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Ubicado en 1980 como estudiante de ingeniería de la Universidad de San Carlos, podía percibir un ambiente de esperanza, a pesar de que nuestra universidad estaba inserta en un intenso conflicto social armado que ya tenía entonces unos veinte años y llevaba miles de muertos inocentes. Muchos de ellos, universitarios sancarlistas. Era una universidad pública en todo el significado de la palabra público. Tenía entonces rectores excelentes: excelentes en todo, excelentes académicos, excelentes administradores públicos, excelentes personas. Mis profesores, los profesores de la San Carlos en los años 80, eran excelentes. Cuento con los dedos de la mano izquierda a los pocos malos, poquísimos, de aquella época. Todo eso cambió.

La universidad nacional se convirtió en otra institución, en una especie de lo contrario de lo que era en los 70 y los 80. Vivimos en un ambiente sin esperanza, a pesar de los adelantos científicos y tecnológicos. Estamos insertos en una sociedad desconectada donde lo público es sinónimo de ineficiente, de malo. Ya no tenemos al profesor de la San Carlos educado, participativo, comprometido con su sociedad, ni siquiera formado para ser profesor universitario. De los rectores, no digamos. Los últimos han sido una caricatura de rector comparados con los de la Usac del siglo XX, excluyendo a Meyer y Cabrera. Pero el último, el autodenominado rector, el usurpador actual, es el colmo del cinismo, el rey de la antiintelectualidad, el representante de la corrupción. Tiene todo lo que no debe tener un rector.

Pareciera que vivo en dos mundos diferentes. Ciertamente, en los años 80 no teníamos la tecnología de la que disponemos ahora: sin teléfonos inteligentes, sin inteligencia artificial, sin internet. Pero había conversaciones pertinentes, inteligencia real, y sin necesidad de red. Sabíamos que no vivíamos en democracia. Lo sabíamos porque estábamos en guerra. La democracia era un anhelo real. Ahora nos autoengañamos de que vivimos en democracia, cuando realmente no vivimos en democracia alguna.

¿Hablamos de presidentes de nuestra falsa democracia?

Hablemos. Porque el autoengaño no empieza en el Campus Central. Empieza en la fábula de que hay gobierno del pueblo y para el pueblo cuando lo que hay es etiqueta, discursito y miedo. Un presidente que no ejecuta, que amaga, que tarda, que teme, no sostiene una democracia: la administra como paisaje. Carolina Escobar Sarti lo dijo con precisión cruel: esto no es un país, es un paisaje. En el paisaje cabe el viaje al Vaticano de Palomo, el Miguelito de Arévalo, la fuga del último reo con el visto bueno del ministro de Gobernación de entonces, hoy prófugo apoyado por Arévalo. Cabe la cena diplomática y el defensor de la democracia en el exilio o en la cárcel. Cabe el “somos democráticos” mientras el Ministerio Público dicta quién vive en la legalidad y quién no, que luego de la transición de Porras a García Luna se ha vuelto ciego, mudo y sordo. Ya no hay MP, aunque Mazariegos haga lo que le da la gana, cierre el Campus Central, borre la vida académica de estudiantes honestos sin que ni el MP, ni Arévalo, ni la vice encantada en sus clubes de ciencia, digan algo o hagan algo. Cabe una democracia donde todos se rinden ante el usurpador a la rectoría, incluyendo el mismísimo presidente Bernardo Arévalo. 

Margaret MacMillan acaba de advertirlo en The New York Times: se acerca un nuevo orden mundial y no estamos preparados. En ese artículo indica que los regímenes parecen fuertes hasta que dejan de serlo. Las revoluciones internas y las convulsiones del orden internacional casi siempre van de la mano. Camus, en La peste, lo dejó escrito para quienes no quieren ver las ratas en la calle: ha habido en el mundo tantas pestes como guerras, y sin embargo pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.

En 1980 las ratas estaban a la vista. Había ejército. Había universidad sitiada y, aun así, una idea pública de lo público. Hoy las ratas se visten de institucionalidad. El orden de 1945 —Naciones Unidas, derechos humanos, contrapesos, la pretensión de que el poder no es botín— se deshace. Donald Trump no inventó esa ruptura; la aceleró y la exhibió. Trata al mundo como una cartera de deudas. Mira al hombre fuerte con simpatía y a la institución con desprecio. MacMillan habla de imprevisibilidad, de esferas de influencia, de un sistema que se deshilacha. Nosotros, más modestos y cínicos, insistimos en que esto que vivimos ya es democracia.

Anne Applebaum describió primero el ocaso y después la empresa. En El ocaso de la democracia mostró cómo intelectuales, periodistas y operadores —los clercs de Julien Benda— abandonan la democracia no por hambre, sino por lealtad, venganza, miedo a la diversidad y hambre de reconocimiento. No hace falta ser pobre para traicionar la libertad. Hace falta querer un mundo sin contradicción. En Polonia lo hizo Ley y Justicia. En Hungría, Fidesz. En Guatemala, Vamos, el Partido Patriota, FC-Nación, la UNE y cuanto sello se inventen mañana para lavar dinero y secuestrar la justicia.

En Autocracia, S. A. Applebaum da el paso siguiente. Ya no hay un solo hombre malo en la cima, con ejército y policía. Hay redes. Cleptocracia financiera, servicios de seguridad, expertos en vigilancia y desinformación. China, Rusia, Irán y una cola de regímenes menores no forman un bloque ideológico. Forman una corporación. Lo que los une no es una bandera. Es conservar riqueza y poder, y reescribir las reglas para que “democracia”, “transparencia” y “derechos humanos” suenen a propaganda. El lenguaje es campo de batalla. Quien controla las palabras controla lo que el pueblo cree que está viendo. Por eso el usurpador de la San Carlos puede llamarse rector. Por eso el pacto de corruptos puede llamarse Estado de «derecho».

Manuel Castells lo llamó Ruptura. No es que la gente rechace la democracia. Rechaza la democracia liberal tal como existe: partidos que no nos representan, Estados que no pueden gobernar lo global, desigualdad que crece mientras el discurso habla de mérito. “No nos representan” no es consigna de aula. Es el diagnóstico de una legitimidad que se evapora. Globalización, medios, internet, corrupción de la clase política, aislamiento de quienes mandan respecto de quienes padecen. Del fondo de esa ira salen Trump, Bukele, el cinismo y, si no estamos atentos, la nostalgia de Ubico: “en aquel tiempo no había ladrones”. Como si el orden del capataz fuera justicia.

Ese es el puente entre el nuevo orden mundial y el orden local. Allá, las autocracias se asocian para que nadie les pida cuentas. Aquí, el pacto de corruptos hace lo mismo a escala de finca. Allá se golpea a la ONU. Aquí se captura la fiscalía, se coopta la Corte, se usa el miedo como política y se deja al Ejecutivo de adorno. En los 80 sabíamos que no había democracia porque la guerra no mentía. En 2026 mentimos nosotros. Tenemos internet e inteligencia artificial, y hemos perdido la inteligencia de lo público. La universidad que debió ser semillero de la República es botín. El país que debió nacer en 1944 sigue siendo paisaje.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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