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Durante los próximos 30 años, las universidades van a cambiar más que en los últimos 300 años. No es una idea futurista: es una necesidad urgente si miramos cómo está hoy la educación superior en Guatemala y en buena parte de América Latina.

Entre el lector a cualquier aula universitaria y lo verá: el profesor llega, muchas veces sin preparar la clase del día (porque “domina el tema”), da la espalda a los estudiantes, copia en la pizarra y dicta cómo se hacía en el siglo XVII en la antigua Universidad Colonial de San Carlos. El modelo es el mismo: el profesor sabe, habla y los estudiantes deben memorizar y repetir.

En 2026 seguimos haciendo exactamente eso. Un profesor de física para ingenieros copia las tres leyes de Newton en la pizarra y pide que se memoricen. Un profesor de Derecho Constitucional dicta artículos de la Constitución y espera que los alumnos los repitan. El resultado es predecible: los jóvenes aprueban exámenes, pero salen poco preparados para la vida real y la complejidad del trabajo profesional.

Este modelo antiguo mata la curiosidad. En México, cerca del 30% de los estudiantes abandonan la universidad en el primer año. En Guatemala la cifra es peor: ronda el 40% en promedio y llega al 50% en la Universidad de San Carlos. Es una pérdida enorme de talento y recursos.

Sabemos desde hace tiempo que casi nadie aprende de verdad solo escuchando clases magistrales. Dominar un tema no convierte automáticamente a alguien en buen profesor. Y ahora, con las nuevas tecnologías y especialmente la inteligencia artificial, este modelo ya no se sostiene. Pero el problema no es solo tecnológico. Es también cómo entendemos qué significa ser un profesional hoy.

Aquí vale la pena recordar a Donald Schön y su libro El profesional reflexivo (1983). Schön criticó duramente el modelo tradicional que todavía usamos: la “racionalidad técnica”. Según ese modelo, primero se crea conocimiento científico en las universidades y luego los profesionales lo aplican como si fuera una receta. Schön demostró que la realidad profesional es muy distinta: está llena de incertidumbre, problemas imprevistos, conflictos de valores y situaciones únicas.

Los buenos profesionales no solo aplican teorías. Reflexionan mientras actúan, ajustan su enfoque sobre la marcha, aprenden de lo que pasa y desarrollan un conocimiento práctico que no está en los libros. Ese conocimiento “tácito” es el que realmente marca la diferencia, pero las universidades casi no lo enseñan.

En ingeniería, por ejemplo, seguimos formando como si bastara con memorizar fórmulas y ciencias básicas y se atascan a los estudiantes de matemática sin conectarlas a las prácticas reales de la ingeniería. Formamos ingenieros que creen que su trabajo es solo aplicar ecuaciones. Lo mismo pasa en Derecho: muchos piensan que memorizar artículos es suficiente. Schön nos dice que eso ya no alcanza.

Esta idea se refuerza con el trabajo de Richard y Daniel Susskind en The Future of the Professions. Ellos explican que estamos viviendo un cambio profundo e irreversible. Internet, los sistemas expertos y la inteligencia artificial están democratizando el conocimiento experto. Ya no hace falta ir siempre a un profesional para resolver muchos problemas.

La vieja “negociación” social —la sociedad les daba a los profesionales un monopolio a cambio de servicio experto— se está rompiendo. Los colegios de profesionales dejarán de existir porque al final solo sirven para guardar privilegios, usurpar funciones y hacer fiestas. Los servicios se vuelven más accesibles, más baratos y, en muchos casos, mejores gracias a la tecnología.

Esto significa que la forma de formar profesionales debe cambiar radicalmente. Ya no podemos seguir con un modelo elitista, repetitivo y desconectado de la realidad. Los privilegios tradicionales de las profesiones van a disminuir y las universidades tendrán que transformarse o desaparecerán. Para evitar el colapso, las universidades deben cambiar intencionalmente en al menos tres puntos clave:

  1. Dejar de creer que “hablar es enseñar”. Pasar a un aprendizaje activo: proyectos reales, simulaciones, trabajo en equipo y mucha reflexión guiada.
  2. Formar profesionales reflexivos, no solo tecnócratas o teóricos. Personas capaces de pensar mientras actúan y de enfrentar la incertidumbre.
  3. Integrar la inteligencia artificial, y otras tecnologías, no como un simple adorno, sino como una herramienta que transforma profundamente cómo se hace el trabajo profesional.
  4. Integrar la investigación del aprendizaje de las profesiones (ingeniería, derecho, medicina, etc.) que han documentado cómo aprende la gente y que aún no se integra a la formación docente de profesor universitario porque no hay formación docente a ese nivel.

El futuro no será de profesionales con títulos caros que repiten fórmulas o memorizan contenidos inútiles y que muchas veces no tienen trabajo.  El futuro será de personas capaces de combinar conocimiento, práctica, ética, tecnología, didáctica para resolver problemas reales en un mundo complejo. Las universidades que no entiendan esto tendrán serios problemas. Las que sí lo entiendan podrán seguir cumpliendo su misión: formar personas que realmente sirvan a la sociedad. Mientras tanto el futuro de las profesiones parece incierto. Esto lo seguiré explorando en la siguiente entrada. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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