El partido Verde se cambió de nombre, ahora se llama Calidad; ya que Delia Bac, su dueña, se lo había “entregado” a Ciudadanía Celeste.
Ciudadanía Celeste es una agrupación que pretendió convertirse en partido político, primero siguiendo los procedimientos legales establecidos y, al no poder hacerlo por esa vía, terminó negociando con un partido cuyo prestigio es tan obscuro como una noche sin luna, el Verde.
Quiénes participan en Ciudadanía Celeste son conocidos (as) por su meritoria lucha contra la cooptación de la institucionalidad estatal por parte de las redes político criminales. Lamentablemente, con lo que ahora han hecho, muestran una gran incoherencia ética.
La fortaleza moral y ética no se pierde de un día para otro. Uno va cruzando línea tras línea, hasta que se encuentra del otro lado. La fortaleza se desgasta poco a poco, hasta que se pulveriza. Y eso le pasó a quienes integran Ciudadanía Celeste cuando decidieron pintarse de verde para después teñirse de celeste.
Yo no critico que un grupo de personas ingresen a un partido político ya existente, siempre y cuando haya sustentos de coincidencia ideológica. Pero en este caso, la “propietaria” del partido Verde es de sobra conocida por los múltiples señalamientos, nacionales e internacionales, que tiene sobre actos de corrupción.
Por otra parte, son conocidas las relaciones entre Ciudadanía Celeste y Poder Ciudadano, la organización política que acertadamente promueve reformas constitucionales. Es entendible que ahora, quienes dirigen Poder Ciudadano no quieran contagiarse del desprestigio de Ciudadanía Celeste. Saben que poder y celeste ya no deben juntarse.
Ambas organizaciones son de derecha. Su orientación ideológica es la correspondiente a las élites empresariales. Y esto no es vergonzoso. Es saludable para la democracia liberal que existan explícitamente expresiones políticas de esa orientación ideológica.
Pero esta vinculación ideológica los ata también a la historia del desempeño político de las cúpulas empresariales en Guatemala. Ellas, históricamente, han financiado a diversos partidos políticos, ya que al final resultan siendo simples sirvientes de sus intereses. Por eso, ser proclives a las élites empresariales implica ser propensos a los genes políticos que las han caracterizado.
Pero, a pesar de todo lo dicho, considero que esa juventud inteligente y carismática que despectivamente suele llamárseles los “camperitos”, debería evolucionar ideológicamente y distanciarse de sus padrinos iniciales. Les hace falta pueblo.
Todo lo anterior me lleva a las siguientes conclusiones: Ciudadanía Celeste debería tener la consecuencia moral y ética de “suicidarse” ahora y someterse a la lógica de los principios, no del perverso pragmatismo motivado por intereses personales. Vale la pena que rectifiquen. La inmadurez de la juventud produce precipitaciones. Poder Ciudadano debería seguir haciendo lo que está trabajando adecuadamente, impulsar una reforma constitucional restringida al tema de justicia y olvidarse, por ahora, de cualquier calentura política.
Y, por último, ante la inminente necesidad de construir un amplio frente democrático para participar en las elecciones del año entrante, en el no deberían participar engendros de las élites empresariales. Ellas tienen todo el derecho y legitimidad de construir sus instrumentos políticos; pero las fuerzas progresistas, la diversidad de las izquierdas, deben mantener su distancia de ellos y plantearse como opciones amplias que no acepten a las derechas, ya que casi todas son recalcitrantes; ni a sus derivados.
La amplitud ideológica, política y programática es una necesidad para enfrentar a las derechas recalcitrantes y a las redes político criminales en las próximas elecciones. Obviamente, esto no implica ignorar la necesidad de construir un instrumento político, un partido, que aglutine a la pluralidad de las izquierdas, para así promover y construir ese Frente Amplio, sin diluirse en él. Un Frente es para una coyuntura, un partido es para un horizonte estratégico, revolucionario, de mediano y largo plazo.
¿Y los gringos? Su intervencionismo en Guatemala y en el continente es grotesco. No nos corresponde pelearnos con ellos desde nuestras obvias asimetrías, pero tampoco subordinarnos dócilmente como hasta ahora lo han hecho las élites gobernantes.







