La prevención durante toda la vida puede marcar la diferencia en nuestra salud futura.
La prevención durante toda la vida puede marcar la diferencia en nuestra salud futura. Arte La Hora: Francisco Altán.

Durante años, hablar de vacunación estuvo estrechamente relacionado con la infancia. Sin embargo, la prevención mediante vacunas no termina cuando una persona deja esa etapa.

La evidencia y la práctica médica han ampliado el enfoque hacia adolescentes, adultos, mujeres embarazadas, personas con enfermedades crónicas y adultos mayores, con el objetivo de reducir enfermedades, complicaciones y hospitalizaciones prevenibles.

Para el Doctor Mario Augusto Melgar, médico infectólogo pediatra y jefe de la Unidad de Infectología Pediátrica del Hospital Roosevelt, la vacunación debe entenderse como una herramienta de prevención que acompaña a las personas en las distintas etapas de su vida.

El especialista explicó a la hora que los avances logrados con la inmunización durante las últimas décadas permitieron que enfermedades que anteriormente provocaban graves secuelas o incluso la muerte en niños se presenten con mucha menor frecuencia.

No obstante, advirtió que algunas de estas enfermedades han vuelto a aparecer en contextos donde las coberturas de vacunación han disminuido.

“Tradicionalmente se ha pensado para los niños y está muy bien”, señala Melgar, quien también es docente de infectología pediátrica e investigador en estudios relacionados con vacunas y enfermedades infecciosas.

Pero, agregó, que con el paso del tiempo se ha identificado que otros grupos también pueden beneficiarse de la inmunización.

LA PROTECCIÓN CAMBIA SEGÚN LA ETAPA DE LA VIDA

El especialista explicó que algunas enfermedades pueden afectar tanto a niños como a adultos, aunque el riesgo de padecer una enfermedad grave puede aumentar en determinados grupos.

Un ejemplo es la influenza en los adultos mayores. Una infección que puede parecer manejable para una persona joven y sana puede representar un riesgo considerable para alguien de edad avanzada, especialmente cuando existen otros factores de riesgo.

Por ello, la vacunación contra la influenza dejó de ser considerada únicamente una intervención dirigida a los niños y pasó a formar parte de las estrategias de protección para adultos mayores.

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El mismo principio se aplica a otras vacunas, como la que protege contra el neumococo, que puede ser relevante tanto durante la infancia como en edades avanzadas.

Pero la edad no es el único factor que determina el riesgo.

Una persona adulta joven con una enfermedad pulmonar o cardíaca, por ejemplo, puede enfrentar complicaciones más graves ante determinadas infecciones. En estos casos, explicó Melgar, también puede existir una indicación de vacunación.

PREVENCIÓN ANTES DEL NACIOMIENTO

En el caso de las mujeres embarazadas, el especialista recordó que determinadas infecciones pueden representar un riesgo importante para la madre y que algunas estrategias de vacunación permiten además proteger al bebé.

La vacunación contra el tétanos durante el embarazo es un ejemplo de una estrategia que durante años ha permitido reducir el riesgo de que el recién nacido desarrolle esta enfermedad.

“Así es como hemos ido agregando prevención a diferentes etapas de la vida: desde el bebé antes de nacer, pasando por la mujer embarazada, el niño —por supuesto, que tradicionalmente se ha vacunado—, pasando al adulto y al adulto mayor”, explica.

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PREVENIR TIENE EFECTOS FUTUROS

La prevención no solamente busca evitar que una persona se enferme hoy. Una de las principales razones para fortalecerla es que las decisiones tomadas durante las primeras etapas de la vida pueden influir en la salud futura.

Melgar señaló que el impacto de una enfermedad en un adulto no debe medirse únicamente por los días en que presenta síntomas.

Una persona enferma puede dejar de trabajar, reducir su productividad, necesitar medicamentos, acudir a consultas médicas e incluso requerir hospitalización. Esto representa un costo para el individuo, pero también para su familia y para la sociedad.

“Alguien que está enfermo pues no va a trabajar igual, a veces no podemos incluso trabajar algunos días”, explica.

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El impacto también puede trasladarse al entorno laboral. Cuando varias personas de un mismo lugar de trabajo se enferman simultáneamente, la capacidad de funcionamiento del grupo disminuye.

