Adolfo Mazariegos

Hace pocos días, junto a un pequeño grupo de amigos, pasé almorzando a una pizzería ubicada a las afueras de un centro comercial al norte de la ciudad. Mientras esperábamos a que prepararan nuestra pizza, se acercó a la mesa en la que estábamos un niño al que calculé no más de 10 años (más tarde le pregunté su edad y me dijo que tenía 11). Llevaba una caja de madera con los enseres y utensilios necesarios para lustrar zapatos. Fue, justamente ese, el motivo por el cual se acercó hasta nosotros: ofrecernos sus servicios como “lustrador”. Algo a lo que pareciera que nos vamos acostumbrando cada vez más en esta ciudad en la que convivimos con “normalidad” en medio de esos grandes abismos que, cual accidente geográfico, delinean el desigual paisaje de la sociedad chapina. ¿Estás en la escuela?, le pregunté, a lo que respondió negativamente con un movimiento de cabeza bajando la mirada hasta perderla en la inmensidad del subsuelo, más allá del hormigón y del hierro que muy probablemente le resultaban ajenos, tal como suele sucederle a miles de niños guatemaltecos que no tienen acceso a la educación y que deben trabajar, día tras día, para ir medio pasándola. Aquel niño-hombre, al que yo no había visto antes, no puede siquiera decirse que hubiera llegado a la adolescencia (por lo que puede parecer contradictorio llamarle así entonces). Me dijo que no sabía leer ni escribir, y sin embargo, según me contó, con lo que gana en su trabajo de lustrador paga mensualmente un pequeño cuarto en el que vive solo desde hace poco más de un año, desde que el tío que lo trajo de Cobán al quedarse huérfano, se marchó a Estados Unidos y no volvió a dar señales de vida. No nos pidió dinero regalado ni se hizo la víctima en ningún momento. Todo nos lo contó con la mayor naturalidad del mundo, sin quejarse, sin llanto, como si todo ello fuera lo más natural y justo que le hubiera tocado vivir, actitud que por supuesto me sorprendió, y no dejó de hacerme reflexionar, una vez más, en torno a esa enorme desigualdad existente hoy día en el país… Cuando nos hubieron servido la pizza, lo invitamos a comer con nosotros. Sorprendido aceptó, y se acomodó en la silla vacía que estaba a mi lado, disfrutando (visiblemente) uno tras otro, mientras continuaba contándonos su historia, tres pedazos de pizza rebosante de queso y salsa de tomate. Al finalizar, a pesar de ser alguien sin instrucción escolar, se puso de pie y agradeció con educación el almuerzo… Quedamos en volver a conversar justamente hoy, al final de la tarde. Me ofreció que si le llevaba un cuaderno y le enseñaba a escribir, se comprometía a aprender todo lo que pudiera en el menor tiempo posible (¡!)

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