Ya ha pasado mucho tiempo, pero cada año que se acerca el 1 de agosto, los recuerdos reviven una enorme cantidad de recuerdos sobre la estancia nuestra en las aulas de “ese glorioso recinto”, como dice la letra del himno del Instituto Nacional Central para Varones, los compañeros, los amigos, los profesores, el deporte, la algarabía de los recreos son parte de esa galería inolvidable de memorias que todos los que estudiamos en el Instituto Nacional Central para Varones, llevamos con orgullo en nuestros corazones.
El ser del Central es ser Sheca y ese sentimiento, más allá de su origen que se refería a un pan que entregaban a los estudiantes como refacción, tiene una profundidad que nos dejó marcados para siempre, por lo que, con mucho orgullo, hacemos ver esta condición, ese significado, ese símbolo que expresamos en cualquier espacio en donde nos pregunten sobre nuestra génesis estudiantil.
El lema inolvidable de Frente Altiva y Corazón Rebelde, refleja mucho de nuestra esencia, la altivez se debe ver como aquellos que no nos arrugamos ante la adversidad, que no nos conformamos con la realidad, que no hipotecamos nuestro pensamiento por cualquier cosa y el corazón rebelde implica mantener ese fuego de la juventud, ese espíritu de oposición contra la maldad y la infamia, esa permanente lucha por enfrentarse contra el espolio y la corrupción.
Pero hoy quiero hacer un pequeño, pero merecido homenaje de aquellas personas que no eran ni profesores ni auxiliares, sino constituían personas que con su servicio nos proveían de condiciones para que todas las cosas funcionaran modestamente, pero que fueran lo más cercanas a ser óptimas para nuestra permanencia en el glorioso recinto.
Así, traigo a la memoria a “Chomo”, seguro se llamaba Gerónimo, pero todos le decíamos Chomo o Chomito, quien era parte del día a día del Central y siempre era solícito a cualquier solicitud correcta o disparatada de la muchachada. Muchos años después caminando por el Centro Histórico, ingresé al instituto y ahí estaba Chomo, me saludó amablemente, platicamos de varias cosas, pero me expresó su tristeza cuando me contó que en ese año que lo encontré, únicamente habían 350 alumnos en todo el Central, mientras que nosotros cuando ingresamos en 1970, éramos un aproximado de 100 por aula para el primer año y eran 6 aulas.
No puedo olvidar a Don Everildo, el señor que cuidaba la puerta de entrada. A pesar de sus instrucciones de que nadie salía dentro del horario de clases, a veces nos dejaba pasar, así como nos permitía el ingreso de vuelta, siempre con su gorra y sus lentes. Cuando regresábamos nos decía: “patojos no digan nada que los dejé salir, es que, si no, me regaña Don Dago”, refiriéndose a un auxiliar bastante severo. Una vez, los muchachos -por medio del inolvidable Fredy Peláez-, lo llevaron a Don Eve y Don Dago, a una reunión, yo los saludé a ambos, pero cuando saludé a Don Eve fue especial, entonces riéndose me dice: “es que me regaña Don Dago” y ambos rompimos en alegres carcajadas.
“El Ingeniero” fue otro personaje de esta historia. Se mantenía en unos pequeños espacios que quedaban bajando de la tienda y hacía algunos trabajos manuales, seguramente reparaciones pequeñas o “chapuces”, para el instituto, no sé quién le puso el ingeniero, pero el mote le quedó para siempre. Al igual que Chomo y Don Everildo, “el Ingeniero” siempre era solícito, además que resultaba cómplice nuestro cuando nos íbamos a esconder a su oficina.
Don Daniel y sus hijas, también resultan parte de este recuento de personajes inolvidables. Don Daniel tenía unos lentes exageradamente graduados y vendía dulces, chicles, galletas y otras chucherías dentro del instituto, además Don Daniel tenía unas hijas que a los ojos de montón de adolescentes llamaban mucho la atención.
Doña Vicky es otro de esos personajes inolvidables. Ella era la de la tienda, la única que existía en el Central, cuando llegaban los recreos muchos nos abalanzábamos sobre el mostrador de la tienda a pedirle de todo, en mi caso particular no olvido, que “ahorraba” lo que mi papá nos daba para gastar a diario (5 centavos diarios), para juntar los 25 centavos que costaba un pan con jamón y una “agua”, como le decíamos. Doña Vicky aguantaba el aluvión de alumnos y solicitudes y con una paciencia de santa nos entregaba lo que pedíamos. (Doña Vicky, era hija de Don Tono, nuestro auxiliar de primer año) y muchos años después conocí a su hijo en la universidad.
Hago este sentido homenaje a estas personas que fueron parte de nuestra vida en el Central y lo hago también para tener un tema sensible para nuestra reunión de los ex alumnos de Primero D, que nos reuniremos el sábado. A lo más alto por lo más difícil, muchachos.