Por ello, desde una perspectiva de salud pública, la prevención permite reducir no solo el impacto sanitario de las enfermedades, sino también sus consecuencias económicas y sociales.

VACUNARSE CONTRIBUYE A UN ENVEJECIMIENTO MÁS SALUDABLE

Uno de los aspectos que el especialista destaca es la relación entre prevención, vacunación y envejecimiento.

Melgar explicó que en los últimos años se ha acumulado evidencia sobre los beneficios que determinadas vacunas pueden tener frente a problemas asociados con el envejecimiento.

La lógica, señaló, parte de un principio sencillo: si una persona logra enfermarse menos, puede reducir también algunos de los efectos que determinadas infecciones pueden tener sobre su salud a largo plazo.

El especialista menciona como ejemplo la vacuna contra el herpes zóster, enfermedad que puede provocar lesiones y dolor intenso y que también ha sido relacionada con determinados problemas posteriores.

De acuerdo con Melgar, estudios recientes han encontrado una reducción de algunos riesgos asociados con el deterioro cognitivo entre personas vacunadas contra esta enfermedad.

Por ello, considera que la vacunación debe verse como una pieza más, junto con los hábitos saludables y otros cuidados preventivos, dentro del objetivo de alcanzar una vejez con mayor autonomía y calidad de vida.

“Un envejecimiento más sano se va a conseguir, por supuesto, con hábitos sanos, pero también con vacunación”, afirma.

LLEGAR A LA ADULTEZ SIN VACUNAS TIENE SUS RIESGOS

La idea de que una persona que llegó a la adultez sin enfermarse de determinadas enfermedades ya no necesita preocuparse por ellas puede generar una falsa sensación de seguridad.

Melgar pone como ejemplo el sarampión. Aunque durante años la enfermedad dejó de ocupar un lugar cotidiano en la conversación de muchas familias, los casos que han vuelto a presentarse muestran que continúa existiendo un riesgo cuando las personas no cuentan con la protección correspondiente.

El infectólogo señala que ha atendido o conocido casos de adultos jóvenes, previamente sanos, que han padecido sarampión de manera grave e incluso han fallecido.

“No estar vacunado es estar en riesgo”, resume.

Además del riesgo individual, existe otra consecuencia: una persona que no está vacunada puede transmitir una enfermedad a alguien más vulnerable.

Ese riesgo puede involucrar a niños pequeños, adultos mayores o personas cuyo sistema inmunitario se encuentra debilitado, por ejemplo, debido a determinados tratamientos contra el cáncer.

Por ello, la vacunación también tiene una dimensión colectiva: protegerse puede contribuir a reducir la posibilidad de transmitir una infección a quienes tienen mayor riesgo de sufrir complicaciones.

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El llamado a mantener la vacunación cobra especial relevancia ante el brote de sarampión que enfrenta Guatemala. Aunque los casos han mostrado una tendencia descendente durante las últimas semanas, el ministro de Salud, Joaquín Barnoya, advirtió que el brote todavía no ha terminado.

Según explicó Barnoya, el país acumula más de 10 semanas de disminución continua de casos. El pico llegó a alrededor de 2 mil 250 casos en una semana, mientras que en la última semana reportada se registraron menos de 200 casos.

Sin embargo, el funcionario señaló que todavía existen “bolsones” de población susceptible en Sololá, Chiquimula, Izabal y Quiché, por lo que el Ministerio de Salud mantiene jornadas de vacunación en estos departamentos. La OPS también ha documentado que Guatemala continúa con acciones de intensificación de la vigilancia y vacunación ante la transmisión del sarampión.

Barnoya insistió en que la disminución de casos no significa que la situación haya terminado.

“El brote no ha terminado, que los casos no sigan aumentando no quiere decir que el brote ha finalizado”, afirmó.

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El ministro informó además que el país ya ha aplicado casi 2 millones de dosis de vacunas y cuenta con alrededor de 1.3 millones disponibles, mientras se trabaja con la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en la planificación de nuevas compras.

Para Barnoya, la respuesta no debería limitarse al sarampión. El funcionario señaló que Guatemala recibió coberturas de vacunación bajas y que, además de responder al brote actual, es necesario recuperar los esquemas de inmunización de manera integral.

