Cuando nos enteramos a través de los medios de comunicación de actos que ocurren en lugares cercanos o lejanos y que afectan nuestra sensibilidad como seres humanos; es un sentimiento de impotencia y cólera por no accionar de alguna forma para que la vida pudiera vivirse sin altibajos producidos por la delincuencia común, organizada y desorganizada que traen como consecuencia la zozobra, miedo, temor y al final la muerte con la que hemos aprendido a convivir en lo cotidiano.
Para muchas personas no vale la pena leer el periódico, ver o escuchar programas de noticias porque la mayoría de las veces resulta incómodo saber de la pobreza, de los actos ilícitos de la delincuencia institucionalizada realizados por exfuncionarios al erario nacional manifestada en desfalcos, apropiaciones indebidas, contratos lesivos al Estado, nepotismo y sobre todo, de la falta de la correcta aplicación de la justicia.
Hago un breve paréntesis para que, al final de cuentas pueda entenderse lo que implica esta rutina en la que nos encontramos y que nos desestabiliza emocionalmente, sobre todo con la asquerosa conducta de los dirigentes de la clase política del país.
La manera en la que cada persona analiza la pobreza y la injusticia en la que vive la sociedad ha implicado preguntar a los supuestos representantes de la ciudadanía, desde los presidentes de los tres organismos del Estado hasta el policía, y desde los jerarcas religiosos hasta el último de sus fieles, sí lo que privilegian en el cumplimiento de sus funciones ¿es el bien del ciudadano o la ventaja personal? la respuesta no podrá ser sino esta última.
En materia política, dentro del imaginario nacional, la conclusión más inmediata es: “siempre ha sido lo mismo” y plantean con contundencia y pesimismo que todo sueño que pudiera definir los posibles cambios sociales y políticos, han sido y eso serán, simples ilusiones que no están en concordancia con la sonrisa habitual con que hablan los candidatos y sobre todo, las estadísticas; las quimeras del optimismo sólo convencen a quienes actúan como correligionarios y fanáticos que sostienen, avalan y sostienen esas ilusiones.
Pareciera que estamos resignados a escuchar las noticias en las que la muerte es tan cotidiana que ya poco nos asombran. También dejó de ser noticia el cinismo de quienes tienen la obligación de responder por las terribles problemáticas de una realidad que ha desbordado el poder de la razón, una clase política que está más preocupada porque no sea descubierto algo que revele su corrupción y la podredumbre en su ejercicio del poder.
¡No! no podemos resignarnos a que la delincuencia, la mentira y la muerte sean temas secundarios para una clase política que pronto estará más preocupada por sus plataformas electorales, por planear el gasto oportuno de los programas sociales y articular campañas llenas de fuegos artificiales, actos tan propios del populismo. ¡No! no hay resignación posible.
La resignación implica sumisión, dolor, estancamiento y la creencia errónea de que no hay soluciones frente a las circunstancias, suele ser la base de la normalización del abuso del cual ya estamos habituados y queremos deshacernos.







