«Los caminos de la vida, no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía… los caminos de la vida son muy difícil de andarlos, difícil caminarlos…» (Omar Geles).
Puede sonar obvio, pero la vida es compleja, enredada, a tal extremo que muchas veces no se encuentra la salida. Así lo canta con belleza el colombiano Omar Geles. Desde que somos humanos hemos vivido en condiciones de incertidumbre. Ese peligro no ha cambiado, aunque nos creamos muy especiales y digamos que vivimos en tiempos particularmente complicados.
Imaginemos a un cazador de mamuts hace unos 10,000 años en lo que hoy es Guatemala. El Mammuthus columbi dejó restos en Sayaxché, Chinautla y Zacapa. La caza era peligrosa: animales agresivos, difíciles de abatir. Los cazadores arriesgaban la vida cada día. Nuestros antepasados —incluidos los antiguos mayas, especialmente los quichés que se asentaron en Chichicastenango hace más de mil años— enfrentaron incertidumbres similares.
El sociólogo Anthony Giddens describió nuestro mundo como agitado, desbocado, escenario de grandes desastres y confusión. Hoy, Manuel Castells, en su libro Ruptura. La crisis de la democracia liberal, profundiza en esa crisis de legitimidad: el divorcio entre ciudadanos e instituciones, la desconfianza profunda hacia los sistemas políticos y el vacío que dejan las viejas narrativas. Vivimos el declive de las grandes historias, el dominio de las tecnologías digitales, internet y la Inteligencia Artificial Generativa, que controlan cada vez más nuestros subsistemas económicos, políticos y culturales.
Marx, Weber y Durkheim ya analizaron las grandes transformaciones de la modernidad: diferenciación, racionalización, urbanización, capitalismo industrial, pobreza y migraciones. Lo que ellos vieron en su época, nosotros lo vivimos ahora, pero con mayor velocidad e interconectividad. Y en Guatemala esa complejidad duele más.
Guatemala es un país de enorme diversidad cultural que aún no logra construir un movimiento social capaz de rescatarlo de las manos de los corruptos y los dueños de finca. Estos oligarcas rancios han sembrado pobreza para cosechar hambre. Como dice Carolina Escobar Sarti, aquí “el país es solamente paisaje”. Un país-no-país. Un Estado capturado.
Nuestros intentos de liberación —el Estado de los Altos en Quetzaltenango, la Reforma Liberal de 1871— terminaron fortaleciendo a quienes ya tenían el poder y arrebatando más tierra a los pueblos indígenas. No construimos servidores públicos, sino servidores de las elites incrustados en todas las instituciones.
No hemos sido capaces de construir una sociedad democrática real. Las luchas de 1944 fueron ejemplares, con movimientos sociales participativos, pero no duraron ni una década. Los dueños de la finca respondieron con un plan contrainsurgente que nos devolvió al autoritarismo. Luego vino la guerra civil. El Estado ya estaba penetrado. De 1960 a 1990 nos destruimos entre hermanos: más de 200 mil muertos. Fueron tres décadas de silencio, asesinatos y “chafarotes” jugando a presidentes. Todo menos democracia.
Esa misma lógica de captura persiste hoy. En la Universidad de San Carlos, Walter Mazariegos usurpó la rectoría mediante un fraude descarado. En lugar de ser el centro cultural, científico y crítico que el país necesita, la Usac ha sido tomada por intereses que ahogan el pensamiento libre y el debate honesto. He denunciado este atropello en columnas anteriores: un usurpador arrogante que se aferra al poder mientras la universidad del pueblo se hunde.
Igual de grave es la captura de la Corte de Constitucionalidad. Magistrados como Roberto Molina Barreto, con un historial ligado a la protección de intereses de impunidad, representan la continuidad de un sistema que prioriza a las elites antes que al Estado de Derecho. La CC, en lugar de ser garante de la Constitución, se ha convertido en uno de los instrumentos de la captura institucional.
Los caminos de la vida nunca han sido fáciles. En Guatemala son particularmente tortuosos por la captura sistemática del Estado, la falsa democracia que nos venden y la ruptura de legitimidad que Castells describe tan bien.
No basta con “aguantar” o “sobrevivir”. Debemos transitar estos caminos con los ojos abiertos, sin miedo, recuperando la universidad pública, exigiendo instituciones que realmente sirvan al pueblo y construyendo un movimiento social que rompa las cadenas del pasado. Si no lo hacemos ahora, estos caminos seguirán llevando al mismo abismo.
Ese es el reto guatemalteco. Difícil, sí. Pero necesario. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.







