El que quiera oír que oiga, es lo básico de la audición.
Entonces ¿qué es la Audición?
La audición es un fenómeno mecánico, un recurso biológico que se agota con el tiempo. Eso significa una relación entre la edad y la percepción de las frecuencias (medidas en hercios o Hz) es una curva descendente casi universal, marcada por un proceso llamado presbiacusia. Aunque esta última tiene un componente genético, es posible de alterar su aparecimiento más severo, por algunas enfermedades y condiciones ambientales que se presentan en la vida.
Al nacer, el oído humano sano tiene un rango teórico de 20 Hz a 20,000 Hz. Cuando se habla de 20 Hz se está hablando de los sonidos graves profundos: Es el límite inferior. Son sonidos extremadamente bajos que casi no se escuchan con el oído, sino que se sienten como una vibración en el pecho o en el suelo. Piensa en el rugido de un motor de camión o el retumbar de un terremoto. Cuando se habla de 20,000 Hz son los agudos extremos: Es el límite superior. Es un silbido finísimo, casi como un mosquito.
La longitud de escucha en la Infancia y la Niñez normal, es el punto máximo de apertura. Los niños pueden oír tonos de 18-20 kHz con facilidad. En la Juventud (20-25 años) se pierde la capacidad de percibir los tonos ultra-agudos. El límite suele bajar a los 15-16 kHz. Ya adultos (40-50 años) el límite superior suele caer por debajo de los 12 kHz. Aquí es donde el «brillo» del sonido empieza a atenuarse. Ya de viejos como lo estoy, el rango puede reducirse drásticamente, situándose a menudo por debajo de los 8,000 Hz, lo que afecta, –aunque no lo crean– la comprensión del habla. Por eso los viejos solemos preguntar más que a cualquier edad ¿qué dijiste?
¿Escuchar y oír son sinónimos?
¡De ninguna manera! Hay siempre la duda de cuál es la mejor edad para oír y acá se presenta a veces confusión. Recuerdo, siendo adolescente, la pregunta de un compañero a mi padre: licenciado ¿qué música oye? Y no se me olvida su respuesta: no me gusta oír, sí escuchar.
Indudablemente, por la amplitud técnica, por el potencial biológico que ofrece, la respuesta para mejor oír es la infancia temprana. Se perciben armónicos superiores que dan una textura cristalina al sonido.
Si unimos potencial biológico con desarrollo mental y emocional, la mejor edad para escuchar se puede fijar en promedio entre los 20 y 40 años. A esa edad, aunque se ha perdido algo de rango ultra-agudo, el cerebro ha desarrollado la neuroplasticidad necesaria para interpretar estructuras musicales complejas, ritmos y polifonías.
Entonces es hora de caer en la apreciación musical. A esto se refería mi padre cuando hablaba con mi compañero. Esto de escuchar cambia todo. Un niño que se somete llamémosle a la audición de forma consiente, lo que está haciendo es una interacción entre las células ciliadas en la cóclea –encargadas de captar diferentes frecuencias– con la capacidad del cerebro para reconocer patrones. Un músico de 60 años o una persona que no lo es, pero está entrenada en escuchar, aunque no oiga por encima de los 10 kHz, puede tener una apreciación musical infinitamente superior a la de un adolescente, porque su cerebro rellena las frecuencias faltantes, mediante la experiencia y el análisis armónico, cosa más cerebral que auditiva.
Y ahora entendemos la diferencia: al escuchar se suma la biología auditiva con la parte emocional y una respuesta Psicoacústica. La música genera una cascada neuroquímica (dopamina, principalmente). Esta respuesta emocional, no requiere el espectro completo de 20 kHz; la mayor parte de la información emocional y melódica de la música reside entre los 250 Hz y los 4,000 Hz.
Bueno y ahora viene lo importante de aprender: para el cerebro no es lo mismo exponerse a la música y ponerse a hacer otra tarea, que exponerse a la música y centrarse a escuchar; esto significa poner en juego la capacidad del sistema nervioso para integrar el sonido en un modelo de significado y eso no se puede hacer si me dedico a barrer, trapear incluso estudiar y escuchar música.
¿Es difícil eso de escuchar entonces?
Esto de la apreciación musical (el escuchar) no es dado a todos ni de la misma manera. En el compositor de música clásica –en general en todos– se observa un patrón fascinante que desafía la idea de que la juventud auditiva es superior a la madurez cognitiva. La mayoría de las obras clásicas consideradas “cumbres” de la historia de la música, fueron compuestas por encima de los cuarenta años (hay sus excepciones). Pareciera que la capacidad de oír frecuencias que decaen después de los 25 años, no tiene importancia, pues la composición no es un proceso de captura de sonido externo, sino de estructuración interna. Usualmente el cerebro del compositor al procesar tantas estructuras armónicas, le permite transformar sus composiciones en algo más denso, profundo y abstracto.
