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Ayer dije que hoy iba a revisar parte del nuevo libro de Fernando Rodríguez Ángel. Cumplo.

Rodríguez Ángel, profesor del Cunoc, no escribe para consolar en su libro sobre el sistema bancario de Guatemala. Revisa los bancos de Guatemala de 1990 a 2024 y pone números donde otros ponen adjetivos. En 1997 había 35 bancos. Quedaron 18. Cuatro de ellos –Industrial, G&T Continental, Banrural y Agromercantil– se quedaron con la mayor parte del dinero de la gente: los depósitos, los préstamos y las ganancias. Eso no es un mercado de muchos. Eso es un club para unos pocos corruptos. ¿En qué cabeza cabe que tu tarjeta de crédito pague casi el 60% de interés anual? 

La “modernización” de los noventa se vendió como aire fresco. Entraron bancos nuevos, tarjetas, publicidad y computadoras. También entró la crisis. Bancafé se comió a otro banco y después se comió a sí mismo: prestó a empresas del mismo grupo, escondió operaciones afuera y cuando el vacío se vio, el banco ya no estaba. El Banco de Comercio quebró. Ambos, Bancafé y el Banco de Comercio robaron por diseño a los guatemaltecos. Otros bancos fueron absorbidos por el Estado para que el pánico no se llevara el sistema de pagos. Cada fusión se presentó como “saneamiento”. Cada saneamiento dejó menos bancos y más poder en las mismas manos. Rodríguez Ángel lo dice sin poesía: la modernización trajo tecnología y también el cierre de quienes operaban al margen de la ley. El margen de la ley, en este país, casi nunca es un accidente.

No hace falta un doctorado para entender el negocio. Usted guarda su quincena en un banco. El banco no le presta ese billete, dinero, «pisto» decimos en Guatemala, a un vecino concreto. Se lo queda, lo mezcla con el de todos y se lo presta a quien le convenga, a más largo plazo del que usted está dispuesto a esperar. Usted confía. El banco vive de esa fe. Henry Ford lo dijo hace un siglo y Rodríguez Ángel lo pone en la primera página de su excelente libro: si la gente entendiera de verdad el sistema bancario, habría revolución mañana por la mañana. En Guatemala no hubo revolución. Hubo absorciones. También hubo suicidios que no se hicieron públicos. 

La corrupción no es el adorno. Es el cemento. La supervisión llegó tarde. El banco central tuvo que prestarle a ocho bancos enfermos. Había créditos a amigos, a familiares, a empresas del mismo dueño. Había información maquillada. Según Rodríguez el Fondo Monetario lo advirtió. Edwards lo advirtió. El BID lo advirtió. La ley “moderna” de 2002 llegó cuando el caballo ya se había escapado. En el año 2024 todavía piden otra ley. Mientras tanto, cuando un banco grande se enferma, el Estado –es decir nosotros– pone el parche, pagamos. El depositante pequeño se salva a medias. El de adentro no siempre paga. Eso es un trato. Buen trato para quien ya estaba sentado a la mesa. Mal trato para el Pueblo que deposita y no lee el boletín de la Superintendencia.

La política capturada es la otra ventanilla del mismo banco. La Junta Monetaria autoriza. La Superintendencia dictamina. El Congreso escribe la norma después. Es corrupción a compadre hablado. No hace falta un general en el Palacio. Basta con que la palabra “estabilidad” sirva para no preguntar quién se quedó con el pedazo grande. Ayer hablé de las privatizaciones de los noventa y de la democratización del robo. Hoy añado el capítulo financiero a la luz del nuevo libro de Fernando Rodríguez Ángel: la “nueva modernidad” también fue permitir que unos pocos bancos se volvieran demasiado grandes para caer y demasiado cercanos al poder para ser incomodados.

Y aquí viene lo que más me interesa, porque sin esto el estudio de Rodríguez Ángel se queda en cuadro: la cultura capturada. Aquí viene el papel fundamental del sistema educativo de la cooptación: Nos enseñaron a llamar “confianza” a no preguntar. El que reclama la comisión, el interés o la sucursal que cerraron en el pueblo parece un ingrato que “no entiende de economía”. La “educación financiera” que anuncian los bancos suele ser mercadeo de tarjeta. Concentrar se llama “solidez”. Competir se llama “riesgo”. Quiebra se llama “saneamiento”. Así se fabrica el sentido común financiero para que los corruptos sigan robando. 

Fuentes Knight mostró que los gestores de poder invierten en centros comerciales y no en educación tecnológica crítica, sino que quieren educación repetitiva. Rodríguez Ángel muestra que el crédito de los grandes bancos se va, de modo natural, hacia lo que ya es grande. Literalmente demuestra en su libro que hacen ricos a los más ricos. El resto de la población –la que no califica– va al prestamista del barrio, al agiotista, a la caja informal. Paga más caro. Pierde la casa si no paga o vive toda la vida endeudada. El sistema formal y el informal no son dos mundos. Son el mismo diseño: unos adentro, con ley tardía y rescate; otros afuera, sin protección.

Para mí esto no es falta de cultura del trabajo. Esto es abundancia de cultura de la resignación. Una práctica, cuando se repite sin sanción, deja de parecer trampa y empieza a parecer “así es el país”. La coima en el trámite, el operador en el contrato, el crédito al amigo, la fusión que “salva” al sistema y engorda al de siempre: ya no escandaliza. El usurpador a la rectoría, la forma más cínica de corrupción se normaliza. Ya es costumbre. Ya es cultura.

Rodríguez Ángel pide mejor regulación y más transparencia. Tiene razón en el diagnóstico. A mí me falta la otra mitad. Mientras la política siga siendo negocio de politiqueros y la cultura siga premiando al que no pregunta, la ley nueva se escribirá, se aprobará y se capturará. Cómo se capturó la anterior y cómo se ha capturado a todos el sistema de justicia desde la Universidad de San Carlos, otrora autónoma, otrora pública, otrora nacional como lo he escrito en diferentes artículos aquí en La Hora y como me recordó recientemente Carlos Chua.

Eso es Guatemala: economía atrapada, política encadenada, justicia cooptada, cultura adiestrada para no ver el trato, para no ver la mafia, para aceptar al peor rector, a un manipulador que refleja lo peor que tenemos. ¿Hasta cuándo lo vamos a aceptar? ¿Cuándo vamos a cambiar esto que nos destruye y no deja tener una vida digna ni económica, ni política y menos culturalmente?

Hasta mañana queridos lectores.

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