuenan, manos de artesanos que aún sostienen sus muros, y un agua que sigue sin rumbo.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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