Ayer publicamos un reportaje que refleja en buena medida la debilidad que tiene Guatemala en el ámbito político. Los 10 diputados que se han eternizado saltando de un partido a otro, únicamente para mantener su puesto, son un reflejo de cómo funcionan los partidos en nuestro país. Un partido político, por definición, debe ser una organización formal de ciudadanos que comparten una misma ideología, principios y valores, creada con el objetivo principal de alcanzar el poder, ocupar cargos públicos, dirigir los asuntos del Estado mediante procesos electorales en busca del bien del país.
En el reportaje se puede ver cómo los llamados partidos políticos en Guatemala desaparecen rápidamente y es que aquí no son organizaciones alrededor de ideologías, principios y valores, sino simplemente entidades formadas para satisfacer ambiciones personales de quienes saben que el mundo político, en este país, gira alrededor del dinero, tanto por su financiamiento como por los capitales que pueden amasar quienes logran colocarse en un puesto público.
Las ideologías, que debieran ser junto a los principios y valores la esencia misma de cualquier organización que funcione como partido político, aquí salen sobrando porque esas entidades no se organizan buscando el servicio a la comunidad y la promoción del bien común, sino que únicamente son llave para entrar al fantástico mundo del poder endulzado con la corrupción que se convirtió en la esencia misma del Estado guatemalteco. Pasar de un partido a otro no implica renunciar a líneas de pensamiento o a los principios, sino simplemente se trata de mantenerse en el ejercicio de una función que es instrumento del enriquecimiento personal.
Y el diseño del sistema de partidos políticos, especialmente a partir de la vigencia de la actual Constitución, ha estado en manos de esas figuras oportunistas que se enquistan en el poder y lo vienen manipulando por décadas. El famoso interés público fue distorsionado por completo y no será fácil salir de ese problema porque cualquier reforma que se intente tendrá que terminar pasando por nuestro flamante Congreso de la República, cuyas prioridades todos conocemos perfectamente.
Las elecciones en Guatemala no giran alrededor de las ideas, de propuestas de cambio para promover lo mejor para la ciudadanía, sino alrededor del financiamiento electoral (especialmente del crimen organizado) que termina siendo una inversión muy útil para quienes participan en la jugada. Por esa razón, la narcopolítica se ha afianzado en las estructuras nacionales, pues saben que es eso lo que ha generado el clima de impunidad, diseñado inicialmente para los ladrones, pero que al corromper la justicia termina beneficiando a otras formas del crimen organizado.
Hablar de partidos políticos en Guatemala es un eufemismo porque aquí se organizan y funcionan únicamente para facilitar los negocios.








