Gustavo Sánchez Zepeda
Escritor

y, tus labios ambiguos, prometieron los besos, esos besos antiguos, besos llenos de perversidades y de refinamientos…

José María Vargas Vila

Todo está en silencio, quedé en verlo durante la madrugada.  Mis papás duermen junto a mi cuarto.  Antes de dormirse revisaron mi cama y la mesa de noche.  Tengo que salir a oscuras pues ellos me han prohibido terminantemente relacionarme con él.  Dicen que me va a ennegrecer la mente, pero a mí me gusta.  Me levanto, el piso se queja.  La polilla ha hecho su labor y ya las manos de pintura son inútiles.

Quedamos en reunirnos en nuestro lugar secreto.  Por suerte mi nuevo cuarto tiene puerta directa al patio.  Es el de mi abuelo Santiago.  Ese viejo era buena onda.  El cuarto me quedó después de su muerte.  Camino alrededor de la pila, despacio.  La luna se posa en el cerro del Baúl.  Hace frío.

Entro a la cocina, sigiloso.  De ahí al comedor es sencillo.  A la sala hay que entrar con cuidado por la cantidad de miniaturas de cristal que la adornan.  Por suerte es luna llena.  Su luz entra por el ventanal, se quiebra en la torre Eiffel rodeada de elefantes y pianos.  Paso junto al baño de visitas y llego al costurero, nuestro espacio nocturno.  Un enorme canapé es cómplice.  En el interior está él, lo imagino sonriendo.  Estiro la mano izquierda y abro al mueble, le brindo la otra y sale.  Enciendo la luz.  ¡Todo lo que hay que hacer para leer a Vargas Vila!

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