Eduardo Blandón
El mundo se ha vuelto farandulesco o quizá ya lo era y no estábamos enterados. Vivimos días en lo que mucho de lo que sucede se vuelve carnaval. Y no me refiero a acontecimientos como la separación de actores reconocidos en el mundo del cine, asaltos en París a divas o fotos de desnudos robadas desde la nube para publicarlas en la red. Escribo sobre la popularidad de la trivialidad y la demanda del mercado por el hambre de los consumidores.
En la sociedad de la información casi todo se banaliza. Como si el imperativo de los medios de comunicación fuera la traducción de la realidad para el acceso de las masas, pero no a través de una mediación que evite la vulgarización, sino precisamente proponiéndola con fines de mercado. Así, somos testigos de una globalización de lo vano que vuelve descerebrados a sus consumidores.
Nada se escapa de la mundialización del espectáculo. ¿Elecciones presidenciales? Volvamos un show los debates, que los candidatos saquen sus trapos al sol y hablen de su vida privada. ¿El Papa Francisco? Publiquemos la crítica que ha hecho de la curia romana y sus dudas sobre la incorporación de la mujer al sacerdocio. ¿Pérez Molina y Baldetti? Saquemos a luz las fotos en los que los dos parecen haberse jurado amor eterno.
El mercado echa a perder lo que toca. Y diría (si pudiera hablar) que lo opuesto no vende, que la gente se aburre con lecturas de autores demasiado ortodoxos, inflexibles, incapaces de arrugarse. Que si el mundo es superficial lo es porque la gente es así, sosa, voluble, plana, sin imaginación y demasiado simple, poco sofisticada. Y, claro, se le da lo que quiere.
Por ello, la red es el epítome de la cultura del espectáculo. Lo atestiguan las redes sociales: Facebook, Twitter, YouTube, Instagram, Tumblr, Flickr y más. Sin olvidar que también los grandes medios caen en la tentación: New York Times, El País, Le Monde y un etcétera del que casi nadie se libra. ¿Cómo escapar de esa peste que nos vuelve vacíos e insustanciales? Quizá la educación tenga la palabra y sea quien nos redima de tanta miseria pululante en el mundo de hoy.







