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El presidente Bernardo Arévalo no es un presidente democrático. No se le puede llamar democrático a quien, teniendo el poder, no actúa, no hace, no dirige. En todo lo que hace nos lo ha mostrado. Desde su primera confrontación con la fiscal general, la encarnación del mal, Arévalo optó por no enfrentarla y con ello no rescatar el Estado Democrático a cambio, hizo unos amagues de mala muerte. La invitó a una reunión del gabinete para que ella llegara y le tirara el pelo. Se fue. Claramente, el presidente tiene los medios para sacarla legalmente porque el Estado de Guatemala se organiza para defendernos a los guatemaltecos, no para sostener a una criminal en un puesto clave de la justicia guatemalteca.

Lo de Arévalo es otra decepción en nuestra lastimada vida política. Hemos vivido ciclos repetidos de esperanza truncada y decepción profunda. La Revolución de octubre de 1944 sigue siendo el momento más luminoso de nuestra historia republicana. Un levantamiento cívico-militar derrocó la dictadura de Jorge Ubico y abrió paso a elecciones libres, una Constitución progresista y diez años de reformas que buscaron democratizar el poder, expandir la educación y reducir las brechas sociales. La lección: Estudiantes, obreros, profesionales y militares jóvenes demostraron entonces que, cuando la sociedad se une más allá de sus diferencias, es posible romper la centralización autoritaria y poner las instituciones al servicio del pueblo. Ese es el camino. Eso significa que solamente el pueblo salva al pueblo.

Después vino la guerra y aquí quiero echar mano de un artículo que llegó a mis manos desde mi hermano: Gustavo Galindo. En su artículo Anatomía de la Cooptación: Cronología Estratégica del Poder y la Corrupción en Guatemala, Gustavo ilustra con rigor esta metamorfosis. En él explica que la transición del Conflicto Armado Interno a la “paz institucional” no eliminó las estructuras de exclusión; al contrario, las dotó de una sofisticada arquitectura legal. El Estado cooptado no es un accidente: es un sistema donde la captura de las instituciones es el objetivo primordial. Lo que antes se lograba mediante eliminación física, hoy opera a través de marcos normativos que convierten al Estado en un botín perpetuo.

Galindo identifica las causas históricas del desequilibrio: exclusión económica (concentración de la tierra), política (autoritarismo y debilidad institucional deliberada) y étnica (racismo y rechazo a la multiculturalidad). Hacia mediados de los 80, mientras el poder militar preparaba su salida formal, las élites iniciaron la “legalización” de su influencia, capturando espacios en la educación superior y gremios profesionales. Un caso central es la institucionalización del privilegio mediante la Constitución de 1985 y la Ley de Universidades Privadas donde capturaron a las universidades para su propio beneficio. Fue diseño, no casualidad.

Yo en repetidas ocasiones he denunciado esta captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala, USAC, donde la formación rigurosa y el rol popular de la universidad se ven desplazados por intereses políticos y clientelares ante la mirada indiferente del presidente Arévalo, que juega solamente un papel de monigote, así como su compañera Herrera que de vez en cuando saca un mensaje sin fuerza, vacío y sin efecto real alguno. Ni a él ni a ella, Arévalo y Herrera, les interesa realmente la Universidad Pública, o no la entienden.

Ante el momento que vivimos, abril 2026, propongo un camino realista para la defensa de la poca democracia que nos queda:

Primero: anclarnos en lo concreto y cotidiano. Los llamados abstractos generan desconfianza por nuestra memoria de violencia. Hablemos de reconstrucción democrática: combatir la extorsión que asfixia familias y negocios, reformar la educación (cerrando la brecha saber-hacer y desmantelando feudos, incluyendo el monopolio universitario que se ha convertido en el sistema de control de la justicia produciendo injusticia en carne y hueso. Urge garantizar justicia accesible, agua, salud y uso productivo de la tierra. Vuelvo y repito, como dicen en Panamá: Urge garantizar justicia accesible, agua, salud y uso productivo de la tierra.

Segundo: construir organización desde abajo. Los análisis son semilla, pero deben multiplicarse en talleres comunitarios, radio y redes locales. Se necesitan alianzas transversales entre intelectuales, movimientos indígenas, sectores medios, jóvenes y empresarios honestos, sin polarización estéril. Hay pequeños ejemplos: Acción por el Agua, APA, un movimiento universitario comunitario por la defensa del agua en el occidente de Guatemala donde don Juan Ortega ilumina el camino desde el mundo mam.

Tercero: preparar el terreno para momentos de crisis. Como en 1944 o en el paro de 2023, las movilizaciones surgen de indignación compartida. Debemos tener propuestas concretas listas para que la energía no se disipe en nuevos pactos de élites.

Cuarto: persistir con lenguaje claro. Hablemos de recuperación de la república, educación cívica masiva y acción colectiva. La creación de un verdadero sistema de educación pública superior es clave, un espacio universitario, así como institutos técnicos superiores y tecnológicos que construyan las capacidades de productividad que este país requiere. La persistencia es clave: seguir analizando, convocando y actuando pese a los retrocesos. Los académicos: Seguir escribiendo, escriban, escriban colegas de la USAC y de todas las universidades, ese es su trabajo, las palabras se las lleva el viento.

Guatemala no necesita otra revolución armada que repita errores del pasado. Necesita, como en 1944, una revolución cívica, educativa e institucional sostenida. Los Acuerdos de Paz fallaron porque no entregaron poder real a la mayoría; la cooptación descrita por Galindo muestra cómo se blindaron privilegios. Es hora de escuchar otras voces con ideas nuevas como las de Gustavo Galindo, Carolina Escobar Sarti, el Ciudadano Toriello, Sergio Vega, Roberto Wagner, Renzo Rosal, José Alfredo Calderón, Miguel Ahumada, entre otros, y las reflexiones aquí compartidas. No claudiquemos, no tenemos por qué resignarnos, más bien debemos unirnos en torno a una democracia real y pasar del saber al hacer colectivo.

El pueblo guatemalteco ha demostrado que puede levantarse con dignidad. La pregunta no es si escucharemos el llamado, sino si lograremos organizarnos para que esta vez el cambio sea profundo y duradero. Hagámoslo ahora porque si no es ahora, no será nunca.

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