Juan José Narciso Chúa
El Estado y sus instituciones han pasado por uno de los períodos de mayor deterioro en su historia reciente, ello no significa que el mismo había sido anteriormente, sujeto de un proceso continuo de construcción paulatina y seria. Desafortunadamente no es así, las instituciones del Gobierno y el propio Estado con sus poderes ha venido sufriendo un proceso de erosión permanente, en donde la corrupción, el tráfico de influencias, las decisiones, resoluciones, sentencias y todo su trabajo ha sido caracterizado por presiones e influencias externas, que no permiten que sus instituciones se conviertan en entidades serias, responsables, eficientes y fuertes, sino por el contrario, las han debilitado con actuaciones irresponsables e indignas.
Por supuesto que lo que ocurrió durante el régimen de Otto Pérez fue realmente la expresión más vergonzosa de la conducción de las instituciones, en donde las mismas fueron entronizadas por personas que llevaban por consigna el aprovechamiento total de las mismas, para enriquecerse en un primer objetivo, pero también para convertirlas en organizaciones porosas, vulnerables y puestas a la disposición de intereses particulares, a presiones fácticas, a decisiones sesgadas que convirtieron al propio Estado en espacios de corrupción permanente, con un descaro apabullante y que hoy nos dejan un legado para la vergüenza.
Unas hicieron todo por convertirlas en auténticos espacios para generar fortunas derivadas del ilícito a través de prácticas corruptas permanentes, para lo cual organizaron esquemas de funcionamiento en donde desde la cabeza hasta el último peldaño institucional estaba «tomado» por personas que sabían a qué llegaban, con la connivencia de ministros y secretarios hicieron y tomaron todas las decisiones para que cualquier negocio se convirtiera en fuente de corrupción, mientras que en la cúspide del Estado se regodeaban y frotaban las manos al ver engrosar sus fortunas y billeteras.
Otras entidades se convirtieron en espacios blandos para permitir la entronización y operación de capitales foráneos para que las operaciones extractivas tuvieran toda la disponibilidad institucional sin ningún problema, a cambio de jugosas prebendas que se transaban con la máxima autoridad, quién sin la menor dignidad entregaba al país sus recursos más importantes y estratégicos.
Hasta acá, todo el legado de un gobierno de la vergüenza, como fue el de Pérez y Baldetti. Así llegó la transición, con buenos augurios, con buenos nombramientos al inicio, pero que en su segunda ola ya llegaron los impresentables, como el caso del actual Ministro de Economía, quién sin el menor miramiento, sin el más mínimo de vergüenza y con poca dignidad, presenta una iniciativa de ley cuestionable, junto con prominentes miembros del sector privado al Congreso de la República, mostrando que la reiteración del absurdo, no termina en un régimen de transición, ni tampoco abre el espacio para una gestión decente e independiente. Por el contrario el actual ministro no sólo presenta la iniciativa de ley que implica una serie de efectos e impactos en la recaudación, sin ni siquiera escuchar a la SAT, simplemente con el argumento de «no hay tiempo».
Presuroso él para responder a sus intereses sectoriales, ágil él para mostrar que sigue siendo de ellos y no de la ciudadanía, ignorante él para decir que no hay tiempo para consultarle a la autoridad tributaria, desvergonzado él para convertirse en un ministro de las maquilas y no del país, indigno él para mostrar nuevamente que siempre habrá funcionarios plegados a intereses, a pesar de la oportunidad de la transición. Una muestra palpable de la reiteración compulsiva del absurdo.







