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En las sombras del antiguo paraninfo de la Universidad de San Carlos, el padre creía haber observado o haber soñado cómo Bernardo Arévalo firmaba, con mano temblorosa, los decretos que entregaban la autonomía de la casa de estudios superiores a un Pacto de Corruptos. Aquellos que habían devorado presupuestos durante décadas ahora recibían las llaves del templo del conocimiento guatemalteco. El párroco murmuraba para sí: “No es valentía gobernar, es cobardía disfrazada de pragmatismo permitir que los lobos cuiden el rebaño”.

La universidad, símbolo de resistencia histórica, se convertía en botín político mientras el presidente, con discursos vacíos de “diálogo”, traicionaba la esperanza de una generación que aún creía en la educación como arma contra la mediocridad, elemento clave para el desarrollo y la movilidad social.

Otro día, bajo el calor asfixiante de la selva petenera, el padre vio los helicópteros norteamericanos surcar el cielo. Arévalo había abierto las puertas del país entero para que Estados Unidos realizara “ejercicios militares” contra el narcotráfico. Esta acción escribía la naturaleza real de Arévalo: Soberanía cedida a cambio de migajas y fotos sonrientes con embajadores. “¿Dónde está la dignidad nacional?”, se preguntaba el sacerdote mientras las comunidades indígenas veían sus tierras convertidas en escenarios de guerra ajena. Bernardo, el hijo del intelectual, prefería ser el anfitrión obediente antes que el líder que defendiera la autodeterminación. La traición se vestía de cooperación internacional, pero olía a sumisión.

En su despacho, rodeado de banderas, el presidente pronunciaba palabras tibias de apoyo al Estado de Israel en su guerra contra los palestinos, una guerra que por fin terminó. El padre, que había leído los informes de bombardeos y sufrimiento civil en Palestina, no podía creer el silencio cómplice ante lo que muchos llamaban genocidio. Arévalo, que en campaña hablaba de derechos humanos, ahora guardaba un mutismo calculado o enviaba mensajes ambiguos que legitimaban la fuerza desproporcionada. “Cobardía moral”, susurraba el párroco frente al altar vacío. En el fondo, mientras hacía su oración matutina de agradecimiento de estar vivo se decía: traicionar los principios de justicia universal por no incomodar a aliados poderosos era el nuevo sello de la administración del timorato de Arévalo de León.

En esa época del lejano pasado guatemalteco de inicios de Siglo XXI, el escándalo de la minería lo golpeaba con mayor fuerza. Mientras mineras rusas y chinas extraían metales, minerales y tierras raras de las entrañas guatemaltecas, contaminando ríos y desplazando pueblos enteros, Bernardo Arévalo guardaba un silencio sepulcral. Tierras entregadas a cambio de promesas vacías, comunidades arrasadas y líderes locales comprados o amenazados. El padre caminaba por los cerros afectados, oliendo el aroma del agua envenenada, y pensaba: “Este presidente no solo entrega el presente, entrega el futuro de la tierra sagrada”. Su cobardía consistía en mirar hacia otro lado mientras el país era desangrado por intereses extranjeros.

El párroco miraba la destrucción casi total de las fuentes de agua, de las zonas de recarga hídrica porque Arévalo jamás escuchó a su entonces ministra de medio ambiente de que debía ponerle un alto a los grandes empresarios que literalmente se robaban el agua para sus monocultivos. El gobierno de Semilla de aquel lejano gobierno sembró sequias con una ley que no fue consensuada correctamente y que no fue capaz de crear la base y el apoyo de la investigación científica y tecnológica sobre el agua. Han pasado casi veinte años de aquel gobierno de Semilla y el país ahora fue capaz de recuperar su agua por la lucha de las comunidades indígenas y urbanas de la última década. 

Así transcurría la novela de una nación que esperaba cambio y recibía, una vez más, la decepción envuelta en retórica progresista de los años 2020. En aquella noche obscura de mediados del 2026, el padre encendía una vela por Guatemala, sabiendo que la verdadera traición no era solo política, sino al alma misma del pueblo.

De toda esta historia la gente aún recuerda la traición de Arévalo, así como de su vicepresidente a  la Universidad Nacional. En campaña Arévalo fue capaz de ir a despotricar en contra de un usurpador a la rectoría de entonces, un miembro clave del Pacto de Corruptos. A la fecha aún no se sabe si Arévalo negoció la continuidad de un tal Mazariegos en la Universidad de San Carlos a cambio de tener un poco de estabilidad en su cobarde gobierno. Ahora que se tienen cuatro universidades publicas y un sistema de institutos tecnológicos superiores, la lucha de entonces por la verdadera autonomía universitaria ha quedado en el olvido. Ha pasado ya un par de décadas de aquel gobierno neutro, timorato e indeciso. Afortunadamente los guatemaltecos fueron capaces de reponerse de ese confuso episodio y ahora respiran una nueva democracia cuando se aproximan al 2044, año del centenario de la Revolución de octubre de 1944, fecha que sigue siendo historia en la larga y dura historia del valiente pueblo del «lugar de árboles», Quauhtlemallan, Guatemala, en su original náhuatl. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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