Por un lado, se anuncia que, dentro de diez años, buena parte del trabajo manual y profesional que conocemos, pasará a manos de la inteligencia artificial y los robots, y que incluso la moneda podría desaparecer. Por otro lado, bajo el supuesto de que las trayectorias socioeconómicas, energéticas y de comportamiento institucional de la humanidad se mantengan sin cambios drásticos, los pronósticos más rigurosos, basados en modelos climáticos avanzados y herramientas de inteligencia artificial, apuntan a transformaciones climáticas críticas durante la próxima década: un incremento en la frecuencia y severidad de las olas de calor marinas y terrestres, sequías prolongadas en regiones subtropicales y semiáridas, incendios forestales y episodios de frío extremo. A escala geopolítica, se pronostica la escasez hídrica, la pérdida de tierras cultivables y las migraciones masivas impulsadas por el clima que podrán fracturar las fronteras tradicionales.
Esta convergencia de factores climáticos y tecnológicos que están transformando el trabajo y la economía, nos coloca ante la necesidad de una reconfiguración radical de la civilización. Uno de sus escenarios posibles es el apocalipsis de la humanidad, de la cual no hablaré.
Lo verdaderamente complejo no es analizar la crisis climática o la revolución tecnológica por separado, sino su intersección. Y aquí hay dos aspectos a los que debemos prestar atención.
Primero: la presión tecnológica sobre los recursos. Una economía global dominada por centros de datos masivos, entrenamiento continuo de sistemas de inteligencia artificial y manufactura robótica intensiva, demanda volúmenes descomunales de energía y minerales críticos. Esto colisiona directamente con la urgencia de frenar el deterioro ambiental y gestionar los estragos de un clima cada vez más hostil.
Segundo: la prueba de estrés institucional. Las estructuras de gobernanza actuales —incapaces, a menudo, de gestionar crisis de corto plazo y de alcanzar consensos en torno a la igualdad y la equidad— ya enfrentan simultáneamente migraciones climáticas masivas, obsolescencia del empleo formal y una redistribución radical del poder económico, concentrado en quienes controlan la infraestructura tecnológica y financiera.
¿Soluciones a la vista para lo anterior? ninguna. Pero creo que el verdadero dilema de la próxima década ya lo advierte la encíclica papal “Magnifica Humanitas”. La médula de la tragedia humana futura podría encontrarse en la incapacidad antropológica de nuestra especie para procesar cambios de esta magnitud sin recurrir al atavismo. La crisis no es de software ni de monedas; es una crisis profunda de la condición humana. Cuando las estructuras que dan sustento material y sentido a la existencia —el trabajo, la seguridad y el territorio físico— se desmoronan simultáneamente por el impacto climático y la sustitución tecnológica, el ser humano no necesariamente responde con cálculo racional, sino con el colapso de su racionalidad.
Cuando el entorno se vuelve hostil y los recursos escasean debido a la presión ambiental, y las formas de dirigir y gestionar la sociedad no ofrecen soluciones, el individuo puede abandonar el pacto social moderno y refugiarse en el instinto gregario más primitivo. Si a ello se suma la incapacidad para comprender sistemas complejos y abstractos, o simplemente para prestarles la atención debida, las sociedades terminan buscando culpables tangibles.
La polarización ideológica, el nacionalismo radical y el fundamentalismo de todo tipo, ya están floreciendo, porque esos problemas no están sujetos a respuestas y soluciones simples. En un mundo cuya vida cotidiana empieza a estar cada vez más dominada por algoritmos, y en el que se acumula una angustia climática que no encuentra canales institucionales de descompresión, no es extraño —como ya estamos viendo— que, en algunos grupos humanos, la frustración ante la sensación de inutilidad personal propicie un resultado previsible: una violencia difusa y fragmentada que va desde el estallido urbano, la drogadicción y el vandalismo sistémico, hasta la guerra asimétrica perpetrada por facciones nacionales o regionales, que compiten por los últimos remanentes de estabilidad. La violencia como catarsis se generaliza.
También estamos viviendo en medio de la anarquía y de una guerra generalizada, en la que el mundo actual parece encontrarse envuelto y las élites y los centros de poder no están optando por la emancipación, sino por el endurecimiento del control. Y aquí el peligro cierra el círculo: la tecnología de punta —que prometía liberar al hombre del esfuerzo— ya está siendo utilizada como instrumento definitivo de contención biopolítica y coerción, profundizando la brecha entre los custodios de la técnica y el sustrato social descartado. Por consiguiente: la guerra está dejando de ser un instrumento convencional de política exterior para convertirse en un estado de confrontación permanente y sistémica.
La promesa original de la modernidad y del desarrollo técnico era que el dominio de la naturaleza otorgaría al ser humano el tiempo y la claridad necesarios para gobernarse a sí mismo con lucidez y sin embargo, estamos ante un panorama, donde la técnica avanza de manera exponencial, pero la sabiduría moral y psicológica del ser humano permanece anclada en los mismos resortes tribales de la prehistoria. El futuro que se plantea, es de mucho dolor y sufrimiento.







