El fascismo como forma de gobierno siempre ha estado allí, latente, sin desaparecer del todo. Aunque no lo admitan, muchas personas son proclives a esta forma de gobierno, ya sea por ser afines a quienes gobiernan, o simplemente porque prefieren tener una vida dirigida, sin libertades. Esa dirección por parte del gobierno les da seguridad.
Aunque el fascismo se ha calificado como de extrema derecha, a mi entender no hay mayor diferencia entre los gobiernos fascistas, como los de Hitler y Mussolini, y los gobiernos comunistas de Stalin y Mao Tze Dong, todos del siglo pasado. Los antivalores republicanos que ambos extremos enarbolan coinciden en privar de libertad a la ciudadanía (incluyendo la libertad económica en los casos de ultraderecha), controlar la libertad de prensa (y de información), e impedir que existan competidores políticos, menos grupos que piensen distinto a ellos.
Hoy en día, existe una serie de dictaduras en Latinoamérica: la castrista en Cuba, la Chavista en Venezuela y la de los Ortega en Nicaragua. Todas estas dictaduras tienen en común el control por parte del Ejecutivo, de los poderes Legislativo y Judicial, de la autoridad electoral y del órgano de persecución penal. Han cerrado medios de comunicación independientes y no afines, han clausurado universidades, han perseguido a opositores, periodistas, activistas, incluso a autoridades religiosas, despojando a muchos de su nacionalidad nicaragüense. Todo para preservar el poder. Y, sin embargo, en mayor o menor medida, aun gozan de popularidad, algunos menos, otros más, pero todos aún conservan bases electorales poderosas.
El extremo de la satrapía Orteguista se dio en estos días al declarar que abolirían de facto las elecciones en Nicaragua para dejar únicamente al partido político de la pareja Ortega, quienes, a su vez, designarían un sucesor. La ironía de esto es que el ahora presidente vitalicio de Nicaragua luchó en su juventud por derrocar a otra dictadura idéntica a la que él instauró en su país: la de los Somoza. Los paralelismos entre ambas familias Somoza y Ortega y la forma en que gobernaron son notables.
Y aunque uno se catalogaba como de ultraderecha y el otro como marxista, en realidad ambos hicieron lo mismo en su país, gobernaron (y lo continúan haciendo) cuales déspotas, eliminaron (y lo siguen haciendo) opositores y restringen (y todavía lo hacen) toda libertad de cualquier índole en Nicaragua.
Los déspotas no tienen una ideología, se sirven de estas. Sean fascismo, marxismo, ultraderecha, extrema izquierda, o como suene más bonito a ojo de la población, únicamente utilizan una bandera ideológica para acceder al poder y perpetuarse en el mismo.







