En varias notas investigativas y editoriales, La Hora ha dado a conocer, con lujo de detalle, la posible sobrevaloración de tres puentes por casi 150 millones de quetzales, comparando los montos asignados con la cotización de una empresa especializada en la materia. Además, se invitó a empresas constructoras que probablemente no cuentan con la debida experiencia en este tipo de construcción específica, en vez de salir a licitación pública (se publicaron las bases siete días antes, en los que mediaba un fin de semana y dos asuetos, juzgue usted, estimado lector, a qué huele la movida). Y para colmo, la ministra del ramo respondió, con cinismo, que los planos no estaban en el portal Guatecompras (de hecho, sí estaban y esa fue la base para cotizar con otra empresa) y que, por el tipo de licitación, los planos serían parte de lo que el oferente entregaría.
Mientras todo esto ocurría, en esos sosos y aburridos discursos, el presidente Arévalo se daba baños de pureza, aludiendo a la lucha contra la corrupción (que no pasó de discurso) y a que los ciudadanos presenten sus denuncias. Este medio denunció, con reportajes y editoriales, de forma pública, este hecho que hiede a corrupción, y el presidente y su “Comisión Nacional contra la Corrupción” que supuestamente debería investigar los hechos y presentar las denuncias del caso, no ha hecho absolutamente NADA. Esta comisión ha sido tan “efectiva” como la Comisión Presidencial Contra la Corrupción que creó el expresidente Giammattei. Solo han sido adornos para que ambos presidentes pudieran presentarlos como un petulante discurso de combate a la corrupción. No hicieron NADA.
El presidente Arévalo alardea de que su gobierno no ha sido corrupto y que ha combatido la corrupción. Sin embargo, los hechos nos muestran otra historia. Una historia de componendas en el Congreso para obtener votos, de exministros, y ministros, involucrados en presuntos actos de corrupción, de facilitarle la salida del país a un exministro acusado de graves casos de corrupción.
Este gobierno ya perdió por completo el rumbo, si es que alguna vez lo tuvo. El tacuche les quedó enorme al presidente, a la vicepresidenta y a la gran mayoría de sus ministros (hay poquísimas excepciones). Ya ni siquiera pueden caminar con la bandera de la lucha anticorrupción, que fue precisamente el mandato que recibieron en las urnas en 2023. Lamentablemente no lo cumplieron, no porque no pudieron, fue porque no quisieron. No tuvieron el valor, la entereza y la gallardía para enfrentar y pelear contra un sistema corrupto, incrustado hasta en su propio gobierno. Ellos prefirieron acomodarse, antes que luchar, por mucho hedor a corrupción que emana desde su propio equipo cercano.







