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Hoy en día, uno abre el periódico o escucha la radio y siempre se habla de grandes desastres que podrían acabar con nosotros. Hay un señor llamado Alexei Turchin que se puso a estudiar esto y encontró hasta cien causas por las que el mundo podría acabarse en este siglo. Para no hacernos bolas, él juntó esos peligros en grupos: los que vienen de la inteligencia artificial, los de la biotecnología y los de la nanotecnología.

Pero mire, aquí no vamos a hablar de miedos ni de cosas feas. Hoy quiero platicarle lo bueno de la nanotecnología para nuestra salud, y ya en otro artículo nos pondremos a platicar de sus riesgos.

Esa palabra, nanotecnología, suena a cosa de películas o de gente muy estudiada y da un poco de miedo, pero no tiene por qué ser así. Eche un vistazo a donde está sentado: su silla, la plantita que tiene cerca, su mesa… todo eso está hecho de piezas diminutas, como si fueran bloques de construcción invisibles que están ahí, aunque no los veamos.

En la vida diaria, para construir algo, usamos lo que ya conocemos. Si va a hacer una silla, usa madera; si va a levantar una casa, usa ladrillos grandes, arena y cemento. Pero para que esos materiales existan, se necesitan piezas todavía más pequeñas para armar cada grano. La nanotecnología es como si pudiéramos construir esa misma casa, pero usando granos mucho más pequeños que los que usted ve a simple vista. Como son tan pequeñitos, podemos acomodarlos mucho mejor para que las cosas sean más fuertes, no pesen tanto o hasta cambien de color. 

Fíjese bien en este ejemplo: piense en la camisa que lleva puesta ahorita. Imagine que a esa camisa le ponemos una capa de pelitos tan, pero tan finos, que su ojo no los alcanza a ver. Si usted se está tomando su cafecito y de pronto se le chorrea un poco sobre esos pelitos, como están tan juntos y son tan chiquitos, no dejan que la mancha toque la tela. El café simplemente resbala y la camisa queda limpia. Eso es la nanotecnología: fabricar cosas pequeñitas, que tienen el poder de cambiar cómo se portan los materiales que usamos. 

Ahora, hablemos de la medicina y la nanotecnología. Imagine que le duele mucho la rodilla por un golpe y se toma una pastilla contra el dolor. Esa medicina viaja por todo su cuerpo y a veces causa molestias en otros órganos que están sanos y que no tienen nada que ver con su dolor. La nanotecnología puede arreglar eso creando un “mini-carrito repartidor” que lleva la medicina directo al punto donde le duele, sin tocar nada más de su cuerpo. Ese carrito es tan pequeño que es menor que las células de nuestro organismo. Para que se dé una idea: si ese carrito y la medicina que lleva fueran del tamaño de una canica de las que usan los niños, ¡el niño sería tan gigante como todo el planeta Tierra! 

Trabajar con tecnología siempre tiene un fin, y la nanotecnología no es la excepción. Sirve para que las baterías duren más, para limpiar el agua sucia rápido o para que las herramientas no se oxiden. En la medicina, sirve para llevar remedios a órganos enfermos, purificar la sangre o hasta para hacer cirugías desde adentro.

Miremos el caso del cáncer y la quimioterapia. La quimioterapia normal es como una bomba que explota en todo el cuerpo; mata lo malo, pero también se pasa llevando lo bueno, y por eso a la gente se le cae el pelo o siente náuseas. Con la nanotecnología, los científicos crean unas cápsulas que el ojo no ve y meten el remedio ahí dentro. Esas cápsulas llevan una llave que solo se abre cuando encuentran la cerradura única de una célula de cáncer. Así, la medicina viaja por la sangre sin molestar a nadie, hasta que encuentra el tumor, se pega a él y suelta el remedio. Es como el mensajero de la comida que solo entrega el paquete si llega al número de casa correcto. 

Sé que también estará pensando en lo molesto que es para un diabético estarse pinchando el dedo para medirse el azúcar. Pues hoy ya se usan sensores minúsculos que se ponen bajo la piel o en un parche. Estos sensores vigilan la sangre todo el tiempo y, en cuanto ven que el azúcar sube, mandan una señal al celular o sueltan un poquito de insulina solitos. Es como tener un enfermero invisible cuidándolo las 24 horas sin que usted mueva un dedo. 

También las infecciones se están curando mejor. A veces, por usar mal los antibióticos, las bacterias se vuelven rebeldes y ya no mueren. Pero ahora se usan partículas de plata o cobre más pequeñas que la punta de un alfiler. A ese tamaño, la plata es un veneno que le rompe la piel (la pared celular) a los microbios. Por eso ahora hay cremas y vendas especiales que evitan que las heridas se llenen de pus. 

Y para no cansarlo, le cuento de algo que usted ya usó y tal vez ni cuenta se dio: las vacunas del COVID-19. Lo que lleva la vacuna para protegernos es muy delicado y el cuerpo lo destruiría antes de que llegara a su destino. Por eso, lo envuelven en una “bolsita de grasa” microscópica para que viaje segura por la sangre. Es como cuando le mandan comida a domicilio y la meten en una bolsa para que no se enfríe ni se moje; ese material de la bolsa es la nanotecnología. 

En fin, la nanotecnología es como si hubiéramos aprendido a fabricar herramientas tan chiquititas que pueden entrar al cuerpo a limpiar o arreglar cosas sin necesidad de usar un bisturí y sin lastimar lo que está sano. 

¿Qué se le ocurre a usted que podríamos curar con la nanotecnología? 

Seguro pensó en una fractura de hueso. Para eso olvídese del yeso de siempre y piense en una malla, como las que usan para reforzar las paredes. Cuando un hueso se rompe y queda un gran hueco, al cuerpo le cuesta mucho cerrarlo. Entonces, se pueden usar nanofibras, que son como hilos de coser miles de veces más delgados que un pelo. Se pone esa red invisible en la fractura y sirve como “andamio” para que las células del hueso se agarren de ahí y construyan hueso nuevo más rápido. Al final, la red desaparece porque el cuerpo se la come. 

Y hay más: se puede usar un gel que tiene piezas de calcio microscópicas, como si fueran “ladrillos listos para ponerse”. Se inyecta en la rotura y el hueso los acepta rápido, haciendo que lo que antes tardaba meses en sanar, pegue en un santiamén. 

A ver, cuénteme usted, ¿qué otra cosa cree que se podría hacer en salud con estas herramientas minúsculas? 

 

Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
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