Hacía siete días que el general Marsicovetere estaba tendido en la cama, subsistiendo a base de confortes de huevo, de hígado de buey y sinapismos de mostaza, que le ponían en la boca del estómago, pues era allí donde se le escuchaba un ruido intermitente de las tripas, como si fuera una tronazón de rayos en las orillas del mar. “Se está muriendo de pura necesidad” dijo el boticario, que era la única persona que le “inteligía” a eso de las dolencias y los remedios para aliviarlas, pues era su obligación leer la literatura que venía en cada caja de los medicamentos que vendía en su farmacia y recetarlos cuando fuera necesario. El general había venido del sur de Italia y por sus conocimientos sobre cómo organizar batallas, el gobierno lo contrató para colaborar en la guerra totopostera. Finalizado ese conflicto con El Salvador, el general fue licenciado y quedó atenido a la pensión que le correspondía por sus servicios militares. Entonces, sin dar más razones, se vino a vivir a Chiquimulilla, pues el clima caluroso le era favorable por padecer de escalofríos y la gota que no lo dejaba dormir. Ya instalado aquí y por la su edad avanzada, lo primero que hizo fue mandar a construir su mausoleo, que se distinguía de los simples montículos alargados de tierra suelta, en donde enterraban a los muertos de escasos recursos, pues carecían de recursos para construir un panteón. El mausoleo del general Marsicovetere, en cambio, se distinguía por muchos elementos arquitectónicos: tenía una capilla con altar para colocar una imagen del Papa Pío VI, que ya había sido santificado y con floreros de cemento para colocar adornos. Además, a los lados de la entrada, se construyeron dos columnas, con dos esculturas de mujeres hermosas que mostraban su naturaleza del ombligo para arriba, como remedo aproximado de la Venus de Milo, pues así lo exigió el general, quien era de gustos concupiscentes de los cuerpos femeninos. Las empleadas que se encargaban de cuidarlo estaban alrededor de la cama, hablando quedito para que el enfermo no escuchara las opiniones sobre su dolencia. Son los años decía una; son efectos de la guerra decía la otra; pero, la que más sonaba era la del boticario, quien opinaba que se le había volteado la lengua hasta donde están los molares y por eso no podía tragar bocado ni tomar algún líquido y que de seguro se trataba de un problema de origen nervioso. El general, con varios días de poderle llegar nada al estómago, se fue llenando de gases y se le hinchó la barriga, lo que se podía percibir a simple vista. El boticario afirmó que el general estaba, por no comer ni beber, estaba atorzonado y que en esos casos los confortes y los sinapismos no servían de nada. Agregó que lo que tal vez daba resultado era una lavativa de agua mineral, con jugo de tres limones rescoldado y un poco de carbón molido, pues un amigo dueño de ganado le contó que con ese brebaje expulsaban los gases de los chivos cuando les daba timpanismo y que eso, salvo mejor criterio, era lo que estaba padeciendo el general. Agregó que una parte de ese brebaje había que metérselo por atrás con un irrigador y para eso pidió a las empleadas que buscaran ese artefacto con el pitón engrasado para facilitar la penetración. Agregó que la sonda, primero, le iba a servir para meterle un poco del brebaje por el pescuezo y hacérselo llegar al estómago; y después, la lavativa para que el aire saliera por los dos lados. Las empleadas, no confiando en el procedimiento que decía el boticario, fueron a llamar al cura para rezarle los santos óleos, ignorando que el general estaba consciente de lo que estaba pasando, pues nunca perdió el entendimiento, de manera que se daba cuenta de todo lo que platicaban los que trataban de aliviarlo. Y es que todos ignoraban que en las guerras en que participó en Italia y la del totoposte, pasó hambre y sed por varios días y eso le creó fortaleza para resistir el padecimiento que lo tenía postrado. Para el general su situación no era grave y todos se equivocaban al pensar que estaba próximo a ocupar su mausoleo; y sin poder articular palabras, pensaba que por qué no se les ocurría inyectarle agua y que eso le quitaría la sed que lo estaba matando y que después hicieran lo que su buen juicio les aconsejara. Pensaba decirles, pero no podía, que dejaran de lamentos y conmiseraciones y que le dieran agua por donde se les ocurriera, ya fuera como lavativa o por el pescuezo como decía el boticario… ¡Agua por favor! Hijos de la chingada pensaba el general. Como al tratar de comunicar su petición, se le escuchaba como un balbuceo, el boticario dijo que creía que se estaba despidiendo. Pero, entonces agarró valor y se atrevió a curarlo como chivo con timpanismo: destapó tres aguas minerales al tiempo, les exprimió cinco limones rescoldados y le agregó carbones que fueron triturados en la piedra de moler. Cuando se logró que la pócima se homogenizara, utilizó la sonda del irrigador y se la metió por el galillo para que el remedio llegara al estómago y después procedió con la lavativa. Como un milagro, el general expulso tantísimo viento, que aquello parecía un ventarrón capaz de levantar los barriletes de Zumpango. Cuando el general se restableció, le dio las gracias a sus empleadas y al boticario, a quien le dijo que le quedaba muy agradecido y que le dijera a su amigo ganadero que su remedio para el timpanismo, igual le daba resultado con un humano que con un chivo y que le ofrecía su ayuda para patentarlo. Además, le dijo en broma al boticario que le ofrecía construir una cripta en su panteón, pues dice que los muertos también se llenan de gases y lo quería tener a mano por si se diera el caso. El boticario se concretó a decirle. “No, muchas gracias”.
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