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Hay instantes en que una sola gota parece contener todo el tiempo del mundo. Eso cuando uno se da tiempo para amar y ser amado, para sentir antes de criticar, para ver las risas de la persona amada luego del intenso esfuerzo de llegar a su meta, esa meta que le dio esa hermosa sonrisa, para celebrar el éxito, para aprender del fracaso.

Mientras disfruto de la suave lluvia sobre Quetzaltenango esta tarde, imagino a la primera gota de lluvia aquí en la Tierra. La primera. No la que cae hoy sobre los tejados de Xelajú, ni la que moja los surcos del altiplano, sino aquella que, hace miles de millones de años, tocó por primera vez la superficie aún caliente de la Tierra.

Esa gota no surgió de una nube cualquiera. Llegó envuelta en el polvo de cometas y asteroides que, tras el enfriamiento del planeta, condensaron el vapor liberado por los volcanes primitivos como lo explico en mi reciente libro: La naturaleza social de ciclo del agua, editorial Piedrasanta 2026 y disponible en Filgua en Sophos. Fue el momento en que el agua cósmica —nacida en los albores del universo, poco después del Big Bang, cuando el hidrógeno se unió al oxígeno— se hizo agua, en estado sólido, y comenzó su largo viaje de unos 13 mil millones de años.

Debieron pasar 9 mil millones de años (13 mil millones menos 4 mil millones) para que algún asteroide o algún cometa que colisionó con la proto Tierra nos dejara agua incrustada en la roca geológica de la tierra y se mezclara con el aire geológico terrenal para evaporar el agua en forma de hielo. Eso fue hace unos 4 mil millones de años. Ese cometa o asteroide, no se sabe, era de hielo. ¡Qué maravilla! 

El agua hielo se evaporó inmediatamente y subió a la emergente atmósfera a guardarse como agua vapor, esto es en estado gaseoso, que con un poco de descenso en la temperatura logró condensar en la primera gota hace 4 mil o 4 mil quinientos millones de años dicen los astrónomos (véase Cuál es el origen del agua en la Tierra según la ciencia en National Geographic del 7 de junio 2023 o mi libro La naturaleza social del ciclo del agua).

Esa primera gota, como todas las que la siguieron, adoptó una forma casi perfecta: la esfera. ¿Por qué? La respuesta está en la propia naturaleza de la molécula de agua. El agua es polar, lo que significa que sus moléculas tienen una distribución desigual de cargas eléctricas. 

El oxígeno tiene carga negativa y los hidrógenos carga positiva, creando dos «polos». Esta estructura crea una distribución desigual de cargas. Las moléculas se atraen entre sí con fuerzas cohesivas —principalmente puentes de hidrógeno— que generan una tensión superficial. Esta tensión actúa como una película elástica invisible que rodea la gota. Para un volumen dado de líquido, la forma geométrica que minimiza la superficie expuesta y por tanto la energía superficial, es la esfera. Es la solución más económica que la física permite.

El tamaño de gota se refiere al diámetro de las gotas de agua que componen la precipitación. He visto gotas pequeñísimas en las lluvias suaves de Amsterdam, lluvia suave que riega sus tulipanes, que debieron ser de 0.5 mm de diámetro. He visto, aquí en el trópico, gotas mayores, hasta de 5 mm, más grandes no pueden ser, ¿por qué? El tamaño de las gotas determina la intensidad, el tipo de precipitación y su impacto en el suelo, la erosión y la visibilidad.

Por eso las gotitas pequeñas, las de 2 milímetros de diámetro o menores, son esferas perfectas. Solo cuando crecen y la gravedad más el rozamiento con el aire las deforman, se aplanan en la base o adoptan formas achatadas o incluso se rompen. Pero en su origen, en su esencia más íntima, la gota elige la esfera porque es la forma que mejor preserva su integridad frente al mundo exterior.

Esa elección geométrica tiene consecuencias profundas que trascienden la física. La esfera permite que la gota ruede, se una a otras, se infiltre en el suelo o resbale por las hojas sin desgarrarse fácilmente. Es una forma que favorece el flujo, la conexión, el movimiento. En el ciclo social del agua —ese entramado donde la naturaleza y la sociedad se co-construyen— la esfera de la primera gota inaugura un lenguaje de circulación: el agua que desciende, que penetra, que regresa como vapor. ¡Qué belleza! 

Cada gota posterior hereda esa misma lógica, de la que la gravitación la hace universal, pero ya no cae en un planeta vacío. Cae sobre paisajes que los seres humanos hemos modificado durante milenios: terrazas mayas, acequias coloniales, canales modernos, ciudades que impermeabilizan el suelo y represas que alteran el ritmo de los ríos, eso que yo he llamado la naturaleza social del ciclo del agua.

En Guatemala, esa herencia es especialmente visible y dolorosa. Las mismas lluvias que nutren el maíz en los cantones de Quetzaltenango pueden convertirse, por falta de infraestructura y de gobernanza, en deslizamientos que destruyen vidas y memorias y que inundan a la zona 2 de la ciudad.

Tristemente, los seres humanos hemos afectado negativamente este maravilloso ciclo natural del agua con nuestro ciclo social del agua porque solamente una fracción mínima de nuestras aguas residuales recibe tratamiento adecuado, casi nada. 

El agua sigue siendo la misma en cantidad total — desde su llegada cósmica—, pero cambia de pureza, de lugar y de destino según cómo la tratemos. La naturaleza geométrica de la primera y todas las gotas, la esfera, nos recuerda que el ciclo no es solo técnico: es político, cultural y ético. Cada decisión que tomamos sobre el uso del suelo, la minería, la urbanización, el riego de los monocultivos, modifica el trayecto de miles de billones de gotas futuras.

Hoy que llueve en la bella Xelajú, en la Ciudad de la Estrella, pienso en la primera gota no como un hecho remoto, sino como un origen vivo que sigue latiendo en nuestra experiencia cotidiana. En las tardes de Xelajú, cuando la lluvia anuncia el cambio de estación, siento que esa misma agua —la que viajó en cometas y se condensó en los albores del planeta— vuelve a tocarme. Se mezcla con el polvo de las calles, con el olor de la tierra mojada, con los recuerdos de papá y mamá.

Fernando Castro

Analista Migratorio guatemalteco. Vice Cónsul de Guatemala y Encargado del Despacho, en el Consulado ubicado en Comitán de Domínguez, Chiapas, México, desde 2018 al 2021. Director de Comunicación Social, Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala, CONAMIGUA.

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