Ludwig van Beethoven; Sus últimos cuartetos de cuerda y la Novena Sinfonía, los escribió cuando estaba técnicamente sordo. Verdi escribió sus obras maestras Otello y Falstaff entre los 70 y 80 años, mostrando una economía de recursos y una sabiduría emocional difícil de alcanzar en la juventud. Hay sus excepciones insisto, Mozart lo fue.
Lo dicho demuestra que la apreciación musical y la creación no dependen solo de la “apertura auditiva” física, sino de la capacidad del cerebro para simular el sonido con absoluta precisión. Con la edad, el cerebro elimina conexiones redundantes y fortalece los caminos de la lógica compleja. Un compositor de 50 años oye la orquesta en su mente con una claridad que un joven de 20 no posee, a pesar de que el joven tiene mejores células ciliadas en la cóclea. Es por eso que el viejo al escuchar, puede distinguir mejor no sonidos, sino la estructura de la obra. De la música de madurez, algunos afirman una tendencia a ser menos brillante en términos de frecuencias agudas y más rica en resonancia emocional y estructural.
Bien, pero eso es en lo clásico ¿no es lo mismo en lo popular?
En la llamada música popular, el fenómeno es casi inverso al de la música clásica, y esto tiene explicaciones biológicas y sistémicas muy claras. Veamos un poco más esto.
En la música popular, el pico de composición suele ocurrir entre los 20 y los 30 años. Dicen los que manejan las neurociencias que la música popular (rock, pop, jazz temprano) se alimenta de la disrupción. El cerebro joven tiene una plasticidad sináptica orientada a la exploración y al desafío de los patrones establecidos. Un compositor de 22 años no solo busca crear música, busca romper el sistema cultural vigente. Esa energía de ruptura suele generar a los grandes ídolos; todos los músicos jóvenes quieren romper estatus como lo hicieron los Beatles en sus 20, Jimi Hendrix, o los exponentes actuales del género que sea popular.
Por encima de los 40, el cerebro tiende a la consolidación de patrones. El compositor ya no busca romper la regla, sino perfeccionarla. El mundo publicitario sabiendo que el joven busca la novedad, esto lo interpreta a menudo como pérdida de relevancia o falta de frescura y muchos entonces van en busca de lo nuevo. La composición de la música popular tiene un comportamiento que no es individual, es colectivo, se busca sobretodo gustar.
La música popular está intrínsecamente ligada a la vitalidad biológica: el baile, el cortejo, el moverse al escuchar y sentir y en buena parte, más allá de la audición es intensidad emocional primaria. El sistema de recompensa (dopamina) en la juventud, es mucho más reactivo a los estímulos externos y sociales y eso necesita lo nuevo, lo nuevo que la publicidad se encarga de dar, así como lo hace con las bebidas, comida y ropa. Un compositor joven traduce esa urgencia biológica en ritmos y frecuencias que resuenan dentro de la juventud.
En toda época, actualmente más, la música es un producto visual y de identidad. La industria prioriza la estética de la juventud. Al llegar a los 50, algunos artistas se convierten en bandas de legado. El público no quiere oír su música nueva (su evolución cognitiva); quiere oír los éxitos que compusieron a los 25 años, porque esos temas están anclados a la memoria emocional del oyente. Claro que hay excepciones. Algunos compositores de música popular pueden escribir obras maestras con éxito por encima de los 40, pero no tienen el alcance de las primeras en cuanto a audición, aunque si en calidad. Tenemos un Beatle haciendo un réquiem en su tercera edad. El artista mayor, suele perder la conexión con el ruido del momento, para buscar una resonancia más profunda.
Pero en compositores clásicos también hay eso de joven
Por supuesto. Mozart o Beethoven, en general la mayoría, muestran una genialidad de flujo muy jóvenes, donde la música brota con una velocidad y sonidos asombrosos. Podemos encontrar peculiaridades en la obra joven y adulta.
En un cerebro joven y altamente especializado como el compositor clásico, la distancia entre la idea (el concepto abstracto) y la ejecución (la partitura) es mínima. Es un estado de hiperprocesamiento donde el sistema nervioso no lucha contra la forma, sino que la genera de manera orgánica, casi como un subproducto de su propia actividad metabólica. En lugar de una construcción arquitectónica deliberada y lenta (que llegaría después de los 40), estos jóvenes músicos operan bajo un patrón de reconocimiento instantáneo. Dominan las reglas del juego armónico con tal naturalidad, que su cerebro predice la siguiente nota o resolución de forma automática.
