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Creo que, en estos momentos, la pregunta fundamental a responder de la realidad nacional es: ¿Cómo es posible que la injusticia, siendo el cáncer moral de nuestra sociedad, haya terminado por volverse invisible, cotidiana, e incluso funcional a nuestra existencia? Permítame desglosar esta inquietud desde tres lentes, pues cada una ilumina un ángulo distinto de esta misma sombra.

  1. La Neurobiología encuentra de referente la anestesia del cerebro. La neurociencia contemporánea ha documentado un fenómeno inquietante: el cerebro humano, expuesto de manera reiterada a estímulos de sufrimiento ajeno, termina por atenuar su respuesta empática. Esto se conoce como fatiga de compasión o habituación emocional. Cuando la injusticia es cotidiana –cuando la vemos en las noticias cada mañana, cuando la cruzamos en la calle, cuando la normalizamos en el hogar–, las regiones cerebrales asociadas a la empatía y su funcionalidad reducen su activación. El cerebro, en un mecanismo de autoprotección, decide que no puede sostener el dolor permanente y termina en un ¡basta ya!

Pero hay algo más profundo: la disonancia cognitiva. Cuando vivimos en un sistema injusto del cual, querámoslo o no, somos beneficiarios (en mayor o menor medida), el cerebro experimenta una tensión incómoda entre lo que sabemos que está mal y lo que hacemos para sostenerlo. La solución neurológica más económica no es cambiar el sistema, sino cambiar la percepción: minimizamos la injusticia, la justificamos, o la volvemos abstracta. Así, la estructura y funcionalidad cerebral –centro del miedo y la alerta, por ejemplo– deja de disparar señales ante el sufrimiento ajeno, porque ya lo ha categorizado como “paisaje o realidad”, no como “emergencia a corregir”. En términos neurobiológicos –ya lo he señalado en otras publicaciones– la indiferencia no es frialdad: es cansancio cerebral institucionalizado.

  1. La Sociología al respecto nos habla de la banalización de la violencia estructural. Desde la sociología, el diagnóstico es igualmente desolador. Johan Galtung, padre de los estudios de paz y conflicto, acuñó el concepto de violencia estructural: aquella que no tiene un rostro visible, que no emana de un agresor concreto, sino que está incrustada en las instituciones, las leyes, los mercados, los hogares y las costumbres. Esta violencia no se percibe como violencia, sino como “el orden natural de las cosas”.

Hannah Arendt, al estudiar los mecanismos que permitieron el Holocausto, acuñó la célebre expresión “la banalidad del mal”: el mal más terrible no lo cometen monstruos sádicos, sino burócratas comunes que cumplen su función sin cuestionarse las consecuencias. Hoy, esa banalidad se ha democratizado: el ejecutivo que firma un desalojo, el consumidor que compra productos de explotados, el ciudadano que vota por quien perpetúa la inequidad… viola leyes; todos participamos de una cadena de indiferencia, donde nadie se siente personalmente responsable.

Pierre Bourdieu aportó otra pieza clave: el habitus. Las estructuras de injusticia se inscriben en nuestros cuerpos, en nuestros gustos, en nuestras aspiraciones. Aprendemos a desear lo que el sistema nos permite desear, y a considerar “natural” lo que en realidad es arbitrario. La inequidad, así, no solo se impone desde fuera: se reproduce desde dentro, en cada decisión cotidiana, en cada hogar.

III. La Antropología nos responde con una construcción cultural de la otredad. La antropología, por su parte, nos analiza la indiferencia ante la injusticia como y sobre todo, como fenómeno cultural. Cada sociedad construye fronteras simbólicas entre “nosotros” y “los otros”, y la injusticia solo se percibe como tal cuando afecta a los primeros. Cuando el sufrimiento recae sobre los segundos –el migrante, el pobre, el indígena, el desplazado–, se activa lo que el antropólogo Didier Fassin ha llamado “jerarquía de las vidas”: hay vidas que merecen duelo (las propias) y hay vidas que merecen olvido (las ajenas).

Los rituales culturales –desde los medios de comunicación hasta las conversaciones de sobremesa– cumplen una función precisa: domesticar la injusticia. La convierten en anécdota, en estadística, en destino, en imagen y movimiento. “Es su culpa”, “así son las cosas”, “siempre ha sido así”. Estas frases no son opiniones: son mecanismos culturales de anestesia colectiva. En ese maremágnum entre sentir y pensar ser ciudadano, comportarse como tal se diluye. 

Y sin embargo, la antropología también nos muestra que esta indiferencia no es universal ni eterna. Hay sociedades que han construido cosmovisiones donde el sufrimiento ajeno es, literalmente impensable como algo tolerable. Lo que aprendemos de ellas es que la injusticia no es una ley natural, sino una elección cultural repetida.

Entonces si entrecruzamos las tres miradas, el diagnóstico se vuelve diáfano y terrible: Neurobiológicamente, nuestro cerebro se ha cansado de sentir. Sociológicamente, nuestras instituciones han normalizado lo inaceptable. Antropológicamente, nuestra cultura ha aprendido a mirar hacia otro lado. Y en esa visión, la injusticia se ha vuelto indispensable, porque sostiene el funcionamiento cotidiano de un sistema del cual dependemos. Cuestionarla radicalmente exigiría cuestionarnos a nosotros mismos, y eso es, quizás, lo más difícil que un ser humano puede hacer.

Pero aquí reside también la esperanza: si la indiferencia es aprendida –en las neuronas, en las instituciones, en la cultura–, entonces puede ser desaprendida. Requiere, eso sí, lo que Lamarck pedía: mediten profundamente, amen el estudio de la naturaleza humana y sean capaces de sacrificar incluso sus propios intereses por el conocimiento de una verdad nueva.

Como escribió el poeta León de Greiff, con esa ironía que a veces es la única cordura posible: “Somos los que somos, y no hay remedio”. Yo le corregiría: “somos los que somos, mientras no decidamos ser otra cosa”.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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