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Hace unos días, mientras conversaba con amigos —profesionales y personas de la tercera edad—, surgió una pregunta: ¿Cuáles son los dos problemas más grandes del mundo actual? Tras discutirlo, llegamos a una conclusión unánime: el cambio climático y la posibilidad de una guerra nuclear. Lo interesante no fue tanto la respuesta como las razones que cada uno expuso para sostenerla. Llevábamos casi una hora debatiendo cuando una señora de la mesa de al lado se levantó y, al pasar junto a nosotros, nos dejó ir una frase que nos desconcertó:

—Todo es falta de fe en Dios.

Por unos minutos quedamos en silencio, tratando de procesar la interrupción. Pensaba que, en términos generales, las personas no parecen vivir con un temor real ni ante el colapso ecológico ni ante la amenaza atómica. Dentro de mí revoloteaba aquella frase atribuida a Hegel: «La historia enseña que la historia no ha enseñado nada». En la Reflexión de la Dama, había una disonancia evidente: nosotros debatíamos sobre catástrofes de dimensiones planetarias mientras, quizá, olvidábamos algo mucho más cercano: la vulnerabilidad humana.

Alguien del grupo, el «filósofo», interpretó que, cuando una sociedad abandona la trascendencia, el vacío no permanece vacío: se llena de una angustia informe. La «falta de fe» no significa necesariamente dejar de asistir a un templo, sino perder un anclaje ontológico. Sin un orden superior que dé sentido al sufrimiento, el ser humano queda a la deriva, temeroso de sus propias creaciones técnicas porque ha convertido el mundo en un mecanismo sin alma. El verdadero peligro, añadió, no es la técnica en sí misma, sino nuestra relación alienada con ella; se ha vuelto nuestro único dios. Al desterrar el límite sagrado, el hombre moderno cae en la hybris, creyendo que puede gestionarlo todo, ignorando que su soberbia lo conduce directamente al abismo.

El «diputado», desde la ciencia política, interpretó la reflexión como la bancarrota de la política institucional. La gente no teme genuinamente al clima ni a la bomba, porque la política actual ha reducido al ciudadano a la condición de espectador impotente. La «falta de fe» podía traducirse, así, como la pérdida de esperanza en la acción colectiva. Cuando los centros de poder global son inalcanzables, la política se desacraliza y deviene en puro cinismo. La señora nos recordaba que, cuando los pueblos pierden la fe en sus instituciones y en la posibilidad de un destino común, terminan resignándose a la catástrofe o, peor aún, volviéndose indiferentes ante ella.

Para mí, aquella señora estaba mostrando nuestro modo de pensar desde la experiencia de la sindemia social y la desesperanza aprendida. En sociedades agobiadas por la precariedad estructural y la violencia cotidiana, hablar del cambio climático puede parecer un lujo intelectual frente a la urgencia de sobrevivir al día siguiente. La falta de miedo real ante amenazas globales no es valentía, sino fatiga psíquica; una radiografía de nuestra salud mental colectiva. Estamos tan inmersos en la supervivencia inmediata, que hemos terminado normalizando el riesgo sistémico. Traducida al lenguaje de la salud pública, esa «falta de fe» es la pérdida de cohesión comunitaria: cuando una población pierde la confianza en el futuro y en el cuidado mutuo, el tejido social se deteriora sin que nadie consiga atajar las causas.

Finalmente, el religioso del grupo ofreció una lectura desde la teología de la historia. En su visión, la señora tenía razón, aunque no en el sentido simplista de que rezar solucionará el clima. Significa que el ser humano ha transferido su confianza absoluta a los ídolos equivocados: la explotación sin medida, el mercado desregulado, el desarrollo tecnológico infinito y la autosuficiencia humana. Cuando el hombre confía ciegamente en sus propias manos para construir su destino, sin reconocer su finitud ni su responsabilidad moral ante la Creación, desata fuerzas que luego no puede controlar. La frase era un juicio profético: al expulsar a Dios de la conciencia pública y de nuestros propios límites, nos hemos quedado solos frente a nuestros monstruos.

Ante todas esas reflexiones, pensé que el ser humano moderno se ha despojado de la trascendencia y de los límites éticos externos, erigiéndose en el centro absoluto del mundo y quedando atrapado en un profundo vacío existencial. La pérdida de lo sagrado no es un asunto estrictamente litúrgico, sino la pérdida de la reverencia por la vida. Porque, si hemos perdido esa reverencia, cualquier tratado sobre el clima o cualquier acuerdo nuclear terminará siendo apenas papel mojado.

Tal vez eso era, en el fondo, lo que “Han perdido la fe el Dios” intentaba decirnos. Y quizá, después de una hora de hablar sobre el futuro de la humanidad, fue la persona que menos habló quien terminó planteándonos la pregunta más difícil: ¿qué nos queda cuando hemos perdido la capacidad de poner límites a aquello que nosotros mismos hemos creado?

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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