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Con justa razón se ha dicho que el fútbol es el deporte más apasionante del mundo y por ello es que acumula la mayor cantidad de seguidores, sobre todo cuando se trata de la famosa Copa del Mundo que inició en el año 1930 en Uruguay bajo el nombre de Campeonato Mundial del Fútbol, mismo que se ha jugado cada cuatro años, desde entonces, salvo los años 1942 y 1946 cuando se libró la Segunda Guerra Mundial. En esta copa, víspera de la del Centenario, aumentó notablemente la cantidad de equipos clasificados (sin que ello diera el pase a Guatemala) y como consecuencia lógica aumentaron esas pasiones que son parte intrínseca de cada partido porque en cada uno de ellos la gente encuentra un favorito por el que apuesta, reza, goza y hasta llora, dependiendo de su desempeño.

A diferencia de otras pasiones que son causa de divisiones y serios conflictos, la pasión del fútbol es distinta y nos permite compartir un encuentro departiendo con “enemigos” que apoyan con todo vigor y entusiasmo a nuestro adversario. Pocas actividades en la vida humana tienen esa virtud de dividir tanto sin generar choques y menos enfrentamientos que pueden llegar a ser sangrientos, mismos que vemos cuando las pasiones giran alrededor de ideologías, de intereses económicos o de otra índole, situación que no llega a generar un partido como el que veremos este domingo entre España y Argentina.

Muchísimos aficionados se quedaron con las ganas de ver a sus países en la final mundialista, pero eso no impedirá que se prendan a los televisores para disfrutar del último encuentro de la Copa del Mundo del año 2026 en el que creció mucho el número de países clasificados, haciendo más abundante el gozo y la frustración de aquellos que en las primeras jornadas pudieron ver a sus países buscando, sin éxito, la clasificación a las siguientes series.

Enfatizamos el tema de la pasión porque sin ella el fútbol sería totalmente distinto; sería un espectáculo más, un elemento de distracción que puede atraer a muchas personas, pero no sería lo que hoy es, provocando que la gente tome partido, examine con lupa lo que pasa (especialmente con los árbitros) y considere a uno de los dos finalistas como su favorito. Como pasa con todo en la vida, el fútbol tiene sus defectos y hasta vicios tremendos, al punto que nos debemos asegurar que todos los conflictos y polémicas con España, no provoquen que Infantino y los árbitros sigan alimentando las dudas en torno al trato que recibe Argentina.

En todo caso, lo cierto e indiscutible es que estamos a un par de días de saber que la inmensa mayoría de habitantes del planeta se concentren para ver (o escuchar al menos) ese partido final que, como todos, pasará a la historia y dejará a unos satisfechos y otros molestos, pero los noventa minutos de juego y hasta los treinta de tiempos extra si fueran necesarios, captarán la atención en el planeta.

Redacción La Hora

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