Esta situación refuerza precisamente uno de los puntos señalados por Melgar: la vacunación debe entenderse como una herramienta permanente de prevención y no como una intervención exclusiva de la infancia. En el caso del sarampión, datos de la OPS muestran que una proporción importante de los casos confirmados en Guatemala correspondió a personas de 15 a 39 años, mientras que más de dos terceras partes de los casos no tenían antecedente de vacunación.

LOS MITOS TAMBIÉN FORMAN PARTE DEL DESAFÍO

Aunque las vacunas cuentan con evidencia científica y forman parte de las principales herramientas de prevención en salud pública, la desinformación continúa representando un reto.

Melgar identificó dos ideas que considera especialmente importantes de desmontar.

La primera es que las vacunas son exclusivamente para los niños.

Si bien la infancia continúa siendo una etapa fundamental para la inmunización, el especialista insiste en que existen indicaciones para otros grupos de población, dependiendo de la edad, antecedentes médicos y condiciones particulares.

La segunda es la percepción de que una vacuna puede generar más problemas que la enfermedad que busca prevenir.

El médico reconoce que, como cualquier intervención médica, las vacunas pueden producir efectos secundarios. Sin embargo, señala que estos son conocidos y vigilados, y que en la mayoría de los casos resultan leves en comparación con las complicaciones que pueden producir las enfermedades que se busca evitar.

También existen reacciones más graves, como determinadas alergias, pero el especialista las describe como eventos poco frecuentes y recuerda la importancia de que la vacunación se realice con personal capacitado para responder ante cualquier eventualidad.

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¿CÓMO SABER QUÉ VACUNAS NECESITA UN ADULTO?

Una de las dificultades para avanzar hacia una cultura de prevención durante todo el curso de vida es que los adultos no suelen tener la misma costumbre de acudir periódicamente a controles preventivos que los niños.

Melgar considera que este comportamiento debe cambiar.

En la infancia, explicó, es habitual que los padres lleven a sus hijos a controles periódicos incluso cuando están sanos. En esas consultas se revisa su crecimiento, se identifican riesgos y se verifica qué vacunas corresponden.

En los adultos, ese hábito todavía no está suficientemente arraigado.

Por ello, recomienda incorporar la revisión preventiva como parte de los cuidados habituales.

Una persona puede consultar en los servicios públicos de salud, el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social o con un médico particular para conocer qué vacunas pueden corresponderle según su edad y condiciones de salud.

El especialista señala además que si una persona no recuerda con exactitud qué vacunas recibió anteriormente, lo recomendable es consultar con un profesional de salud para determinar qué opciones existen para completar o actualizar su protección.

CAMBIAR LA CULTURA: CONSULTAR ANTES DE ENFERMAR

Para Melgar, el desafío no consiste únicamente en ampliar la disponibilidad de vacunas, sino también en modificar la relación que las personas tienen con la prevención.

“Qué mejor que ir cuando todavía no me he enfermado”, plantea el médico.

La lógica es similar a otros controles preventivos que ya forman parte de la cultura de salud de muchas personas. Las visitas al dentista, los controles de la vista o la revisión de determinados indicadores de salud buscan detectar problemas antes de que provoquen consecuencias mayores.

La vacunación puede formar parte de esa misma lógica.

En un contexto en el que la población envejece y las personas pueden vivir más años, la prevención adquiere una relevancia que va más allá de evitar una infección específica.

El objetivo es llegar a las siguientes etapas de la vida con mejores condiciones de salud, reducir riesgos evitables y mantener la autonomía durante el mayor tiempo posible.

Así, la vacunación deja de ser únicamente una intervención asociada a los primeros años de vida y se convierte en una herramienta que puede acompañar a una persona desde antes de su nacimiento, durante la infancia y la adultez, hasta llegar a la vejez.

La prevención, en ese sentido, no consiste únicamente en evitar enfermarse hoy: también implica tomar decisiones en el presente que pueden contribuir a vivir con mayor salud y bienestar en el futuro.

Jenniffer Véliz
Periodista profesional formada en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Interesada en contar historias desde la investigación, el análisis y las voces de quienes las viven. Enfocada en explicar la realidad social guatemalteca más allá de lo evidente
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