Los datos sobre actividad sexual de jóvenes adultos norteamericanos reportados la semana pasada en el New York Times y mencionados en mi artículo El amor es como la democracia del fin de semana aquí en La Hora son por llamarlos de alguna manera: intrigantes.
El porcentaje de jóvenes adultos estadounidenses que no ha tenido relaciones sexuales en el último año se duplicó entre 2010 y 2024 (de 12 % a 24 %), y uno de cada cuatro adultos de la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) declara no haber tenido nunca sexo de pareja. La actividad sexual semanal de la población adulta estadounidense bajó de 55 % en 1990 a 37 % en 2024.
Estas tendencias de recesión sexual no solamente son en los Estados Unidos. Según la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2026, el 25 % de los adultos españoles no mantuvo relaciones sexuales en el último año. Entre los jóvenes de la Generación Z en España se habla abiertamente de una “recesión sexual”: aunque acumulan más parejas a lo largo de su vida, la frecuencia de los encuentros ha disminuido notablemente. Hay un cambio en las capacidades de establecer relaciones persona a persona e invertir tiempo en establecer dichas relaciones.
Al mismo tiempo, otro artículo del New York Times del 24 de julio de 2026, escrito por Emi Nietfeld titulado A la generación Z no le obsesiona el éxito laboral y no los culpo revela un paralelismo inquietante: la Generación Z también se ha “desenamorado” del trabajo. Mientras los milenios (nacidos entre 1981 y 1996) crecieron con el mandato de “seguir sus sueños” y convertir la carrera en fuente de identidad, los más jóvenes miran el mercado laboral con desconfianza.
Estas dos desilusiones –la sexual y la laboral– no son independientes. Ambas expresan la misma erosión de las narrativas modernas que prometían realización a través de la pareja y del trabajo. Anthony Giddens, en sus libros Consecuencias de la modernidad y en La transformación de la intimidad, describe con precisión este cambio. El amor romántico, ese ideal de “para siempre” y “uno y único”, cede paso al amor confluente: un amor activo, contingente, basado en la igualdad emocional y sexual, en la apertura mutua y en la revelación de sí mismo. La relación deja de sustentarse en la tradición, en el contrato religioso o en la proyección idealizada, y se convierte en lo que Giddens llama relación pura y yo llamo relación pragmática: una relación que se mantiene solo mientras ambas personas encuentren en ella suficiente satisfacción para continuar. Se murió el «hasta que la muerte nos separe».
Eso es exactamente lo que he descrito en mis artículos aquí en La Hora en «El amor de Ahora» (26 de mayo de 2025) y en «El Amor Racional» (16 de septiembre de 2025), «El amor y la familia» (31 de diciembre de 2025) entre otros. En efecto, el amor de ahora ya no nace de la nada ni se desvanece de la nada como en las películas de Hollywood. Nace de condiciones concretas: pantallas que mediatizan el encuentro, vidas laborales precarias que fragmentan el tiempo, una sexualidad desvinculada de la reproducción y una conciencia creciente de que el otro nunca será exactamente lo que proyectamos.
El amor racional, por su parte, reconoce que el enamoramiento inicial es en buena medida una “mentira romántica” –como la llamó Iñaki Piñuel–, un mecanismo evolutivo de atracción, y decide construir a partir de ahí una relación entre iguales. No busca completar un vacío existencial. Busca acompañar un crecimiento mutuo.
¿Es una pérdida que haya menos sexo semanal, menos matrimonios y menos hijos? Solo si seguimos midiendo la vida con el metro del amor romántico del siglo XX. En Guatemala vimos cómo la tasa de fecundidad bajó de casi siete hijos por mujer a poco más de dos. Esa cifra no es solo demografía: es la huella material de un cambio en las formas de vincularse.
No estamos ante el fin del amor. Estamos ante el fin de una ilusión. Esto puede ser el comienzo de algo más auténtico: un amor que no promete eternidad, pero que sí promete igualdad, reciprocidad y la libertad de construir juntos.







