Edmundo Enrique Vásquez Paz

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Edmundo Enrique Vásquez Paz

Son muchas las cuestiones que pueden captar nuestra atención -o no- y afectarnos. De diferentes maneras. Distrayéndonos, preocupándonos…

Reflexioné con seriedad en ello en tanto que reposaba. En una hamaca.

Busqué y concluí que un asunto que nos puede entretener o divertir puede ser la observación de las hormigas (formicidae). Así como, también, producirnos intranquilidad o angustia. Depende.

Frente a mi vista y desde la profundidad de la arrellanada posición en la cual me encontraba, veía con claridad un muro encalado y varias formaciones de hormigas desfilando; afanadas en algo. Filas de bichitos ordenados, confluyendo hacia una caravana mayor; así como lo hacen los riachuelos corriendo montaña abajo buscando tributar a un cauce mayor y aumentar su caudal.

Como filas, y visto su sentido de pertenencia, debía tratarse de hormigas afiliadas todas a alguna secta o congregación o pertenecientes a un mismo clan o familia. Solo así me pude explicar su disciplina y su fervor -por no decir “fanatismo”-. Como columnas, me inspiraron respeto.

También vi hormigas independientes. O que lo parecían. Movíanse éstas, sobre el repello blanco que cubría el adobe del muro, de manera sinuosa y desordenada. Y a diferentes velocidades. Me parecía que husmeaban; no sé si para encontrar huellas de manjares y avisarles a las otras o solo para su propio y exclusivo deleite y beneficio. No puedo más que especular al respecto.

Pese a mis escasos conocimientos sobre esos bichos en particular, ensayé algunas ideas respecto al muro (entendido como el escenario o pista en que se daba el movimiento) y con relación al trayecto de las filas de hormigas (como usuarias de ese espacio).

Quise pensar tanto en el origen como en el destino; tanto de las hormigas en sí como de su carga. Estando en ello, pasó por mi mente la posibilidad de que quizá estarían ellas vaciando de algo fundamental los muros de la edificación y, con ello, debilitándola… No dejó de preocuparme.

Estaba por reflexionar sobre el destino de esas hormigas y su “mercancía” (que buen volumen debería llegar a tener luego de días, semanas, meses y hasta años de afanoso trabajo de trasiego) cuando una visión me sacó de quicio y me produjo una sensación de miedo que no he podido olvidar.

Vi con toda claridad cómo una de esas columnas de diminutos y hacendosos insectos (formicidae), marchando a paso ligero, brotaba (¡!) de un orificio en la piel de mi mano. La izquierda. Un agujero que se veía profundo, oscuro y seco; sin rasgo alguno de la humedad que bien podría esperarse que tuviera el músculo vivo de un mamífero. En este caso, el de un homo sapiens; yaciente en una hamaca; en Zacapa.

Pensé: “Hormigas, amigas”…Y desperté.

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