Cada cuatro años aparece por estas tierras un “Proyecto de Nación”. Sin embargo, lo que nos presentan no es un verdadero proyecto, sino una simple agenda electoral. Un auténtico proyecto de nación implica establecer acuerdos, reflexiones y necesidades enmarcadas en un proceso histórico, con el fin de revertir los resultados nefastos y cambiar el rumbo de la nación y su desarrollo humano. La prueba de que nunca ha existido un cimiento nacional serio nos lo enseña nuestra historia que es clara en señalarnos de que no hemos sabido contener las violencias ideológicas, las usurpaciones y los privilegios. Esto ha mantenido un ambiente nacional lleno de prejuicios hacia el “prójimo”, cimentando todo tipo de desigualdades. Por lo tanto, la lucha política y social no ha sido más que un choque entre grupos identitarios y clases sociales que ven en el otro un obstáculo para sus propios intereses. Así, hemos terminado por constituir una nación independiente, sí, pero de resentidos.
Cuando hablo de resentidos, me refiero a que somos una nación estratificada social, económica e ideológicamente. Esta división genera dinámicas institucionales y culturales chocantes e injustas, donde el origen de cada quien determina su destino.
Es un hecho ampliamente demostrado que Guatemala es un territorio con una distribución de su riqueza material y espiritual altamente desigual e inequitativa. Amplios sectores populares –que constituyen la mayoría– perciben que esas riquezas traducidas en acceso a la salud, la educación, la justicia y el bienestar, les ha sido bloqueado por élites tradicionales o redes clientelares, nacidas de su propio seno y, muchas veces, patrocinadas por intereses extraños.
Como consecuencia, la erosión de la legitimidad de los partidos políticos, el Congreso, las Cortes y otras instituciones (como la universidad nacional) no ha permitido canalizar el descontento y las necesidades ciudadanas; por el contrario, las ha profundizado mediante la promoción y publicidad cargada de mentiras y verdades a medias que enmarcan una buena simulación democrática y promesas vacías, con el único fin de poder alcanzar puestos de poder y beneficiarse de lo que no les pertenece.
¿Cómo impacta esto en nuestro comportamiento? Cada cuatro años –o en la práctica cada tres, pues ya estamos sufriendo en las calles y pueblos las campañas electorales adelantadas e ilegales para el próximo año– asistimos a la fragmentación del debate público. Caemos en trincheras ideológicas irreconciliables donde el diálogo cede el paso al insulto y a la simplificación maniquea de los problemas. Reducimos nuestra compleja realidad a una pugna moral entre el bien y el mal, los puros y los corruptos, el pueblo y la oligarquía, los rojos y los cremas.
Con mucha ignorancia, no nos hemos dado cuenta de que esta visión cortoplacista elimina los matices y la responsabilidad institucional. Los problemas estructurales –como la pobreza, la violencia o la deficiencia en la salud– dejan de entenderse como fallas sistémicas complejas y pasan a atribuirse exclusivamente a la «maldad, mentira, engaño, traición» de un grupo antagónico. El lema de moda es: “Hay que quitar personas, no modificar estructuras”.
Lo triste es que este comportamiento histórico nos ha permitido descargar la responsabilidad de las crisis en chivos expiatorios (personas, élites abstractas o minorías). Esto nos exime, como sociedad, de examinar nuestras propias contradicciones culturales y de intentar corregirlas.
No debe extrañarnos, entonces, que vivamos inmersos en la instrumentalización del descontento por parte de liderazgos elitistas. Ellos capitalizan el enojo social para alcanzar cuotas de poder, sin ofrecer soluciones técnicas viables, sino grandes distractores. En medio de este circo, la agenda pública es secuestrada por disputas de revancha política, lo que impide construir consensos de Estado a largo plazo.
Guatemala atraviesa una severa erosión de la confianza social. Hemos construido nuestro capital social y tejido comunitario muy débil, reemplazándolo por la sospecha permanente y la fragmentación frente al Estado. Y sobre esta grave realidad, no existe a la vista solución alguna sobre la mesa en esta campaña… o ¿acaso usted la ve?







