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Septiembre es un mes cargado de simbolismo histórico para América Latina. Brasil conmemora su independencia el 7 de septiembre y Guatemala lo hace el 15. Este año, sin embargo, ambas fechas coinciden con una coyuntura política fuera del mes de “independencia”. Brasil está a nada de ser la única esperanza que le queda a la región, con sus elecciones acercándose en octubre de este año, mientras que en Guatemala nos estamos aproximando a la contienda electoral de 2027.

Brasil acudirá a las urnas el 4 de octubre con 158.7 millones de electores habilitados, según el Tribunal Superior Electoral. Más de 41 millones tienen entre 21 y 34 años, un grupo que representa aproximadamente una cuarta parte del electorado. Una eventual segunda vuelta se celebrará el 25 de octubre. Guatemala, por su parte, ya supera los 10 millones de ciudadanos empadronados. Para el 31 de agosto de 2026, el Tribunal Supremo Electoral registró 10.195.550 personas aptas para votar, frente a los 9.36 millones que conformaban el padrón electoral de las elecciones del 2023.

Y puede que la pregunta que nos volvamos a hacer sea si la juventud arrasará nuevamente con el voto en las urnas, pero también significa preguntarnos qué más podemos hacer con ese poder electoral. Durante años, el comportamiento político de las juventudes latinoamericanas se ha explicado con una palabra demasiado sencilla: apatía.

El Latinobarómetro 2024 encontró que el apoyo a la democracia en América Latina aumentó hasta 52%, cuatro puntos más que el año anterior. Pero existe una importante brecha generacional: solamente el 45% de las personas entre 16 y 25 años considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, frente al 58% de quienes tienen 61 años o más. Además, 21% de los jóvenes considera que un gobierno autoritario puede ser preferible en determinadas circunstancias, mientras 27% afirma que le da lo mismo vivir bajo un régimen democrático o no democrático. Estos números no necesariamente describen que nuestra generación rechaza la democracia. Pueden describir, más bien, que nos estamos cuestionando qué recibimos a cambio de ella. Y es que no es complicado de explicar: cuando no hay resultados visibles, la frustración se convierte en desconfianza.

Brasil ofrece un espejo importante en este sentido. Su sistema político y su realidad social son distintos a los de Guatemala, pero su experiencia demuestra cómo la polarización puede convertir una elección en una disputa sobre mucho más que candidatos y convertirse en una discusión sobre las instituciones, los límites al poder y el futuro de la democracia. En 2022, la segunda vuelta presidencial brasileña terminó con una diferencia de apenas 2.14 millones de votos entre Lula da Silva y Jair Bolsonaro. Con más de 124 millones de personas votando, una variación relativamente pequeña en participación o preferencias podía cambiar el resultado.

De cara a 2027, la juventud guatemalteca tendrá que ir más allá del voto reactivo. Sacar a la vieja política puede ser una consecuencia electoral, pero no debería ser el único criterio de decisión. Eso significa preguntar quién tiene un plan viable para la infraestructura, transporte público digno y accesible, el empleo, la educación y la migración; quién propone mecanismos concretos para reducir la corrupción; quién está dispuesto a garantizar derechos en territorios rurales e indígenas; y, sobre todo, cómo piensa financiar y ejecutar aquello que promete.

Por eso, mientras Brasil se prepara para votar y Guatemala entra en la antesala de 2027, el desafío para nuestras juventudes no es simplemente participar. Es llegar a las urnas con preguntas y recordar que en pleno siglo XXI, la independencia también significa tener la capacidad de decidir qué Estado queremos construir.

Jóvenes por la Transparencia

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