«A veces me dan ganas de no escribir más sobre los problemas de mi país y pasarme al bando de los de la psicología positiva y aprender a hacer yoga, respirar y meditar…».
Reviso mis columnas, todas, desde que empecé a escribir aquí en La Hora, aquel hermoso mes de mayo del 2023 y, aunque es difícil releer todas, sí me enfoco en las últimas: Agua sucia, desnutrición, universidad cooptada, carreteras abandonadas, bloqueos, olvido de casos de corrupción, B 410, los resultados de PISA donde somos los últimos en América Latina, pero primeros en acoso, autoritarismo… Y así la lista de temas que he tocado, la mayoría problemas que debemos afrontar. Todos son problemas graves. En todos hacemos pocos avances.
Escribo, como creo que escriben mis colegas columnistas, para entender el mundo, para hacer ver lo que a veces la vida cotidiana y sus carreras no dejan, para mejorar la vida, para organizar nuestro desordenado mundo que ahora no solamente está capturado por una democracia decadente, sino también por redes sociales que inventan realidades, que dan noticias falsas, que construyen un nuevo mundo de adicción, tan dañina como las adicciones tradicionales al alcohol, a las drogas, a los juegos de azahar, cuando estos nos dominan y nos convierten en sus esclavos.
Trato de entender lo que está detrás del desorden y caos que inventan los partidos politiqueros tradicionales que «preocupados» por el alza de los combustibles tratan de desestabilizar un gobierno, que realmente ha sido in fracaso, pero que no tiene la responsabilidad del incremento de los combustibles. Si algún culpable hay en eso, él está en Washington y tiene nombre y apellido.
Ciertamente, no soy el primero en reflexionar sobre nuestro complejo mundo. Seguro que lo hacían aquellos primeros habitantes de América, de hace miles de miles de años, no Colón, sino antes que Colón, hablo de la América de los latinoamericanos, que empieza en Argentina y termina en Alaska, esa es nuestra verdadera América no ese pedazo de tierra de la que Trump se cree dueño, y que no es más que el 20%. Imagino a un Taíno, en la isla llamada Dominicana ahora, antes de la llegada de Colon, reflexionando y afrontando los problemas de su comunidad como describo en aquel artículo sobre El origen del mar y de la Luna, estando yo en la playa de Boca Chica, República Dominicana.
En este tumultuoso mundo, lo que considero importante es tener elementos de análisis que en la universidad le pusieron el nombre de marcos teóricos, esto es, sistemas de referencia para analizar las diferentes realidades: físicas, biológicas, sociales y tantas. Por eso la importancia de la sociología y la urgencia de la filosofía. Empecemos con la sociología, la sociología de la corrupción.
Anthony Giddens nos ayuda a entender a la sociedad. Para él la sociedad no es una cosa que está “arriba” de nosotros, ni una suma de voluntades sueltas. Es el resultado recursivo de lo que hacemos. Las reglas y los recursos —lo que Giddens llama estructura— solo existen mientras la gente los usa. Al usarlos, los reproduce. Por eso la dualidad de la estructura: el orden social es medio y resultado de las prácticas cotidianas.
Eso tiene una consecuencia brutal para un país capturado. Si el trámite se “agiliza” con coima, si el contrato se gana con operador, si el título se obtiene con lealtad y no con mérito, si la corte se elige con el voto de un Consejo Superior Universitario de puestos vencidos, esas no son anomalías que ocurren “fuera” del sistema. Son el sistema en acción. Cada repetición confirma la regla no escrita: así se hace aquí.
Giddens insiste en que las rutinas no son un detalle menor. Dan seguridad ontológica: la sensación de que el mundo es predecible, de que uno sabe cómo moverse. En una sociedad sana esa previsibilidad se apoya en la ley, la confianza y la integridad: . En una sociedad cooptada la previsibilidad se apoya en otra gramática: quién te cubre, a quién le debes el favor, qué red te sostiene. El Pacto de Corruptos no vive solo de dinero. Vive de rutinas. Vive de que el fraude deje de asombrar. Vive de los corruptos que forman partidos, desde la UNE, VAMOS, FCN Nación, Partido Patriota, Valor, Cabal, TODOS, DESPIERTA GT, y tantos medios hechos para robar y luego cooptar. Vive de las universidades falsas que dan títulos falsos: Regional, Juan José Arévalo de Mazariegos, y tantas.
Cuando Michelle pregunta desde X en qué momento normalizamos que el corrupto ya no ofenda y que el narco hasta se medalla, está describiendo exactamente esa mudanza de la estructura. El fenómeno ilícito pasó de la conciencia discursiva —“esto está mal”— a la conciencia práctica: “así operan las cosas”. Y una vez instalado ahí, se reproduce solo.
En la modernidad, Giddens añade, las prácticas se desanclan de contextos locales y se reinsertan a través del tiempo y el espacio. La cooptación guatemalteca funciona así: no es solo el sobre en una gaveta de un ministerio. Es una gramática portable que viaja de la aduana al Congreso, de la fiscalía a los juzgados, del listado de obras a los diputados, del Consejo Superior Universitario a la Corte de Constitucionalidad y así va la cadena de la corrupción. Lo rutinario se vuelve estructura precisamente porque ya no necesita explicarse.
Hace tiempo que en Guatemala la corrupción dejó de ser un secreto a voces. Dejó de ser, incluso, un escándalo. Lo que antes ofendía ahora se administra. Lo que antes avergonzaba ahora se presume. Lo que debía ser excepción se volvió procedimiento. Esa es la pregunta que late detrás de tantos comentarios ciudadanos: ¿en qué momento normalizamos todo esto?
La respuesta no cabe en un caso aislado. No es solo La Línea, ni el B-410, ni las plazas fantasma, ni el saqueo de la infraestructura documentado en Paraíso Desigual. Tampoco es solo la Usac convertida en botín. Es un proceso más profundo: la corrupción se volvió práctica social. Y una práctica social, cuando se repite sin sanción, deja de parecer desviación y empieza a normar el modo de hacer las cosas.
En el siguiente número de esta serie analizaré que el Estado capturado no es accidente: es diseño que se practica. Hasta entonces queridos lectores.