En la madurez, el juicio crítico y la búsqueda de la trascendencia suelen actuar como filtros que ralentizan el proceso. Es la unión de una plasticidad cerebral extrema con una reserva de energía dopaminérgica inagotable. Mozart, por ejemplo, podía escribir una sinfonía completa mientras conversaba o jugaba billar. Su cerebro no estaba trabajando en el sentido tradicional de esfuerzo; estaba simplemente traduciendo un flujo constante de datos sonoros que ya estaban organizados en su arquitectura mental. Él incluso lo manifestó.
Mientras que el compositor mayor construye una catedral (ladrillo a ladrillo, con peso y sabiduría), el joven genio es un manantial: el agua sale porque la presión interna del sistema no permite que se quede dentro. Es una fuerza de flujo puro
El escuchar y el oír entonces…
Si nos metemos a esto de nuevo, estamos hablando del negocio de la atención y en esto primero debemos tocar la dimensión biológica.
Oír haciendo algo –lo más común que uno observa ahora– es un acto pasivo. El oído funciona como un sensor de seguridad ambiental. El cerebro opera en un estado de baja resolución. La música entra por el sistema auditivo, pero el tálamo (el gran secretario del cerebro) clasifica ese sonido como ruido de fondo o información secundaria. Las neuronas no se disparan con precisión rítmica; simplemente registran una textura sonora.
Quiere comprobar lo anterior, realice este experimento. Pregunte a un radio o tele escucha los nombres de las últimas canciones que escuchó luego de quince minutos de estar oyendo música. Seguramente no podrá decírselas. El secretario del cerebro no puso caso.
Ahora estudiemos al que se sienta a escuchar música. Aquí ocurre un reclutamiento masivo de neuronas. Al sentarse solo a escuchar, usted está activando la corteza prefrontal. La atención actúa como una lupa que aumenta la ganancia de la señal. El cerebro empieza a predecir frecuencias, a separar instrumentos y a seguir la arquitectura armónica. Es un ejercicio de alta fidelidad biológica, donde el cerebro gasta más glucosa porque está procesando datos complejos.
También se hace necesario tratar la otra dimensión: la Dimensión Psicológica
Acá hay dos cosas que diferencian al oyente del escucha: El Acompañamiento vs. la «Introspección». En el oyente el sonido sirve como un regulador emocional superficial. Se oye música mientras se barre para engañar al cerebro, para que la tarea física (incluso mental) sea menos tediosa. Es una forma de mantener el dopaminómetro en un nivel aceptable mientras se realiza una tarea automática. Realice otra prueba: vaya quitándole el volumen al que está oyendo, incluso hasta apagarlo. Pasarán algunos segundos incluso minutos antes del reclamo: ¿quién apagó? o ¿quién quitó el volumen? Incluso algunos ni lo percibirán.
El escuchar –por el contrario, es un acto de convergencia. El escucha no está usando la música para tapar el vacío, sino que está permitiendo que la música sea el contenido de su psique. Aquí es donde ocurre la catarsis o la comprensión profunda. Es la diferencia entre ver una luz pasar y observar la llama de una vela: en la escucha, el sujeto y el objeto (la música) se fusionan.
Finalmente debemos caer en dimensión: La Dimensión social
Acá también vemos diferencia entre nuestros audiófilos: La Capa de Distracción vs. la Conexión con el Espíritu.
En el oyente, oír suele ser una herramienta de aislamiento o ambientación. Ponemos música para no sentir el peso del silencio o para marcar un territorio mientras realizamos tareas.
El que escucha en primer lugar desarrolla –llamémosle así– cierto acto de respeto hacia el emisor (el compositor o el músico). Cuando uno se sienta a escuchar, está validando la intención del otro. Es una comunicación de nivel entre sujetos. Uno no está consumiendo un producto, está participando en un diálogo de ideas y estructuras que trascienden el tiempo.
Entonces podemos decir desde el punto de vista del comportamiento, que oír es una función de mantenimiento del sistema, mientras que escuchar es una función de expansión del potencial humano. Escuchar permite al espíritu que interactúe con el orden infinito dejado por el compositor plasmado en la obra. Yo le resumo aspectos diferenciales de oír y escuchar en el siguiente cuadro:









